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Los viejos, como trapos

Los viejos, como trapos
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El video que puso en evidencia un caso de maltrato a una anciana es, apenas, la punta del iceberg de una paradoja: el maltrato a ancianos en un mundo que envejece vertiginosamente.

Por Fernanda Sández

La mujer pega, y vuelve a pegar. La otra mujer –una anciana de pelo blanco- parece no estar del todo ahí, mientras sobre su cuerpo se descargan cachetadas, puñetazos, tirones de pelo. Una persona maltratando salvajemente a quien se supone que debería haber cuidado. Y- de nuevo- una cámara registrándolo todo para volver a poner la realidad en su sitio.

La filmación es una de ésas que no pueden verse sin reaccionar, especialmente por la indefensión absoluta de quien recibe el castigo: una mujer de casi noventa años, limitada en sus movimientos y prácticamente muda. Y por la certeza personal de que ella no es la única y, seguramente, tampoco la última.

¿Por qué? Tal vez porque los episodios de maltrato a adultos mayores tienen mucho de crimen perfecto: las víctimas son personas que no están ya en condiciones de defenderse. A menudo, su resistencia física y mental es mínima. De hecho, en un documento escrito por el Ombudsman de la Tercera Edad de la Ciudad de Buenos Aires, Dr. Eugenio Semino, llamado Maltrato, abuso y abandono en la tercer edad, se consigna un dato clave: “la persona mayor maltratada puede sentirse culpable por denunciar la actuación de aquel de quien depende para los cuidados y mucho más si se trata de un familiar”.

Por otro lado, detectar el abuso se hace difícil no sólo por la resistencia a hacer la denuncia por parte de la víctima sino porque “las consecuencias del abuso puede confundirse con las consecuencias de los cambios propios del envejecimiento. Se suele dar menos credibilidad a las afirmaciones de un anciano, más aún si es percibido como alguien “difícil” y el cuidador se comunica bien con los profesionales”.

Por otra parte, muchas veces están fuera de sus entornos protegidos y separados de la familia que podría-llegado el caso- alzar la voz por ellos. Y- más a menudo de lo que se cree- es la familia directa la que maltrata. Al respecto, un dato claro: en septiembre del año pasado, las autoridades de la provincia de Buenos Aires dieron a conocer que –según se desprendía de los llamados a su línea gratuita de ayuda a víctimas de violencia doméstica- los mayores de 50 años eran victimizados cada vez más. Las llamadas pidiendo ayuda dentro de este segmento crecieron 10%.

Pero, además, vivimos en lo que algunos especialistas en el tema denominan “geronto fobia pasiva”. Esto es, un contexto social y cultural en el que la vejez (lejos ya de ser vista como una etapa de sabiduría y conocimiento de saberes valiosos) es percibida como un momento de deterioro, decadencia y demanda.

Que los “viejos”- esos a los que la corrección política manda hoy llamar “adultos mayores”- dan trabajo, no cabe duda alguna. Sus cuerpos se sublevan, sus ritmos son otros. A menudo se vuelven, como se decía en el barrio, “mañosos”, quizá en un trágico intento por no dejar de ser del todo. Por guardar aunque sea una mínima parte de lo que alguna vez fueron. De lo que eran antes de que el tiempo comenzara a arrasarlos.

De allí que en un mundo en el que el nuevo primero mandamiento pareciera ser “No envejecerás”, la reiteración y aumento de los episodios de maltrato no tendrían por qué asombrar. Después de todo, como bien anotó la antropóloga Paula Sibilia en su texto El cuerpo viejo como una imagen con fallas,no es fácil ser viejo en el mundo contemporáneo, aunque quizá ser vieja sea aun peor”. Lógico: en la sociedad del culto a la performance, un anciano es la encarnación del límite. Del “ya no”.

Al respecto, también resulta elocuente el documento escrito por el Ombudsman de la Tercera Edad de la Ciudad de Buenos Aires, Dr. Eugenio Semino. Allí, y bajo el título Maltrato, abuso y abandono en la tercer edad, se consigna un dato clave: “la sodomización del derecho a la economía ha llevado a la generalización del maltrato sobre sectores de la población sobre los que se han dado los ajustes económicos, fundamentalmente aquellos que, como nuestros los adultos mayores, han dejado de ser sujetos de consumo para pasar a ser objetos a ser consumidos”. 

El punto es que todos vamos hacia allá. Así de obvio: todos seremos ellos algún día. Lo no tan obvio (y lo que precisamente plantea un verdadero desafío a escala global) es que nunca los viejos han sido tantos. La expectativa de vida se duplicó en sólo cien años. Y, a como van las cosas, en 2050 sucederá un verdadero “prodigio gris”: por primera vez en la historia de la Humanidad, los mayores de 60 superarán en número a los menores de 14. Serán 2000 millones de ancianos, y el 80% de ellos vivirá en los países industrializados. ¿Un mundo repleto de canas y casi sin niños? Precisamente.

Es por eso que hace ya siete años la Organización para las Naciones Unidas dio su voz de alarma a través del informe El desarrollo en un mundo que envejece y marcó la necesidad de que los gobiernos del planeta se prepararan para la debacle en ciernes. ¿Por qué? Porque si hoy por cada jubilado hay cuatro personas jóvenes trabajando, dentro de algún tiempo sólo serán dos…y bajando. Traducido, significa que –para una cantidad creciente de ciudadanos necesitados de asistencia médica, cuidados personales y hasta alimentación especial- habrá mucha menos gente capaz de costear todas esas demandas a través de los impuestos.

Pero más allá de la demografía y de lo inquietante que resulta la idea de un planeta habitado por seres que cada vez se reproducen menos y viven más, persiste lo otro. Esto es, el siniestro lugar que se le asigna a la vez en la cultura occidental, su consagración como meta inevitable pero a la que nadie, en definitiva, quiere llegar. De allí todo lo demás, empezando por las llamadas cremas anti age, las cirugías estéticas y las mil y una estratagemas para poder seguir luciendo jóvenes aunque ya no lo seamos.

El lado “luminoso” de todo esto (desde la perspectiva del marketing, al menos) es el surgimiento de lo que ha dado en denominarse “mercado gris”. Esto es, millones de personas mayores de 50 años, con posibilidades de seguir disfrutando de la vida luego de su retiro y mucho dinero para gastar en viajes, bienestar y placeres de todo tipo.

El lado oscuro está a la vista: el viejo convertido en incordio, en molestia. En putchinball. El viejo maltratado  no sólo física sino –y sobre todo- psíquicamente, tal como lo demuestra el informe presentado por la provincia de Buenos Aires, en el cual se consigna que el abuso psicológico (las amenazas, el no dirigirles la palabra, el decirles cuánto “molestan”) es lo que prima. Por algo, casi 7 de cada 10 adultos mayores que se comunicaron con la línea de ayuda dijeron haber sido víctimas de esta clase de episodios.

Débiles, puertas adentro –de sus casas, de sus geriátricos, de sus propios cuerpos que ya no son tan suyos-, millones de ancianos son víctimas de una clase de violencia que se parece demasiado al odio. Y que, como el odio, se hace fuerte ante el silencio de los que miran, y no hacen nada.

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