Miren qué loco. Hoy por hoy, cuando una habla en off ( los periodistas charlamos off the record con políticos, dirigentes, empresarios y fuentes en general)  con cualquiera de los principales dirigentes del país, hay un amplio consenso en una cosa: la gente se cansó de la confrontación. El próximo presidente de los argentinos va a ser áquel que logre una transición menos agresiva y más propositiva que la que marcó el kirchnerismo.

En Estados Unidos, hoy asmió su segundo mandato Barck Obama y ya le están pidiendo todo lo contrario. Que sea más agresivo: “si Obama quiere transformar la política norteamericana debe declararle la guerra al partido demócrata”, analiza el periodista John Dickinson en Slate.

“No hay tiempo para los debates que conducen a callejones sin salidas con los republicanos”, advertía otro periodista por televisión el viernes último.

Es importante analizar cómo cambian las demanda que la sociedad genera sobre la cuestión de actitud de sus presidentes. Generalmente en las democracias más personalistas, los líderes tienen un perfil confrontativo, como el que solemos ver a nuestra presidenta. Pero son ciclos.

Lo que se viene aquí seguramente tendrá más que ver con la posibilidad de demostrar o “actuar” consenso. Mientras que los desafíos que va a enfrentar Obama en el norte, incluyen que actúe un personaje más agresivo.

Digo actúe porque ya todos sabemos que la política cada vez exige más de actuación. Los políticos asumen que lo primero que tienen que hacer si quieren ser recordados por las masas es armar la historia de vida que contar. El storytelling, como se lo conoce en la comunicación política. Y en ese story la caracterización del candidato es también parte de la puesta.

Los ciudadanos somos primero consumidores, segundo espectadores y en tercer término sujetos que votan pensando en sus derechos civiles.

En los tiempos que nos tocan, los candidatos se construyen con la misma vertiginosidad y efímera causa que la que se usa para crear un personaje de ficción en una novela de la televisión porque en su primer aparición midió bien.

Ahora arranca su segundo término Obama. Tiene que lograr que lo dejen endeudarse por más (recuerden cómo esa batalla le complicó la gestión en 2009). Tiene que bajar los índices de desocupación, terminar la reforma migratoria, instrumentar la regulación de la tenencia de armas de fuego y detener el programa nuclear en Irán (lean los cinco desafíos de Obama que publica en su edición de hoy en Diario Perfil. una nota de Lenadro Darío).

Tiene que ser más agresivo y ganarle a los republicanos las batallas en el Congreso. ¿Podrá?

Cristina, en cambio, tiene los desafíos de crecimiento, inflación y financiación por delante. Arranca ahora la última parte de su mandato. En estos nuevos tiempos adonde ya muchos se empiezan a anotar para la presidencial del 2015, ¿podrá CFK armar otro estilo más acorde al clima de época?.