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El instinto maternal, ¿es un mito?

El instinto maternal, ¿es un mito?
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El caso de la mujer que habría asesinado a sus siete bebés recién nacidos reabre el debate sobre lo “instintivo” de la maternidad en la hembra humana. Porque si somos- y nos consideramos- tan distintos del resto de los animales en tantos aspectos, ¿por qué justamente en materia de crianza deberíamos ser idénticos a ellos? Aquí, algunos apuntes para seguir pensando.

Por Quena Strauss

Durante diez años, Megan Huntsman (una mujer de 39 que vive en una casa común de un barrio común en el estado de Utah) habría engendrado, parido y asesinado al menos a seis bebés. Y todo sin salir de su casa común, en su barrio común. “Son gente agradable”, repitieron todos sus vecinos de Bosque Agradable, su pueblito en Utah.

A todos los bebés (menos a uno, que habría nacido muerto) los ahorcó o asfixió, para luego envolverlos en toallitas o camisetas y guardarlos cuidadosamente en bolsas y cajas que luego acomodó en su garaje. El fin de semana en que su esposo, recién salido de prisión, decidió limpiar el lugar, se topó con uno de los cuerpos. Llamó a la policía, y el resto ya es historia. O no.

La razón: cada tanto, algún episodio tan sórdido como éste y hasta puede que más brutal (madres que envenenan a sus hijos, los ahogan o los matan a golpes, entre otras muchas variantes de lo espantoso) vuelve a poner sobre en debate aquella vieja idea del “instinto maternal”, planteado como una suerte de mandato de la especie que impediría a la madre atacar a su propia cría.

Sin embargo, en la naturaleza no es raro ver a una madre abandonando, tirando del nido o descuidando a la cría más débil (ésa que sabe que no va a sobrevivir), cuando no devorándola. En la naturaleza- y los biólogos lo saben de sobra- la noción misma de “instinto” maternal es compleja y abarca acciones que- aunque incuestionablemente “naturales”- a nosotros los humanos (esos que a menudo no podemos ver en el Animal Planet un informe sobre ballenas sin taparnos los ojos) nos pondrían los pelos de punta.

A menudo, la “Madre Naturaleza” de lo primero tiene sólo el nombre. Es más bien un territorio hostil y ultra competitivo que –de Darwin para acá- probó amar solamente a los campeones. Pero además, ¿de dónde sacamos la peregrina idea de que una madre- por el sólo hecho de ser humana- automáticamente se convierte en una suerte de versión “evolucionada” de sus pares “salvajes”? Más aún: ¿de dónde sacamos la no menos peregrina idea de que las madres han sido siempre como son algunas hoy? ¿Esto es: protectoras, juguetonas, confidentes, cercanas?

Veamos: hace trescientos años, en su Emilio o de la educación, Jean Jacques Rousseau llamaba la atención sobre una práctica de rigor en la época (fajar a los niños, convirtiéndolos en pequeñas momias rígidas desde el momento de su nacimiento) y decía lo siguiente: “La inacción y el aprieto en el que retienen los miembros de un niño no pueden menos que perjudicar la circulación de la sangre y los humores, que estorbar que crezca y se fortalezca la criatura, y que alterar su constitución”.

Hace aún menos, las niñeras, institutrices y amas de leche también eran de rigor en las familias acomodadas, donde la figura de la madre era para un niño de hace doscientos años una señora -como mínimo-distante. Y en las familias de sectores populares, la cantidad (hoy impensable) de chicos que había en cada hogar también volvía al contacto personal y placentero con ese ser llamado “madre” algo –como mínimo- ocasional. A veces todavía nos cuesta imaginar cómo era realmente vivir en un mundo sin cocina, lavarropas, heladera, derechos…ni anticonceptivos.

De hecho, hace ya tiempo que la noción de “instinto maternal” ha sido puesta en duda no ya desde el movimiento feminista y psicoanálisis, entre otros, sino por un dato contundente de la realidad: el creciente número de mujeres que-pudiendo tener hijos- optan por renunciar a la maternidad por los más diversos motivos: carrera, viajes o hasta un motivo tan atendible como el puro y duro “No tengo ganas”.

La maternidad ya no es lo que era”, confirma Patricia Alkolombre, psicoanalista, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) y autora del libro Deseo de hijo, pasión de hijo (Ed. Letraviva). “Hoy en día muchas mujeres deciden no tener hijos llevando adelante una decisión que años atrás era impensable por la condena social explícita o implícita. Tener hijos ya no es un proyecto exclusivo en la vida de una mujer y de muchas parejas. Inciden en este punto determinantes sociales de peso más allá de lo que se puede vislumbrar en cada caso en particular y en cada historia de vida”, consigna.

