Cultura Pop

Un viaje teatral con “Los pies en el camino”

Un viaje teatral con “Los pies en el camino”

Corrían los complicados días del año 2001 cuando me crucé por primera vez con El Muererío. Se desarrollaba el Tercer Festival Internacional de Teatro de Buenos Aires (FIBA 01) y se presentaba en el corazón del barrio de Almagro, en IMPA, la Fábrica Cultural, el espectáculo La Boxe, el primero que vi en mi vida de la compañía de Diego Starosta.  

El lugar era ideal para ese espectáculo: de día, las paredes húmedas y engrasadas de una fábrica recuperada; de noche, se convertía en un espacio cultural, que apostaba a la posibilidad de hacer convivir el trabajo obrero con el ámbito artístico. Sentados sobre unas gradas, los espectadores miraban casi a oscuras la fila alargada de tablas, delimitadas por dos cuerdas simulando un ring de box. Intuyo que la música de Federico Figueroa y Edgardo Radetic enamoró a todos los espectadores para siempre. Al menos para mí fue amor a primera vista con El Muererío, y fue un amor correspondido porque durante los siguientes 12 años me ofrecieron algunos de los mejores espectáculos del circuito independiente, off o alternativo que haya visto en Buenos Aires.

A esa primera obra, basada en el cuento Torito de Julio Cortázar, con poesías de Juan Gelman y Leopoldo Lugones, la siguió El giratorio de Juan Moreira (2001), una versión libre del folletín Juan Moreira de Eduardo Gutierrez; y A penar de toro. Un réquiem teatral, una elegía basada en el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, de Federico García Lorca.

Tuve la posibilidad de ver esta trilogía en los escenarios, donde la lucha del hombre contra el hombre se representaba en tres ámbitos populares como son las peleas de boxeo, la riña de gallos y las corridas de toros, respectivamente. Y por esa época conocí a Diego Starosta, el director de El Muererío Teatro, a quien entrevisté para la revista digital Cadáver Exquisito que yo dirigía en ese momento.  Diego ya realizaba el ejercicio de tomar distancia de cada uno de los espectáculos y observarlos con una segunda mirada, algo que puso de manifiesto el 16 de julio pasado, en la presentación del libro Los pies en el camino, 15 años de la compañía El Muererío Teatro, en el Centro Cultural de la Cooperación, ubicado sobre la avenida Corrientes. Un trabajo que realizó junto a Mauro Oliver, para dar cuenta del recorrido que hizo el grupo desde sus orígenes hasta hoy.

Diego Starosta contó ese día que “el trabajo con el libro en sí fue muy grande, a nivel artístico, de producción, pero a la vez fue de una fluidez y un relajo que no logro con las obras. El libro lo leo en relación a los textos, yo siempre anduve haciendo y mirando el camino al mismo tiempo, inspirado en un texto de Gregory Bateson que habla de una segunda mirada, esto de estar operando y alejarse todo el tiempo para observarse. Ese concepto obviamente a mí me fue transmitido en algunas enseñanzas por maestros y por la experiencia, pero es una idea que tenía previamente y siempre estuve con ese pensamiento”.

Doy fe de que es estrictamente verdad que Starosta siempre se interesó por el análisis conceptual de su trabajo, de ese “código particular de comportamiento escénico” del que habla en el libro. Ya por el año 2004 compartió conmigo unos primeros apuntes que hoy entiendo forman parte de los orígenes de Los pies en el camino, y que por suerte,  seis años después, supo plasmar junto a Mauro Oliver en un trabajo de memoria teatral tan inusual en la escena argentina, como necesario.

Starosta aclara que “la acumulación de esta producción ensayística no es de un académico sino de un hacedor, y siempre estuvo pensado en relación a la idea de objeto. De pensar la forma para sostener el contenido. Y en ese sentido, el trabajo de Mauro Oliver me dio chapa de diseñador adjunto y yo le di chapa de director creativo”.

