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“El gran hotel Budapest”, joya visual de Anderson

“El gran hotel Budapest”, joya visual de Anderson
#BorderPeriodismo

Monsieur Gustave –Ralph Fiennes– asiste al velatorio de una de sus tantas -y octogenarias- amantes: Madame D –Tilda Swinton-. Pero ella no es una más. Es especial. Quizá Gustave esté enamorado de Madame D. Quizá Madame D. esté enamorada de Monsieur Gustave. Las causas de la muerte no son claras -al menos, al principio- y uno puede suponer que fue natural. Tenía 85 años, tres hijas y un hijo: Dmitri –Adrien Brody-. Lo que también tiene es una gran fortuna y, por ende, un más que interesante testamento. El bien más preciado de Madame D. es un cuadro: un flemático preadolescente, sentado entre terciopelos con ropas renacentistas; unos dedos largos y huesudos sostienen una manzana verde. La mano derecha la sopesa desde abajo mientras que la mano izquierda, con una delicadeza femenina e impostada, usa los dedos pulgar e índice para sostener el cabito. Su rostro es impávido y un poco melancólico. Es “Boy with apple” y es lo que Madame D. le deja a Monsieur Gustave. Dmitri se entera de eso y se opone. Hará lo que sea para que Gustave no tenga ese cuadro y es ahí donde comienza la lucha de poderes que cruza esta historia: El gran hotel Budapest (The Grand Budapest Hotel, 2014).

Wes Anderson es el director de esta maravilla visual. Es el director de muchas otras maravillas visuales. A saber: Buscando el crimen (Bottle Rocket, 1996), Tres son multitud (Rushmore, 1998), Los excéntricos Tennenbaums (The Royal Tenenbaums, 2001), Vida acuática (The Life Aquatic with Steve Zissou, 2004), Viaje a Darjeeling (The Darjeeling Limited, 2007), El fastástico Sr. Zorro (Fantastic Mr. Fox, 2009) y Un reino bajo la luna (Moonrise Kingdom, 2012). Todas estas obras están cruzadas por su obsesión de maniático: cada plano es una obra de arte. Y cuando se dice “cada plano” no es una generalización. Es literal. Anderson es un obsesivo a niveles matemáticos. Cada raccord de movimiento -recurso de montaje para no romper la ilusión de realidad entre dos o más planos- está calculado al milímetro y entra perfecto en el siguiente plano.

En algunas de sus películas anteriores, ese virtuosismo podría llegar a opacar a la historia. El gran hotel Budapest no es el caso. El balance entre la grandeza visual y el guión es perfecto. Con unos movimientos de cámaras que no aceptan correcciones, los travelings van y vienen, acompañan a los personajes en sus recorridos, suaves, como si flotaran en el cuadro. Los zoom in desde grandes distancias hacen pensar en los del viejo cine oriental, aquel en el que Bruce Lee luchaba contra innumerables contrincantes y lo veíamos desde un plano general, abierto, hasta que en un momento hacía una pausa para mirar hacia otro lado y el zoom veloz arremetía contra el rostro del protagonista desde una distancia de casi cincuenta metros.

En El gran hotel Budapest, Anderson dialoga, no sólo con la pintura renacentista y el cine oriental de 1960, sino también con el cine negro de los 30, con la comedia clásica y con la literatura. En este caso, según dijo el mismo director, la historia fue “casi un plagio” de las narraciones de Stefan Zweig, autor austríaco que escribió, entre muchas otras cosas, El mundo de ayer. Memorias de un europeo: un diario de crónicas en el que el escritor  recorre diferentes ciudades de Europa en la primera mitad del siglo XX.

Ese es el punto de partida que toma Anderson para contar la historia de Monsieur Gustave y de su hotel. Una historia que, según el narrador (porque tiene más de uno), se va abriendo como matrioskas rusas y despliega una serie de tramas y sub tramas, capas debajo de capas, organizadas de forma perfecta. Zero Moustafa –Tony Revolori en su versión joven y F. Murray Abraham de grande- llega al hotel y es tomado como lobby boy –botones-. Enseguida se genera ese vínculo siempre presente en las películas de Anderson; problemático y caótico, que es el de la relación padre-hijo. De Tres son multitud a esta parte, en todas sus películas esta relación es el centro de la historia. Incluso en Viaje a Darjeeling, en donde el padre de los tres hermanos está muerto. En el caso de El gran hotel Budapest retoma esa unión no biológica que se da entre un joven aprendiz y un experimentado adulto. Retoma, porque en Tres son multitud se daba ya esta situación con el personaje de Max Fisher –Jason Schwartzman– y Herman Blume –Bill Murray-. En esta película, Gustave y Zero congenian desde el primer encuentro y se genera una simbiosis casi enfermiza entre los dos personajes, tanto como para que ninguno de los dos pueda hacer nada sin la ayuda del otro pero siempre desde ese lugar de enseñanza de vida, en donde cada empresa que emprenden, cada aventura en la que se adentran, es Gustave el que guía y Zero el que aprende. Juntos van al velatorio antes mencionado, juntos escapan con el cuadro y emprenden una vuelta al hotel que no será del todo fácil.

Al ya antes nombrado Dmitri, se le suma Jopling –Willem Dafoe-, un asesino por encargo pero de la familia (de Madame D.), que intenta recuperar el cuadro “Boy with apple” de las maneras menos amigables posibles. Este personaje es el que le da a la película una violencia pocas veces vista en el cine de Anderson. Llena la historia de oscuridad y posee, en el film y junto a Kovacs –Jeff Goldblum-, una de las escenas de suspenso mejor filmadas de los últimos tiempos. Escena que recuerda a aquella de la primera parte de El Padrino, (The godfather, 1972) en la que Michael visita a su padre, Vito, en el hospital y escucha los pasos que se aproximan.

Una película que transita casi todos los géneros y las formas: la amistad, el amor, el misterio, el suspenso, la aventura. Wes Anderson en una de sus mejores versiones: más adulto, más violento, menos naif.

Por Adrián Kaplan Krep

Periodista.

twitter: @_doska

E-mail: adriankaplankrep@gmail.com

 

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