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“Este es el fin”: no podrás comerme… soy tu amigo.

“Este es el fin”: no podrás comerme… soy tu amigo.
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Finalmente llega a los cines locales Este es el fin (This is the end, 2013) un estreno que sorprende si se tienen en cuenta sus ingredientes: una historia delirante, reivindicaciones de prácticas masturbatorias y un protagonismo coral. Todos elementos que en el mercado argentino normalmente tendrían destino de DVD o cable. Quizás debamos dar gracias a la saga de ¿Qué pasó Ayer? (The hangover, 2009), que revitalizó este tipo de humor con altura y lo devolvió a un público masivo. Pero la potencial aceptación local de esta película protagonizada por James Franco, Seth Rogen y Jonah Hill, entre otros, también llama la atención a partir de la temática que propone: el abordaje del súbito e inevitable advenimiento del fin del mundo en un tono de comedia puro y duro, sin héroes carismáticos ni misiones de la NASA para evitarlo.

En este caso, por más absurdo que parezca el argumento, el flujo narrativo funciona a partir de una premisa muy simple: durante una fiesta en casa de James Franco en Hollywood, se desata el Apocalipsis (terremotos, explosiones, seres diabólicos). Mientras el mundo se derrumba, el grupo de mejores amigos que quedó atrapado intenta sobrevivir sin escatimar salvajadas desopilantes. En este contexto, el cameo de Rihanna –que fue convocada porque los directores habían leído que Piña Express (Pineapple Express, 2008) era una de sus películas favoritas- tampoco resulta descabellado.

La mayor parte del elenco comparte una amistad en la vida real, forjada durante la realización de las películas de Judd Apatow -dirigió Virgen a los 40 (2005) y Ligeramente Embarazada (2007), entre otras-. Aunque probablemente el puntapié inicial haya sido la serie de culto Freaks and geeks, que duró una sola temporada en 1999, producida por Apatow y en la que actuaban Franco y Rogen.

Un brindis por el Apocalipsis

Otra producción de 2013 cuya trama recorre el camino hacia la destrucción de la humanidad es la inglesa El fin del mundo (The world’s end, aún sin fecha de estreno local), con Simon Pegg y Nick Frost, y dirigida por Edgar Wright. Así se completa la Trilogía Cornetto (sí, por el cucurucho que se vende en los kioskos), iniciada por Muertos de risa (Shaun of the dead, 2004) y Arma fatal (Hot fuzz, 2007). La primera escena abre así: “¿Alguna vez tuviste una de esas noches que empieza como cualquier otra, pero termina siendo la mejor noche de tu vida?”. A partir de esta interpelación directa, nos identificamos con la nostalgia que se siente por los momentos entrañables del pasado.

Abierta esta ventana, la banda de sonido se vuelve un protagonista más, invocando hitos del brit pop de los 80 y 90. Muchos de los highlights de nuestras vidas están asociados a una canción o banda en particular que a fin de respetar el rigor histórico, quizás no sonaba en ese preciso instante, pero no hay dudas de que cuando la volvemos a escuchar activa esos mecanismos de la memoria que nos transportan hasta esa instancia reconfortante, como una máquina del tiempo sensorial. En este viaje, cinco amigos de la secundaria se reencuentran en su pueblo natal veinte años después, con el objetivo de finalizar un desafío que no pudieron cumplir el día que terminaron el secundario: completar, en una noche, el circuito etílico que componen los doce bares locales.

Pero el paso del tiempo suele perjudicar nuestros recuerdos. No sólo porque favorece el olvido, sino porque además nos vuelve más realistas y menos románticos. Así, mientras los viejos compañeros de aventuras discuten si los que cambiaron fueron ellos o su lugar de origen, se darán cuenta de que las apariencias engañan mucho más de lo que parece. Y de un momento a otro, deberán luchar juntos (o no) por sobrevivir. Todo transcurre entre cataratas de humor inglés, regado por pintas de cerveza tipo lager y eventuales shots de tequila, con lo cual la intensidad cómica alcanza niveles de carcajada sin control.

