Por Fernanda Sández

Paula sabe. Sabe mucho. Por algo en la agencia de publicidad, cada vez que cae “un producto para minitas”, la llaman a ella. A esta altura de su vida y de su carrera (diez materias de Letras, cuarenta años, un Joaquín de tres) la creen capaz de hablar por todas.

-Vos entendés al segmento. Yo no. Cosas de mujeres- le dice su jefe.

Paula no se engaña. Sabe que es sólo la excusa para ponerla a trabajar en los proyectos que nadie más quiere: yogures laxantes, pañales para adultas, cosas así. Igual, no se queja. Entra a la agencia a las tres, almuerza con el nene, lo lleva al jardín. Y además está Luz.

“Luz negra” (como le dice Paula a escondidas), la paraguaya que se viene todos los días desde Varela, en el 160. “ Mirá, yo soy una trabajadora como vos”, le explicó Paula el primer día. Luz la miraba fijo. “Acá no se puede faltar, ¿sabés? Porque yo a mi trabajo no falto nunca”. Luz era por ese entonces un enigma. Un totem en jeans, plantificado sobre el sillón del living.

Por suerte, la cosa funcionó. A Joaquín le gustó esa mujer oscura y llena de asas; a Paula le gustó poder quedarse a las reuniones de trabajo después de hora. Hace poco, en una de esas tantas trasnochadas gratuitas, recibió un correo.  “Dios es negra”, decía.

Era un mensaje por el día de la mujer enviado por una de las tantas organizaciones feministas con las que estaba en contacto. Tal vez su modo de purgar la culpa por tanto aviso de televisión pedorro. Porque Paula, en la agencia, hacía de delatora. Su trabajo consistía en contarle a los creativos (dos indios solaris made in Palermo) en qué andaban las mujeres.

También era la responsable de “despelotudizar” (así le decían) muchas ideas que –una vez reescritas por ella- se volvían ligeramente menos bochornosas. Gracias a su oportuna intervención, por ejemplo, el aviso en el que una mujer baila el vals con un pack de jabón en polvo de cinco kilos mientras de atrás de una sábana asoma Ricardo Montaner no terminó en algo más triste.

Por eso, desde el día que tanto a ella y como a los indios solaris les pidieron que armaran una “acción rupturista” para el Día de la Mujer, un raro fervor comenzó a rondarla. Paula creyó ver una señal. Un aviso de revancha. Sabía que, por esas horas, los solaris tramaban otra campaña- papelón. Se llamaría Una rosa para otra rosa: un reparto masivo de rosas rosadas a las mujeres que tuvieran los labios pintados. De rosa, claro. Genialidad pura.

 

Ella, en tanto, pasó un mes con sus noches analizando el mercado “rosa”. Supo que las mujeres representan el 51% del mercado mundial, que definen el 80% de las compras, que 9 de cada 10 de ellas no se sienten interpretadas por las marcas.

“Acá hace falta menos jabón y más polvo”, se dijo. Pero no le hizo gracia. Nunca es gracioso pensar en slogans. Optó por olvidarse y persistir. Preparó, completo, un anti día de la mujer. Una acción de 360 grados (gráfica, television, Internet) para mostrar el lado oscuro de la fuerza femenina.
Pergeñó una huelga de consumo caído, virales ácidos, comandos de mujeres hackeando las páginas de jabones en polvo y dinamitando el site de Ricardo Montaner.

Guerrilla urbana a cargo de gordas que –remedando el aviso del postre Seth- en vez de dibujar un cero por ciento con el índice, hicieran otro gesto con el dedo mayor. Imaginó las caras de los solaris. En eso estaba cuando sonó el teléfono.

– Señora, no hay coletivos. Hace una hora que estoy en la parada. Hoy no voy, ¿sabe? ¿Hola?¡Hola!

Su horror no fue tanto descubrir que vivía en un palafito de fósforos quemados, sino que los otros llegaran a enterarse. Así que llamó a la agencia y pidió que avanzaran nomás con lo de las rosas. Que estaba buenísimo. Cualquier cosa, con tal de que nadie supiera que Dios era negra. Negra y de Varela.