Las veces que me contaron cosas tan tristes que no supe cómo ni qué repreguntar y sólo me encorvé a llorar un rato.

La culpa de tener trabajo y comida cuando tantos están en a la intemperie o en refugios.

Lo que me enseñaron los humildes: lo que me reí con los millonarios de alma en el patio de un rancho en un barrio cualquiera del Conurbano comiendo tortafritas a la parrilla.

Las mil puertas que pateé antes de que se abra una.

Las ganas y el miedo. El dolor de la represión del 20 de diciembre. El olor ácido de los gases lacrimógenos y el golpe por desplomarte en el piso por el mareo.

Las investigaciones. Las declaraciones ante la Justicia. Los juicios en mi contra.

Los amigos y los que no me quieren.

La vergüenza que me daba que mi editor que corrija los errores de mis notas.

Las cartitas de los fans. El amor de los seguidores. La sonrisa de los chicos que recién arrancan y me gusta apañar.

Barbarita Flores.

El Cotolengo Don Orione.

La denuncia por venta de DNI de muertos en la campaña en Kaos en la Ciudad.

Los que me ayudaron y los que me pisaron.

Las veces en las que una opinión enojó a alguien. O a muchos.

La gente valiosa que conocí.

Las veces que escribí notas que nunca salieron publicadas.

El fin de año de 1999 cuando comenzaba el nuevo milenio, en el asentamiento El Tambo, trabajando para Dia D. En una nota que nunca salió al aire.

La adrenalina de, en lugar de ir a dormir después de todo un día de trabajo, seguir de largo porque se cayó el avión de LAPA.

La locura de los refugiados subsaharianos en Melilla que no llegaron nunca a la tierra prometida y me contaban de sus madres y mujeres que, en tierras lejanas, esperaban por ellos sin saber qué había sido de ellos.

Las tarjetas de teléfono que le compré a Michell para esa primera charla que tuvo con su madre instalada hacía 5 años en Atlanta, tras su furtiva huída de Africa.

El baile con los gitanos en una chabola de Madrid.

La fumata de hachis en un bar de Barcelona que me arrojó al limbo de mi living por cinco horas de esa tarde veraniega.

La vida de los otros. La vida mía. El alma que tantos me prestaron por un ratito para que cuente su historia. Para que grite lo que ellos estaban obligados a callar. Para que les sirva, aunque sea, para escupir la angustia y liberar el pecho cuando la vida duele. Que me usen, no me importa. Sólo me hace bien servirles un poco.

La calle, los consejos de los que saben mucho, la lluvia, el frío, las inundaciones, las sequías de las vacas flacas y la inmensidad de la llanura.

Los cuatro rojos de las tierras misioneras y la trata de mujeres en los puticlub del litoral.  Las colas de los pobres en los Tribunales de Lomas de Zamora para que les toque un defensor oficial.

Los chorros y los laburantes. Las madres presas y las madres niñas.

Los viejos y los moribundos. Los niños castigados. Las mujeres golpeadas. La vida en su intensidad.

El periodismo te atraviesa el cuerpo como la flecha de Cupido o no te pasa nunca.

A mí me pasa. Me pasa fuerte, me duele y me sacude.

El periodismo es mi novio y, pese a todas las crisis que vivimos, seguimos pensando q somos el uno para el otro y que vamos a envejecer juntos.