El fin del mundo me mata

La historia del cine presenta varios capítulos dedicados a la destrucción de la Tierra, el Apocalipsis o el Día de Juicio Final. Por lo general, estas entregas abarcan géneros que van desde la ciencia ficción y la acción hasta el drama, o la combinación de todos ellos, coincidiendo con un contexto histórico generado a partir de una fecha o hito en particular. Y en ocasiones su estreno se aprovecha de la sugestión mediática a la que suelen estar sometidas las masas (no olvidemos el infame Y2K).

Entre los disparadores más recientes, se destaca el cambio de milenio (en 1998 se estrenaron Armagedón e Impacto Profundo, que planteaban la inminente caída de un asteroide a la Tierra), y las predicciones mayas para el año pasado (en 2009 se realizó 2012, protagonizada por John Cusack). Pero más allá de los latiguillos del héroe de turno, el fin del mundo suele abordarse desde una perspectiva seria, con un trasfondo de grave solemnidad, y que a veces apura un atisbo de reflexión efímera.

Melancolía (Melancholia, 2011), fiel al estilo de su director, Lars von Trier, también rompió con los parámetros habituales de este tipo de films, pero sin perder el tono dramático. Aquí, el inevitable fin del mundo, representado por el misterioso planeta azul que va a impactar la Tierra, contextualiza la depresión del personaje central (Kirsten Dunst). Pero además actúa como un catalítico del colapso anímico y espiritual de su hermana. Así, la tragedia avanza a través de unas imágenes de belleza angustiante, oscilando entre la resignación solemne, la indolencia y la desesperación paralizante de los personajes y sus relaciones.

En las buenas y en las malas

Con su formato de comedia, Este es el fin y El fin del mundo mandan al diablo esta severidad reflexiva y se apoyan en una fuerza concreta e indestructible: la amistad. Voltaire la definía como “el contrato tácito entre dos personas sensibles y virtuosas”.

La amistad verdadera está blindada por códigos que prevalecen aún en situaciones extremas, como puede ser el escenario que predomina en el imaginario social ante la inminencia del fin del mundo: caos, anarquía y ausencia de toda ley o norma de convivencia. Un ejemplo es cuando en medio del desmadre generalizado, un personaje de Este es el fin exclama “no podés comerme, soy tu amigo”, invocando esta ley superior.

Hace unos años, en el relato Instrucciones para elegir en un picado, Alejandro Dolina sostenía que Manuel Mandeb, protagonista de Las Crónicas del Ángel Gris, elegía a sus amigos antes que a los mejores jugadores, “aunque no fueran los más capaces (…) Un equipo de hombres que se respetan y se quieren es invencible. Y si no lo es, más vale compartir la derrota con los amigos, que la victoria con los extraños o los indeseables”.

En Buscando un amigo para el fin del mundo (Seeking a friend for the end of the world,  2012), con Steve Carell y Keira Knightley, la  vanidosa superficialidad de las relaciones que nos rodean quedaba expuesta ante el destino irreversible del cataclismo final. Y la red de mentiras que configuran el circuito social que recorremos cotidianamente resulta tan evidente como el meteorito que destruirá la Tierra. De ahí la necesidad de contar con un vínculo de efímera vida útil, pero poderosamente real.

Quizás el estreno casi simultáneo de estos films, que proponen pasarla bien entre amigos mientras el mundo se desmorona, sea pura casualidad. Una fortuita coincidencia de producciones que desdramatizan la tragedia inevitable y prefieren enfocarse en esas relaciones valiosas. ¿Pero acaso el peso específico del inminente fin del mundo es un motivo suficiente para postergar ese vínculo? Al contrario. Mejor relajémonos y subamos el volumen mientras afrontamos las horas de oscuridad incierta junto a las personas en las que más confiamos.

Por Alejo Tarrío

Licenciado en Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires.

Estudios de Cine Documental en el Centro de Formación Profesional SICA.

alejostarrio@gmail.com

Twitter: @Alejost

 

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