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La revolución del culo

La revolución del culo
#BorderPeriodismo

Por Franco Torchia

Voy a liberar mi culo: desde hoy impulso la revolución anal.

Voy a  transformar mi ano en el único campo de todas las batallas.

Voy a pelear a culo quitado, voy a debatir a culo abierto y voy a vivir a culo expuesto.

Voy a participar con todo de la sedición más urgente del mundo contemporáneo: la sublevación internacional de los culos.

Voy a dejar de ser “hombre” -¡por fin!- y voy a dejar de andar por la vida tieso, con el falso orgullo de un culito cerrado e intocable.

Ser hombre es ser un culo sellado. Yo ya no voy a cerrar el culo, y sé que es una insurgencia lenta, pero también sé que es el modo más eficaz de contribuir a correr los culos del dominio esclavista de la publicidad, la prensa y el capital.

En otras palabras, y de la mano de Terror anal, el aplastante texto de la filósofa española Beatriz Preciado que acaba de editarse en la Argentina, debería poder decir “hoy entrego el orto”. Pero no me atrevo. Al menos sí escribo esto, tal como ella pide, en primera persona, como para no traicionar (tanto) el vigor de su obra.

¿Qué es Terror anal de Beatriz Preciado, y qué propone? La edición presenta tres manifiestos que la autora -una de las voces más imprescindibles en materia de género, y sin dudas la más encendida- escribió en 2009 para prologar la publicación en español de un clásico de los estudios queer, el libro El deseo homosexual del escritor y activista francés Guy Hocquenghem, publicado por primera vez en París en 1972. Para actualizar entonces la mirada sobre la teoría de Hocquenghem, Preciado lanzó este misil que, silencioso, cayó en Buenos Aires a fines de 2013, editado con exquisitez por el sello La Isla de la Luna.

El objetivo de Terror anal es puntual, y vasto: declarar el comienzo de una guerra fría. Y caliente. Guerra de pensamiento y guerra de acción: practicar sexo anal y pensar lo anal. Porque para Preciado ha llegado la hora de usar el culo como el arma más letal contra el avance neoconservador, el mismo que mientras sanciona leyes de igualdad en algunos países, no termina de alzarse, por ejemplo,  frente a aberraciones como las de Uganda y Rusia, donde la persecución y criminalización de gays, lesbianas y travestis volvió a ser moneda corriente. Terror anal se pregunta, y responde, cómo evitar el marketing político de las conquistas de identidad y diversidad sexual, y más allá de ellas, seguir denunciando la opresión y el totalitarismo al que siguen sometidos millones de “diferentes”.

Por ello, y para salir de una buena vez de la lógica heterosexual que paradójicamente rige también las relaciones entre personas del mismo sexo, Preciado le otorga preeminencia al culo, el único órgano sexual común a hombres y mujeres; el único órgano sexual a salvo de la prisión de pertenecer a un “género específico”; el único órgano sexual sin funciones reproductivas; el único órgano sexual deliberadamente omitido como tal durante siglos, y reducido a expulsor de excremento o infierno tan temido para grandes, chicos y chicas.

El plan de operaciones es ir por la vida de la boca al ano como quien orienta todo el flujo de sus deseos entre esos dos orificios. El culo permite desgenitalizar la sexualidad y la intención no es la mera promoción del sexo anal: es, sobre todo, la puesta a punto de la reflexión: ¿por qué se sobreentiende que el hombre es aquel que privatiza su ano, y que en la mujer ese mismo ano no constituye “femeneidad”? Anota Preciado: “Todo cuerpo (…) es primero y sobre todo ano. Ni pene, ni vagina, sino tubo oral-anal”.

Terror anal revisa la historia trunca del culo, sin perder esa síntesis tan conmovedora de los manifiestos y las consignas de propaganda. Durante los siglos XIX y XX, médicos, abogados, psicoanalistas y maestros neutralizaron el ano. El varón tiene solamente pene y la mujer vagina: con sus penes y sus vaginas, hombres y mujeres del mundo son puestos a reproducir la sagrada familia, la especie humana bienpensante, el sistema financiero, los préstamos bancarios, la propiedad privada, la angustia colectiva, la industria automotriz, la pobreza estructural, el turismo, y desde ya, la explotación sexual en formato prostitución y trampa eventual para el hombre comprometido, que incluso puede consumir travesti “de ocasión” para experimentar sexo anal. 

El culo femenino pasó a ser mercancía inalcanzable para el varón -y vaya si la Argentina no está entre los primeros puestos de un eventual ranking de la importancia de llamarse culo y “tenerlo divino”- y bien de cambio para la mujer. La mujer ostenta, y eventualmente “entrega”, y el hombre, si puede, rompe. Y si no puede, también. Como apunta Preciado, “El problema no es el sexo anal, sino la civilización del hombre-castrado-de-ano”. Huir de la dinámica “penetrador/penetrado” y ser y hacer todo, todos.

 

Ahora, después de tantas confesiones, voy a ANALizarme. Es decir, dejo de psicoANALizarme. Porque yo no sé ustedes, pero a mí me interesa tener una vida para el ojete.

 

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