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Speed, en busca del tiempo que se pierde en internet.

Speed, en busca del tiempo que se pierde en internet.
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Speed: En busca del tiempo perdido, el documental de Florian Opitz que se exhibió en el 13° Festival de Cine Alemán en Argentina, parte de una premisa que atrae a mucha gente: cómo sujetar el tiempo.

De otra manera no se explica la cantidad de espectadores que llenan la sala del Village Recoleta, en el día que parece ser el peor lunes del año. Afuera llueve, el viento hace el negocio de los vendedores de paraguas y un frío intenso permite imaginar cómo es Berlín a principios del otoño, que está comenzando por estos días en Europa.

En estas condiciones, cualquier desprevenido puede llegar a pensar que son alemanes los que salen aplaudiendo de la sala a la medianoche, pero no, son argentinos y de todas las edades los que agotaron las entradas para ver un documental alemán, estrenado el año pasado en festivales internacionales, y que probablemente (lamentablemente) lo pueda ver en Argentina muy poca gente más, si es que alguna señal de cable lo emite en los próximos meses. Parece difícil que el trabajo de Opitz llegue a nuestros cines fuera del marco del festival. Pero siempre habrá alternativas para conseguirlo.

El director, un guionista y documentalista de la televisión pública alemana, no esconde sus cartas  ni siquiera en el tráiler del film, donde afirma: “Mi experiencia con el tiempo se limita a una sola sensación: no tengo suficiente”. Este ex punk de 39 años, que estudió historia, psicología y literatura, atraviesa la crisis de los 40 preguntándose: “¿Por qué no tengo más tiempo para disfrutar de mi hijo pequeño?”. Y acomete una personalísima –en el sentido de que está omnipresente en todo el documental, al estilo Michael Moore– y divertida investigación –sí, es posible, un documental alemán divertido no es un oximoron- sobre las causas de la falta de tiempo en la modernidad. Algo que ya se preguntaba Marcel Proust en la obra aludida en el título: En busca del tiempo perdido.

Y no es inocente la referencia literaria de Opitz.  Marcel, el personaje de Proust en la novela, se cuestiona la vanidad que impulsa a la gente de su tiempo hacia las tentaciones mundanas. El director alemán, por su parte, se pregunta por qué cada vez tenemos menos tiempo para las cosas importantes, desperdiciándolo en navegar por internet, en leer noticias banales, en contestar cientos de correos electrónicos y en actividades que, lejos de propiciar el ocio reparador, nos llevan a una situación de enfermedad psicológica denominada burnout (síndrome del cerebro quemado).

En el primer volumen de la obra monumental de Proust, denominado Por el camino de Swam, el narrador no puede conciliar el sueño: “Mucho tiempo llevo acostándome temprano”. En el documental Speed, la gente concurre a charlas de autoayuda, de dudosos aunque exitosos personajes, para que les expliquen cómo hacer para focalizar en algo concreto y superar esa sensación de aplastamiento que el tiempo provoca sobre sus vidas. Entre otras cosas, porque las preocupaciones los mantienen cansados y sin dormir lo suficiente.

La primera parte del documental alemán tal vez sea la más interesante, cuando las preguntas son formuladas. La modernidad está atravesada por estas cuestiones desde fines del siglo XIX a esta parte y dichas preguntas ya han sido hechas por filósofos, ensayistas y hasta por los impulsores de la “cultura slow”, bien definida en el libro de Carl HonoréElogio de la lentitud, al que el documental parece aludir sin nombrarlo.

¿Cómo no compartir el punto de vista del documentalista cuando señala que en el siglo XXI, mientras todo se mueve más rápido y nunca en su historia la humanidad ha trabajado con tanta eficacia y velocidad, tenemos cada vez menos tiempo para lo que consideramos “importante”? Vivimos en constante aceleración y la paradoja de nuestra civilización es que la misma tecnología que creamos, para hacernos la vida más fácil y mejor, nos está esclavizando, haciéndonos trabajar para ella. Y lo más significativo es que nuestra visión del mundo está contaminada por el prisma de las máquinas.

