Por Federico Delgado

(Fiscal federal de la Nación)

Que los “trapitos” son un problema nadie lo discute. Se debate qué hacer con ellos. Unos los quieren prohibir y otros los quieren regular. Pero ninguno pone en blanco sobre negro la causa que envuelve todo el asunto.

¿Cuál es? Detectar quienes se benefician con un fenómeno que, palabras más palabras menos, convirtió a la ciudad en una gran playa de estacionamiento privada.

Si describimos la dinámica enseguida nos damos cuenta que la discusión está mal planteada. En efecto, es difícil que una persona quiera trabajar de “trapito”, porque significa soportar calor, frío y lluvia durante mucho tiempo. Trabajo es otra cosa. Para empezar, supone la protección de las leyes laborales. A la par, no cualquiera puede ser “trapito” Basta con pararse en una cuadra para probarlo. Además, los “trapitos” parece que tuvieran un detector de acontecimientos públicos, ya que irrumpen frente a grandes concentraciones de personas y desaparecen mágicamente al poco tiempo con el botín. Es obvio que hay algo más.

En general fenómenos sociales tan complejos como la pobreza y la fragmentación social esconden brutales prácticas de explotación que generan al menos dos imágenes: Una que se ve enseguida y otra que cuesta más detectarla. Pasa con los “trapitos” La primera imagen es la de una persona que hace señas y,  a veces de manera hostil, a veces hospitalaria, ofrece/obliga a dejar el auto bajo su protección. La otra imagen, la difusa, revela que ese laburo insalubre, inestable y tedioso es dirigido por el “adivino” que detecta los grandes espectáculos públicos o los barrios con gran circulación de personas, para convertir a la ciudad en “su” playa de estacionamiento clandestina. Sobre esta imagen habría que trabajar, porque aquí hallamos al dueño del circo; es decir, al beneficiario que extrae su ganancia de dos males: *la inseguridad que hace que todo conductor tema porque le roben su auto y *la pobreza que genera las condiciones para que un grupo social se convierta en “trapito”. Sobre esos males se construye la gran playa de estacionamiento que no paga impuestos y explota al “trapito” y al conductor. La otra discusión, la de prohibir o regular es banal. Los griegos tenían una palabra que nos puede servir para señalar estas discusiones mal planteadas: akrasía. La usaban para  identificar a las personas que actuaban en contra de la razón, porque se dejaban llevar por las emociones. Pasa que a  veces la bronca que genera la hospitalidad hostil de los “trapitos” confunde el árbol con el bosque.