Entonces, no todas quieren ser madres, no todas lo quieren en el mismo momento, no todas quieren tener la misma cantidad de hijos. No todas, como antes, siguen soldando la idea de “ser mujer” a la de poder procrear. Frente a esto, la experta explica que “históricamente, en el imaginario social, la capacidad biológica de la mujer para ser madre quedó asociada a  la idea de un “instinto materno”, destacando cualidades que privilegian su capacidad para contener, alimentar y criar a sus hijos. Pero, si nos ponemos a reflexionar, tanto el infanticidio como el aborto provocado existen desde que el mundo es mundo”, señala.

Pero además, de ser el deseo de maternidad algo tan “instintivo” como se predica, no sólo sería lo más común y corriente en nuestras sociedades (cuando, de hecho, el veloz envejecimiento de muchos países del mundo demuestra que los chicos se están convirtiendo en un bien escaso) sino que, además, el modo de ejercer esa maternidad “instintiva” sería, por definición, también prefijado e idéntico.

Sin embargo, si en algo no podríamos ser más distintas es, justamente, en el modo en el que cada quien se relaciona con su hijo. En el modo en el que cada una abraza, hace upa, alimenta y cuida de su propia cría. El modo en el que acepta (o no) ayuda de otros, el modo en el que delega (o no) el cuidado de su hijo en manos de extraños.

Justamente por eso, tal vez mucho más válido que hablar de un “instinto maternal” sería hablar de un “distinto maternal”. De modo –siempre personal, diferente y único- en el que cada una se conecta con ese costado suyo que sólo se revela cuando hay alguien ahí  que nos necesita para atravesar la infancia más larga de toda la naturaleza: siete años. Recién transcurrido ese tiempo, la cría humana será capaz de autoabastecerse y sobrevivir sin necesidad de los adultos.

Hasta entonces- y más allá de entonces- lo que ser madre podrá en evidencia es, justamente, el lado más luminoso (y el más oscuro) de nosotras mismas. Hay quien habla del puerperio como de una montaña rusa, aunque tal vez se trate más bien de pasar de Superman a Clark Kent en segundos, una y otra vez. Estar a cargo de un bebé de días puede hacerte sentir invencible o extenuada. Mejor dicho: invencible Y extenuada. También por eso la maternidad es una experiencia prodigiosa: porque permite unir los contrarios que antes ni siquiera podíamos pensar juntos.

Otro tanto sucede con nuestro lado menos “presentable”: la maternidad también lo sacará a a la luz. Lo pondrá ahí, justo sobre la mesa, y lo abrirá al medio. El egoísmo, la comodidad, la falta de consideración por el otro, la maternidad entendida como una carrera de postas en donde lo que pasa de mano en mano es un bebé, todo eso también quedará en evidencia el día que un bebé llegue nuestra vida. Porque, como bien dice la experta Laura Gutman, cada bebé nos enfrenta con “nuestra propia sombra”. Con nuestros miedos, nuestras obsesiones, nuestras privadas y ocultas averías. Con –a veces- todo eso que no podemos dar porque nunca lo hemos recibido.

El “distinto materno” se abre pues a miles de posibilidades: la distancia, la presencia, el mimo a mansalva, el rigor extremo, la palabra o el silencio. ¿Qué clase de madre somos? Tal vez sólo una: la que nuestra propia historia nos autorice a ser. La que elijamos ser cada día- a lo largo de miles y miles de días- para ese otro al que le tocó crecer a nuestro amparo.

De allí que nadie que no haya pasado por la conmovedora experiencia de la maternidad llega a entender cabalmente cómo algo así de chiquito puede sacudir hasta los cimientos la vida de alguien. La revolución (de horarios, de sentimientos, de prioridades) que implica cruzar una línea (la de la maternidad) para la que no hay vuelta atrás.

Tal vez de eso sea de lo que hable, en realidad, el terrible caso de Utah. No ya de la flagrante contradicción con lo que se supone que es “lo natural” sino de lo otro. De la evidente diferencia entre parir y maternar. Entre dar la vida a alguien y dar la vida por alguien. Entre el instinto maternal y el d-istinto maternal, ese desafío que –mal que les pese a los defensores de la maternidad “instintiva”- por lo visto no todas tienen ganas (ni están en condiciones de) aceptar.

Para saber más:

http://eleconomista.com.mx/internacional/2014/04/14/madre-utah-asesina-sus-7-bebes

http://ccaa.elpais.com/ccaa/2014/03/28/galicia/1396032508_795699.html

http://www.psicoanalisisbcn.com/2013/08/instinto-maternal.html

 

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