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Vos porque no tenés hijos (lo que nunca te contaron sobre la maternidad)

Vos porque no tenés hijos (lo que nunca te contaron sobre la maternidad)
#BorderPeriodismo

Por Quena Strauss

Mi mamá me mima. El día de la madre. Madre hay una sola. “Y vos, ¿para cuándo?”. Ni siquiera hace falta ser mujer para  saber de sobra que la maternidad está (más que sobrevaluada), sobrevendida. Candidateada como la llave de todas las llaves, lo que media entre plantar un árbol y escribir un libro, eso que parece poder hacer lo que ninguna otra cosa podrá: cambiarnos la vida.

¿Será tan así? ¿Será para tanto? Pensar el tema en estos términos es, de nuevo, pensarlo chiquito. Pensarlo cómodo. Porque la llegada de un bebé a casa es bastante más que peluches, una cuna y litros de óleo calcáreo. Sólo que nadie lo dice. No al menos en voz alta, y menos aún en público.

Rodeados de gente, todos sostienen a rajatabla el discurso transformador del “me cambió la vida” y de allí no se mueven. No es casual: en una sociedad tan paidocéntrica como la nuestra, en la que a los niños se los masacra y se los ensalza con el mismo énfasis (somos la sociedad del Día del Niño y del infanticidio, de los Derechos de la Niñez y de las redes de pedofilia), admitir otra cosa sería un sacrilegio. Todavía hoy, “mala madre” sigue siendo una acusación peor que la de “hija de puta”.

Y, sin embargo, puertas adentro las madres recientes hablan en otro idioma. En la lengua real del insomnio, de las ojeras, del cansancio. Del fastidio. Del delivery de tortura oriental en versión apañalada: no podrás comer, ni dormir, ni bañarte por horas. Por días. Te olvidarás de vos misma tras nueve meses a  todo esplendor. Porque durante nueve meses el Niño Quimera (el bebe en camino) fue con una de aquí para allá, consiguiéndonos sonrisas, buenos deseos y hasta asientos libres en transportes públicos en donde sólo el Hombre Elástico podría haber entrado. Nos trajo regalos, ropa nueva y (en mi caso, al menos) una energía desbordante. Anormal. Madre Natura sabe lo que hace, y por eso se encargará de proporcionarte –mientras seas su incubadora humana- un pelo esplendoroso, una piel divina y hasta puede que un escote de Cinecittá.

Horas después del parto, sin embargo, el espejismo comienza a desteñir. La realidad –tal como la conocíamos hasta entonces- se derrite cual vela de cumpleaños. El Niño Real ha llegado. Y llora, llora como un poseso. Se pone rojo, violeta, gris, y vuelta al tono tomate. Se araña, te araña y lo araña con unas uñitas tan diminutas como letales. Lo alzás. De este lado, del otro, para aquí, para allá. Nadie pega un ojo en tres continentes a la redonda. ¿Oiste ese portazo? Sabelo: era tu vida anterior. Se fue sin despedirse para no ponerte triste. O para que no la siguieras con el Niño Real a upa, vaya uno a saber.

Como sea, se terminó. Bienvenida al Gran Humedal. Al reino resbaloso de las toallitas, las cremas, la leche desatada, el vómito sobre tu hombro, y cayéndote espalda abajo. “Dos litros de agua por día, como mínimo”, me aconsejó en su momento el neonatólogo sabio y comprensivo que toda madre primeriza debe llevar en su cartera. Dos litros de té de tilo cada dos horas, intuyo, me habrían sido de más utilidad. El reino del insomnio no es tierra hospitalaria.

De ahí en más, todo será azaroso, empezando por el sueño y terminando por la comida. Se acabaron los planes o, mejor dicho, se multiplicaron. ¿Por qué? Pues porque con un Niño Real en casa, todo puede pasar. Y pasa, todo y todo junto: el vómito, el cólico, la tos. El ahogo, la noche boca arriba, el vómito otra vez. Y la fiebre, la temida fiebre. Aprendés a dormir enroscada como un áspid y entrecerrando un solo ojo. Acechando en la quietud su respiración de bebé, llena de ronroneos.

¿Por qué nadie nos pone sobre aviso? ¿Por qué la mayoría de las madres primerizas llega al Niño Real creyéndolo hermano de ése que en el comercial de pañales duerme a pata suelta? “Porque si se supiera la verdad, nadie tendría más hijos”, se sinceró un día mi madre. “Porque lo que viene después de todo eso es tan lindo, que te olvidás de esos primeros meses de caos”, argumentó algo más adelante alguna amiga sabia.

¿Nos mienten? Sinceramente, no sé si tanto. Sólo sé que nos embelecan con hermosos bebés roncadores, sonrientes y sin hipo. Que hacen de la maternidad algo demasiado parecido a lo que jugábamos cuando éramos chicas, y ciertamente eso ya debería hacernos sospechar. Traer a otro ser humano al mundo no puede ser tan parecido a un juego de niños. No puede ser tan previsible, ni tan calmo. Y no lo es, qué va. Es bastante más transpirado, pesado y maloliente que eso. Viene de vigilia, de termómetro y de pelea –de altísimos índices de conflictividad, diría- con el nunca bien ponderado “padre de la criatura”.

Pero no menos cierto es que, justo cuando todo parece que va a volar por los aires, el Niño Real sonríe. Desde adentro de su cuna, el tipo sonríe. Sin dientes ni vergüenza, sonríe. Y el mundo entero queda detenido en ese arco celestial e inesperado. Una sonrisa que se lo chupa todo: la fiebre, el cansancio, el dolor de espalda, hasta el último vómito que nos dedicó por sobre el hombro, y a traición. La vida era esto: tu hijo mirándote el alma, y sonriendo por haberte encontrado.

¿El resto? Los detalles, lo que no importa. El montón de papel torpe que envuelve lo que cuenta. La fiebre es eso: puro papel. La noche de dos horas es eso: un poco de relleno en la caja donde va el Niño Real, ése que crecerá a una velocidad asombrosa –y tan hermoso- que cuando te quieras  acordar, quién te dice, hasta puede que ya venga otro en camino. Porque si para algo la Naturaleza es sabia, es justamente para esto: para hacernos olvidar de las nimiedades. Y revelarnos una versión desconocida (y casi siempre mejor) de nosotros mismos.

 

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