Mauro Oliver, diseñador y co-autor del libro, reflexiona que “al recorrer los niveles del libro se me aparece una sinfonía, no porque lo haya hecho yo con Diego, pero realmente siento que es eso, que fuimos capaces de hacer una sinfonía  emocional e informacional. Después está la filigrana, o como yo lo llamo: ‘el ojo de la letra’, las contraformas, los  encuadres, el peso, y realmente el libro se me aparece como un objeto en el vacío. Hoy hablábamos con Diego sobre unas cosas que está preparando para una obra sobre el vacío. El libro nos llevó dos años de trabajo, él viajando a Entre Ríos a trabajar en mi casa mientras mi hija crecía en la panza. Y ahora el libro se convierte en un objeto vacío. Se vació, a la vez que cada uno de los mil ejemplares que se imprimieron se llenaron. Fue un traspaso de energía de un nivel a otro. Eso es lo que siento. Y, al menos, si la gente que se encuentra con ese objeto ahora, que no tiene tiempo, ni pasado, ni presente o futuro, si el que se encuentra con este libro percibe al menos un porcentaje de lo que significó producirlo, ya me doy por satisfecho”.

Los pies en el camino tiene la capacidad de recrear las obras del grupo que se fueron desarrollando a través de los años, y como dijo en la presentación del Centro Cultural de la Cooperación, el director y docente teatral Rubén Szchumacher “un libro realizado por aquellos que hicieron las obras, que realizaron el proyecto, es una manera de decirle que no a esa inevitable muerte que siempre trae consigo el teatro. Por eso, sin ponerme solemne ni serio, saludo a los autores por su iniciativa porque de esa manera el teatro sigue estando más vivo que nunca”.

En la previa a las palabras de los autores, explicando las razones de la publicación de este libro, se recreó en el escenario de la Sala Solidaridad del Centro Cultural de la Cooperación la música que había acompañado a La Boxe originalmente. Y los que vimos aquella obra nos sentimos transportados a ese momento, como contó el actor Carlos Belloso, quien reflexionó también sobre su acercamiento a la actuación a través de la lectura y observación de revistas alemanas de teatro, que encontró en su casa de la infancia: “Cuando yo tenía diez años, mi padre era carnicero y mi madre enfermera, y yo no tenía mucha relación con el arte salvo un buen corte de bife de chorizo. Yo no tenía ninguna cosa artística en mi cabeza, pero poco a poco uno se va expresando. Y  en esas revistas en alemán –una colección entera que iba desde los años ´60 hasta los ´70-  estaban las fotos y lo vi a Bruno Ganz, muy joven en esa época, en unas obras tremendas. Vi un registro de actores alemanes, pero no me olvido nunca de Bruno Ganz, haciendo clásicos griegos, puestas modernas, y no me puedo olvidar nunca de esas expresiones. Un poco mi incursión al arte escénico tiene que ver con un montón de motivos, pero uno es haberme encontrado un pilón de revistas de buena calidad, que eran como libros, y sin  saber nada, al ver esos cuerpos en movimiento de esa expresión tan fuerte, ese teatro no se pierde”.

En las vivencias de Belloso durante su infancia están tal vez los motivos del por qué es importante documentar las producciones teatrales. El actor profundizó los conceptos al explicar que “cuando uno dice que va a ver una obra de teatro en video, ya sabe que nació muerta esa idea, porque no se puede transmitir el teatro en un video, pero sí se lo puede hacer en fotos. Porque la calidad del instante y de la expresión quizás marca mucho más que una imagen en movimiento, con mal sonido o una distancia que no tiene el teatro. La foto sí lo hace, porque fragúa algo de la expresión, que es muy fuerte. Para nosotros, los que hacemos teatro, significa mucho un libro de un grupo de teatro de hace quince años, que fija no solamente el recuerdo sino la investigación de todos esos años en un acto de amor, que es en definitiva para el oficio, para la profesión. Yo vi La Boxe y leyendo su parte en el libro se me vino toda la obra encima, se me vino todo el recuerdo del clima que viví viéndola”.

