Género

Mujeres multitasking: La culpa no es del chancho

Mujeres multitasking: La culpa no es del chancho
#BorderPeriodismo

Por Jorgelina Zamudio

No es que las mujeres “vivan cansadas”, no. No es que nos durmamos en trenes y colectivos porque sí, de mimosas que somos. Es, en todo caso, que no hay manera de no terminar desmayada en cualquier rincón cuando el día no es de 24 horas sino de muchas más. Eso es lo que se desprende de las investigaciones sobre el uso del tiempo (esto es, cómo reparten su jornada hombres y mujeres), donde queda claro que las mujeres no sólo trabajan más fuera de sus hogares sino que también dedican más horas que ellos al cuidado del hogar, los hijos y personas mayores. ¿Qué eso no es “trabajo”? Falso: según la Encuesta de Uso del Tiempo en Ciudad de Buenos Aires (organizada con el apoyo de la Universidad Nacional de General Sarmiento), se señala que sí lo es porque “su realización tiene un costo desde el punto de vista del tiempo y de la energía”. ¿Qué eso ya todos lo sabíamos? Seguro. La diferencia es que ahora contamos con al menos dos estudios, uno realizado sobre más de 2 millones de porteños de entre 15 y 74 años, y otro recientemente presentado en Rosario, que confirma lo visto en Buenos Aires. Y los datos ciertamente inquietan. La razón: si sumamos las horas dedicadas al trabajo fuera de casa con las dedicadas al trabajo doméstico y de cuidado de otros, voilá: el día “femenino” dura más que el de los hombres e incluye muchas más actividades, no necesariamente placenteras.

Cuando en las encuestas de uso del tiempo las mujeres hacemos la enumeración de tareas y el tiempo diario que les dedicamos, vemos que nuestros días duran más de 24 horas. Como eso es imposible, surge claramente que realizamos una gran superposición de tareas simultáneas. Es lo que se llama “densidad” del tiempo. Eso nos da mucha flexibilidad para armar rutinas muy diversificadas, pero también un altísimo grado de stress y esfuerzo”, explica la filósofa, ex legisladora e investigadora Diana Maffía.

En datos, esto implica que mientras que, en promedio, un varón dedica diariamente 1 hora al trabajo doméstico y sólo 20 minutos a cuidar de un niño o un anciano, las mujeres dedicamos 3 horas a la primera tarea y 1 hora a la segunda. Ergo, en casa nuestro hacer triplica el de los varones. Y, valga la aclaración, ambos solemos trabajar fuera de casa.

La “densidad” de nuestro tiempo, entonces, nace de estar cocinando mientras revisamos la tarea de los chicos, armamos la agenda de mañana, hacemos la lista del super y preparamos lo que nos vamos a poner para ir mañana a la oficina. ¿Qué es una locura? Sin dudas, y el agotamiento que eso genera claramente no se arregla con pastillas ni con multivitamínicos sino con una organización más igualitaria de las tareas comunes o –para decirlo mejor- con el fin de la división sexista del tiempo. Porque, como bien explica la escritora Marilén Stengel, autora de Lo quiero todo y lo quiero ya (Longseller),  así como están armadas las cosas las mujeres somos “no sustentables”, seres destinados a colapsar periódicamente a fuerza de sobreexigencia. “Lo que pasa es que hace apenas un siglo que las mujeres salimos al mundo, nos enamoramos de esta posibilidad  y hasta estuvimos dispuestas a pagar el derecho de piso. Ya no. Ahora sabemos que para completar esta revolución, necesitamos que los varones dejen de “ayudar” en casa para volverse verdaderos co-protagonistas de la “empresa familiar”.

Sin embargo, para que la división desigual del trabajo haya sido y continúe siendo viable, se requieren no sólo seres convencidos de que trabajar de “mujeres orquesta” es su destino inapelable, sino también beneficiarios directos de este estado de cosas. “El hecho de que las tareas de cuidado queden a cargo de las mujeres, hace que el retiro de la atención del Estado en aspectos  como salud, atención de la vejez etc, se refleje en mayores cargas para ellas. Pero, además, es tal la naturalización de la feminización de las tareas de cuidado que no sólo cuidamos a quien no puede hacerlo sino también a varones capaces que consideran que es nuestra función resolverles sus necesidades cotidianas”, apunta Maffía. Es entonces cuando una no puede menos que recordar aquel viejo refrán sobre la culpa, el chancho y quien le da de comer. En este caso, literalmente

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