Nunca creí en los cuentos de navidad y no me juzguen pesimista por eso. Una, a veces pasa por quejosa tan sólo por tener miedo; porque, seamos sinceras, los cuentos de navidad son una bomba de tiempo cuando no terminan con final feliz.

Porque, ¿no te pasó de ilusionarte, mirar alrededor y creer que sí era posible armar una buena historia, pero en el momento de la mejor parte cada quien pira para su lado y te quedás ahí un poco con el alma apretada en un puño?. Y si te pasa una vez, pensás ´la próxima será´; si te pasa dos te enojás con el mundo y a la tercera te volviste arisca.. un hueso duro de roer.

Y ni qué decir cuando ésto te viene pasando durante -ponele- una década: y.. te convencés que el cuento de navidad es éso que sucede en la casa de enfrente. Ahí donde todos brindan, se ríen y bailan. Tampoco la pavada de creer que los de la otra cuadra son los Charls y Caroline Ingalls, pero hay que reconocerles que al menos un día por año, se hacen los que aquí no ha pasado nada y se abrazan y comen pan dulce como en la navidad del cuento que nosotras nos imaginamos.

Les voy a contar una historia que me viene a la cabeza y que -perdón por el abuso del término- pero viene a cuento. Resulta que cuando yo estudiaba en la universidad, con frecuencia irrumpía en la clase un hombre inquietante. El tipo era un loco. Un loco posta, un paciente externado del Hospital Neuropsiquiático Braulio Moyano a quien dejaban ir a la Facultad a buscarse la vida vendiendo libros de historias infantiles a los alumnos que estudiábamos allí. La mecánica era simple: él pedía autorización al profesor a cargo de la clase para hablarnos unos minutos: nos tiraba el rollo sobre su vida y nos rogaba que le compremos un cuentito por dos pesos.

Cuando la mayoría nos metíamos la mano en el bolsillo del pantalón para sacar el billete, el fulano se indignaba y salía presuroso de la clase no sin antes pedirnos que no nos ríamos de él; que no nos quiso molestar, que mejor se volvía al hospital. Pero lo curioso era que nadie se reía de él, muy por el contrario, la mayoría se mostraba sumamente respetuoso y solidario.

Los más tozudos lo corríamos por el pasillo y finalmente, le comprábamos el librito. Pero Lo que a mí me flasheó del loco de los libritos era que justamente él no se animaba a recibir la ayuda que pedía. Tan golpeado vendría que, sencillamente, no sabía ni cómo se hacía para recibir algo bueno de la mano de otros.

¿A dónde está yendo esta piba? ¿Se pasó de Sidra?.

Bánquenme que ya llego.

Esta navidad, yo tuve una verdadera Noche Buena. No fui a Punta, no estuve un barco lleno de lucecitas, ni en fiesta con toda la pompa. Pero pasó algo especial.

Mi cuento de navidad en 2013 tuvo un final feliz. 

Se los cuento porque todos podemos aprender del loco de los libritos. Y tragar el miedo de un sorbo. Y soplar con ganas, y llenar los pulmones del alma.

Y por una puta vez en el vida tener fe en serio.

Que con luces de un caserón bien puesto o con una velita en un departamento; con el agobio del calor o con el lujo de la fresca que corre bajo un Tilo, el final feliz no es cuestión de guita. Para que pase, sólo hace fata CREER.

FELIZ NAVIDAD.