Para aquellos que no conocimos a El Muererío en sus orígenes, el libro nos permite completar la película a la que le faltaban los primeros fotogramas como son las obras Do. El viento que agita la cebada (1996), Lamentos (1997) sobre textos de Juan Gelman, o Los valientes de los tres ríos (1999). O bien el Informe para una academia (1998), basado en el cuento homónimo de Franz Kafka, que Diego Starosta representó al menos una vez por año, durante los últimos 15 años hasta hace unos meses, cuando se realizaron sus últimas funciones.

Pero Los pies en el camino va más allá de la historiografía de una compañía o un grupo, como Starosta prefiere llamar a sus compañeros de ruta, porque representa un ejercicio de memoria inusual para Argentina, no solamente en el espacio artístico, sino también en muchos espacios sociales más amplios. Rubén Szchumacher, hizo un encendido discurso sobre esto en la presentación, afirmando que “siempre aposté a la memoria en contra de una idea tremenda que corroe a la sociedad argentina, sea teatral o no, que dice algo así como ‘hay mucho en este país, por lo tanto no es necesario preservar, pues lo nuevo ocupará el lugar de lo viejo que debe ser tirado y no guardado’. Me parece que este es una especie de lema de nuestro país. El derroche es, a mi parecer, uno de los males argentinos. Una especie de ‘viva la pepa’ o ‘tirando manteca al techo’ que recorre el territorio nacional,  desechando todo aquello que permitiría hacer conocer cómo fueron los viejos tiempos”.

Para Szchumacher “la memoria de lo teatral no puede depender de la buena voluntad de las personas o de la capacidad de recuerdo de algunos, para la transmisión de los recuerdos. Es patético ver como en nuestro país se pierden a diario toneladas de recuerdos. Los poseedores de esos recuerdos que no tuvieron la posibilidad de sentarse a escribir, porque seguramente estaban muy ocupados haciendo un teatro maravilloso, no dejan tras de sí nada más que algunos recortes,  programas, últimamente dvds con registros equívocos de lo que es la representación teatral. Por eso son necesarios los libros, folletos, trabajos que den cuenta de eso que es el teatro. El teatro es algo incapturable, que solo puede perdurar en forma de restos, a través de las publicaciones, de las fotos, de las reflexiones. Eso no ocupará jamás la parte de la representación, el teatro mismo, pero al menos es una pista para entender de qué se trató aquello que ya fue. El teatro contiene una gran fuerza en su propia debilidad, en esa conjunción única que es el desdoblamiento entre escena y espectadores en un tiempo presente, sin haber dilaciones entre unos y otros. Y tentar esa debilidad, que es esa desaparición inmediata, que es como la historia, con mayúscula, que se desvanece sin más ni más. El libro Los pies en el camino de Diego Starosta y Mauro Oliver, es un aporte importantísimo a ese cúmulo de memoria, de recuerdos, de reflexiones sobre lo teatral. Necesarios para comprender la historia del arte en una ciudad. Quizás hoy no entendamos su verdadero valor, pero cuando lo vivo de las producciones deje de existir, entonces este libro hablará por ellos y quedará en la memoria para siempre”.

Carlos Fos, crítico e historiador teatral, presidente de la Asociación de Investigación y Crítica Teatral en Argentina, al igual que Szchumacher, festejó la salida del libro y celebró “la decisión de estos dos muchachos, a los que he disfrutado como espectador y que también a mí me dispara, como le pasaba a Belloso con La Boxe, un montón de cosas con cada uno de esos espectáculos. Pero también sé que los jóvenes investigadores, cuando se acerquen a ver qué pasaba en estos años, van a tener un documento que los va a interpelar, que les va a permitir hacer un camino no tan tortuoso como el que nos toca a cada uno de los investigadores, cuando tenemos que  atravesar el campo yermo de la nada. Los que vivimos de bucear, de interrogarnos, de preguntarnos y de preguntar, y ser una especie de Indiana Jones de la búsqueda de documentos, para tratar de dialogar con ellos, cómo no vamos a agradecer que los mismos artistas hayan hecho este registro vivo. El libro como objeto es realmente hermoso y es valioso, pero además insisto en que su valor traspasa el tiempo y es absolutamente vivo, lo convierte en un elemento que celebro, como también que este año aparezcan muchos libros de estas características. Y si bien no es un elemento festivo como es el teatro, la aparición de un libro tiene ecos festivos, así que cómo no festejarlo”.