Siguiendo este razonamiento, Opitz entrevista a un periodista alemán que decide vivir desconectado de la tecnología por seis meses. En ese lapso de tiempo, abandona la odiada BlackBerry (en el cine, los espectadores ríen con la escena como se ríe del jefe cuando se lo critica a sus espaldas) y se compromete a no usar internet. El documentalista lo interroga justo un día antes de cumplir su veda off line y los resultados de su particular “investigación” hablan de una mejor salud, menor ansiedad y la sensación de que el tiempo le alcanza para muchas más cosas placenteras. ¿Es la primera conclusión de Speed? ¿Internet no es un factor sino la causa principal de nuestra ansiedad y adicción por la información? Nuestro cerebro no está preparado para tal bombardeo de estímulos, parece ser la primera conclusión.

La segunda parte del documental, llamémosla “de las respuestas”, no es tan precisa.  El formato se asemeja bastante al del documental clásico para televisión, con entrevistados que responden a un periodista presente en pantalla, y se le puede señalar que la selección de los personajes no parece ser la mejor. Desfilan empresarios devenidos en ecologistas, un economista, el funcionario de un país que incorporó el budismo a su forma de gobierno (Bután), o un filósofo dedicado a la reflexión sobre qué es eso que llamamos tiempo… viviendo en una casa de campo apartada.

Tal vez el segmento más contradictorio sea el del polémico millonario Douglas Tompkins, un empresario norteamericano que en 1989 vendió sus empresas y se fue de Estados Unidos para dedicarse a la conservación del medio ambiente, comprando grandes extensiones de tierras en el sur de Chile y Argentina, de las que luego una parte donó para los parques nacionales de ambos países. Tompkins logró su objetivo de vivir feliz en un lugar paradisíaco y con aire puro. ¿Pero cómo lo logran el resto de los interpelados al comienzo del documental, los que no cuentan con una cuenta bancaria bien provista de dólares?

Opitz incluye algunas alternativas que las revistas económicas o de divulgación ya han analizado frente al problema.  Introduce el concepto de “felicidad nacional bruta”, acuñado por el rey de Bután, Jigme Singye Wangchuck,  quien representa un intento de modernización de su país sin perder las tradiciones, en base al crecimiento sostenible y en sintonía con el medio ambiente. Desde las fuertes raíces budistas del país asiático surgió hace un tiempo esta idea de no medir el desarrollo solamente en base al “producto bruto interno”, ya que esta medida promedio carecía de sentido si no se aportaba una mejoría emocional y espiritual a cada una de las personas. La “felicidad nacional bruta” mide los principales valores de la cultura butanesa: felicidad, igualdad de género y preservación medioambiental.

También son interesantes para la reflexión otros planteos: la idea de que los gobiernos deben aportar una asignación general básica (para sustento, educación y vivienda) igual para todos los habitantes del país, dejando la competencia para aquellos que estén dispuestos a sacrificar su tiempo libre; o la propuesta de algunas personas que limitaron sus aspiraciones, para irse a vivir a las montañas suizas, produciendo su propio alimento. El director está convencido de que aún no se llegó a un punto sin retorno en esta carrera del hombre sin una meta definida. Pero parece quedarse, de todo lo averiguado, con la recomendación inicial de su psicólogo sobre tomar conciencia del problema, focalizar y tratar de disfrutar de cosas más concretas como son el crecimiento de su hijo. Algo más al alcance de su mano y de la mayoría de los espectadores.

Entre las cosas más destacables del documental se pueden mencionar la gran calidad de las imágenes, la dinámica que le aporta la edición, el sentido del humor que lo hace muy entretenido y la facilidad para lograr lo de “una imagen vale más que mil palabras”, aunque estas sean a veces el clásico cliché de la velocidad occidental: autopistas iluminadas, ciudades inmensas, salas de cómputos, gente corriendo por la calle. No obstante, muchas de esas imágenes no están exentas de cierta poesía.

Entre las deudas podemos ubicar los intentos de respuestas concluyentes a las hipótesis planteadas al principio de la película. Pero ¿podemos pedirle a un documentalista que responda en 90 minutos lo que desde Baudelaire a esta parte no han podido hacer poetas, economistas y filósofos como Zygmunt Bauman, durante todo el siglo XIX y XX? Al menos Florian Opitz intenta ponerlo en imágenes para que llegue en un lenguaje que, paradójicamente, está mediado por la tecnología, pero que se asemeja a lo que el espectador está habituado a digerir a diario, en televisión, noticieros y en canales de Youtube.

Speed es una elección interesante de los programadores del festival alemán en Argentina y ojalá llegue al menos a estar presente en alguna opción online u on demand de las empresas de cable del país. Porque si no, para verlo, habrá que dedicarle tiempo a la búsqueda de cómo comprarlo por internet…

Marcelo Dosa

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