Los pies en el camino como una obra más de El Muererío Teatro

Diego Starosta, director de El Muererío Teatro, sostiene que “el libro se volvió de repente, y no de manera inconsciente, sino que pensada así desde el principio, en una obra en sí.  Una obra más de El Muererío. Por ahí el término aplicado, que tiene que ver con la contemporaneidad, sería la ‘traducción’. Hay una esencia, una sustancia que podría representar el trabajo de El Muererío o mi trabajo y que en vez de ser manifestado esta vez en una obra de teatro o en una actividad pedagógica o en un encuentro con alguna otra persona del teatro, se tradujo esa sustancia en el accidente ‘libro’, si nos remitimos a Aristóteles -sustancia y accidente-. Eso es uno de los puntos más importantes para mí, en el desarrollo del libro pensar con Mauro no solo que textos juntamos, sino pensar además su dramaturgia, el sentido. La producción del libro fue como un ensayo y ahora de alguna manera es como empezar a hacer las funciones. Está pensado, salvando las distancias, como yo pienso la estructura sustancial de una obra, o como entiendo la dirección que tiene que ver con el pensamiento sobre estratificación de los niveles de una puesta. Inclusive el pensamiento del trabajo de un autor como un trabajo estratificado. En ese sentido, además, el libro es para mí sumamente transparente, bueno, malo, está mejor escrito, por momentos es más endeble su escritura, pero el libro es muy transparente de mi recorrido, de mi hacer y eso es algo que de por sí no se piensa, sino que sucede cuando la mente está limpia (porque hay momentos en que la mente no está limpia).  Y en el trabajo con Mauro se propició mucho de esa limpieza, de esa comodidad y posibilidad de generar esa transparencia”.

Los pies en el camino tiene un diseño realmente atractivo y novedoso, está poblado por imágenes y conceptos, en dosis similares a esa “poética del cruce” que propone El Muererío en sus espectáculos. El trabajo físico tan característico del grupo es captado por la cámara y acentuado en la captura de las últimas obras de la compañía: Prometeo. Hasta el cuello (2008), y la serie de las Manipulaciones: Tu cuna fue un conventillo, de Alberto Vaccarezza (2011) y El banquete (2012), una aproximación teatral a El matadero de Esteban Echeverría.

Para Starosta, el otro aspecto importante del libro está más ligado a lo historiográfico de El Muererío, el por qué dice ahí “compañía” cuando en sus inicios la idea que más se asociaba con la grupalidad teatral era la palabra “grupo”. Diego comenta, sobre los orígenes de su teatro, que “lo que a mí me movió al principio es la idea de una grupalidad mas ligada a la de los ´60 o los ´70, que tuvo que ver con las primeras influencias de información que recibí. Pero después también la realidad, mi realidad y mi desempeño me fueron mostrando otras maneras. Y en ese sentido es claro que El Muererío, como yo siempre digo, es algo que está a mitad de camino entre un elenco y un grupo, con esas referencias sesentistas o setentistas. Porque si bien ha pasado mucha gente, siempre he tratado de trabajar con períodos que no fueran solamente el armado para una obra, que sería una de las características, no deleznable por supuesto, de un elenco.  Y tampoco ha tenido la continuidad de las mismas personas siempre, a lo largo de estos quince años. Por eso en el libro se ve reflejada esta grupalidad, y eso tiene que ver con la transparencia y la riqueza del libro, esta compañía que está muy ligada a mi hacer, por supuesto. Y estuvo casi siempre -porque hay momentos en los que estuve solo- rodeado de personas, en períodos más largos o más cortos, pero siempre trabajando con otros. Este libro está dedicado a las personas que hicieron conmigo El Muererío, como integrantes, como colaboradores directos. Realmente el libro está dedicado a ellos y tienen que ver mucho con esa historia. Y ojalá se puedan relacionar con este objeto que les pertenece”.

Una visita al estudio de El Muererío Teatro

Unos días antes de la serie de presentaciones del libro, que al día de hoy acumula encuentros con los lectores en el Centro Cultural de la Cooperación, en la XI Feria del Libro Teatral y en la Escuela Metropolitana de Arte Dramático (EMAD), Abro comillas visitó a Diego Starosta en su estudio, para charlar sobre el recorrido del grupo y sobre este presente que encuentra a El Muererío celebrando su historia.

De la entrevista completa que puede verse en video en ésta misma nota, destacamos los principales conceptos del director:

Abro comillas: ¿Qué es El Muererío Teatro?

Diego Starosta: El Muererío teatro es una compañía de teatro enmarcada en el circuito independiente, alternativo u off que fundé en el año 1996, con el objetivo de nuclear mi producción como creador de obras de teatro, como pedagogo y como persona de las artes escénicas que pretende un intercambio, no solamente con el público sino también con colegas y hacedores. El Muererío es mi nido, mi marca social de producción.

AC: ¿Por qué elegís la autogestión para tus producciones?

DS: La palabra autogestión es algo que tiene que ver con mi estructura y mi personalidad, siempre fui y necesité hacerme cargo de mis decisiones y mis deseos, creo que ese germen no hizo más que, en mi estado adulto, plasmarse en la actividad teatral. Siempre me nombré como un monstruo autogestivo, y eso está definido por un aspecto consciente y un suceder, un devenir. Puedo reflexionar sobre eso un poco después de jugado el partido. Cuando yo decidí fundar El Muererío estaba influenciado por algunas grupalidades del pasado, de mis maestros, ligadas al concepto de autogestión.

AC: ¿Cuáles son las marcas de identidad que distinguen a El Muererío Teatro?

DS: El Muererío, en relación a su identidad, tiene dos polos complementarios y paralelos. Uno tiene que ver con el afianzamiento de ciertas características, y otro es la variación dentro de ese afianzamiento, de esa continuidad. El Muererío tiene algunas definiciones que tienen que ver con el trabajo de las obras, lo que alguna vez alguien llamó como “la poética del cruce”. Mi pensamiento como director, inclusive también como actor, tiene que ver con pensar materiales disímiles para las diferentes partes, que buscan la unidad en un espectáculo. Un sistema que resulte homogéneo, pero en el cual sobrevivan diferentes tensiones e informaciones, para operar sobre diferentes planos de la percepción de un observador, de un espectador. Otra característica de El Muererío es la impronta del dinamismo en el trabajo físico, por decirlo de alguna manera, y un movimiento y un trabajo muy importante sobre el uso y la dinámica del espacio, de los cuerpos sujetos y de los cuerpos objetos. Un pensamiento sobre las variaciones de los aspectos rítmicos del espectáculo, que no siempre están ligados a la construcción de la narración principal, sino que tienen que ver con pensar claramente los diferentes aspectos formales que construyen una obra de teatro.

AC: ¿Cómo surgió la idea del libro Los pies en el camino?

DS: La idea del libro surgió en 2010, unos meses antes de que El Muererío cumpliera quince años. La idea de festejo o de aniversario no estuvo asociada a la de cumpleaños, sino que está ligada a una necesidad de balance y el libro es una conclusión directa o una manifestación directa de esa idea de balance. Lo cierto es que cuando empecé a trabajar, siempre escribí sobre mi trabajo, reflexioné todo el tiempo sobre mi propio hacer. La idea de publicar un libro estuvo rondando y en el 2010 se materializó, se hizo carne la posibilidad de producirlo y además empezar a gestionarlo. Es del orden de esas cosas que van germinando dentro de uno, sin que uno lo tenga muy en claro, hasta que hay algún suceso disparador que las pone en práctica. El libro está ligado a la idea de balance, de dar cuenta de algo que es el teatro, en éste caso mi teatro, que más allá de que lo podamos filmar o grabar, que lo podamos recordar por afiches o volantes, es algo del orden de lo inaprensible, de lo efímero, de lo intangible. Y un libro tiene un sentido de objeto. En este caso en particular yo quería hablar de una historia, de mi compañía, generar un objeto trayecto en formato libro. Hay muchas expectativas volcadas en el  libro porque no sé qué me depara el encuentro con la gente, hay otro formato de encuentro con la gente a partir de las presentaciones, de las devoluciones que me produce el libro, que está  siendo algo muy rico, porque es una variable de la traducción de mi producir, que ya no solo se representa en una obra en tres dimensiones, con los actores y objetos, sino que es una obra que es de otro ámbito, es un objeto editorial. Me sigo pensando una persona del teatro pero que ha producido ahora un ‘otro objeto’ y eso me tiene bastante atraído.

AC: ¿Quiénes te ayudaron en este camino?

DS: El libro es una obra de mi cabeza pero fue producido en grupo, con una grupalidad  o un equipo de trabajo, y en ese sentido mi compañero de aventura ha sido Mauro Oliver, que es un diseñador que trabaja con El Muererío hace 7 u 8 años, y con el cual llevamos adelante toda la idea de dramaturgia del libro, todo el diseño, el sentido. Todo lo que fue poner en pregunta lo que después devino como respuesta de objeto. Y también de otras personas, como Daniela Mena Salgado, que es la productora que trabajó junto a mí y que pertenece a El Muererío; Mónica Berman, que hizo una primera corrección y devolución semiológica; Argelia Perazzo Olmos,  que hizo una corrección brillante sobre todo el contenido; más algunos aliados como Carlos Fos, un investigador teatral; y Araceli Arreche, otra investigadora teatral, que son responsables de algunos impulsos para llevar adelante el proyecto. El libro es producto de un trabajo coordinado, de grupalidad y eso tiene cierta riqueza para mí también.

Este libro fue declarado de interés cultural por la Secretaria de Cultura de la Nación; fue realizado con el apoyo de Proteatro, la Dirección de Bibliotecas de la Ciudad, ICA (Industrias Culturales Argentinas) y el INT, y cuenta con el auspicio institucional de:  Akademie Schloss Solitude (Alemania), CCEBA (Centro Cultural de España/ Buenos Aires), Odin Teatret/ Nordiskteaterlaboratorium (Dinamarca), Goethe Institut/ Buenos Aires, EMAD (Escuela Metropolitana de Arte Dramático), AINCRIT (Asociación Argentina de Investigación y Critica teatral) y Alternativa teatral.  

Diego Starosta es actor y director, fundador de la compañía El Muererío Teatro. Se formó con Guillermo Angelelli y Daniel Casablanca. En los años 2004 y 2005 fue becado por la Akademie Schloss Solitude de Sttutgart, Alemania. Trabajó junto a la Organización Negra y luego con uno de sus fundadores, Manuel Hermelo, con la Banda de Teatro los Mocosos y en diversas puestas del Complejo Teatral de Buenos Aires.

Mauro Oliver es consultor independiente promoviendo el desarrollo sustentable desde las áreas de gestión de proyectos, comunicación y organización, entre otras. Creó y dirigió, junto a Ximena Tobi, el estudio Los Tobi, la anchura de la comunicación. Creó y codirigió el estudio CuatroComunicadoresVisuales. Se desempeñó como director de arte en el área de Producción. Editorial Plus Ultra. Es cofundador del espacio independiente de cultura NoAvestruz y de la Asociación Civil No como el Avestruz.

Se puede consultar sobre próximas presentaciones de Los pies en el camino o cómo conseguirlo en la fan page del grupo: facebook.com/el.muererio.teatro o en la web de El Muererío Teatro.

Marcelo Dosa

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