Por Federico Delgado

Para el fútbol, en tanto expresión artística de un grupo de hombres que despliegan su esfuerzo colectivo en un campo de juego, el sábado 28 de junio fue un gran día.

En su rostro se dibujó una sonrisa, después del partido que protagonizaron Colombia y Uruguay. El equipo que organizó el argentino José Pekerman deleito el paladar futbolero exhibiendo el respeto a un concepto de juego. Ese que en algún momento distinguió a Latinoamérica y que hace gala de combinar el toque prolijo, el movimiento articulado de los jugadores, el manejo del tiempo escogiendo el momento de la aceleración y el momento de la pausa, la predisposición a asociarse para superar las líneas rivales, las variantes para desplegarse en la cancha a la hora de crear jugadas de ataque, u ordenarse para defender los avances del contrario, el respeto por las reglas, por el rival y por si mismos evitando las protestas, las discusiones con el árbitro y las provocaciones.

En síntesis, vimos a un equipo que puso en movimiento el mensaje del entrenador y que, en consecuencia, hizo gala de una forma de sentir el fútbol que en cierto modo contradice el manual de moda de estos tiempos, que asocia este deporte que es expresión de masas al roce físico, a la mezquindad a la hora de atacar, a estirar el reglamento para jugar “al límite”, a amontonar jugadores para bloquear ataques rivales y “ver qué pasa”, a glorificar la patada que “disciplina” al adversario y que, en definitiva, privilegia la destrucción más que la construcción al plantear un juego como una guerra.

En cierta forma, hablamos de identidades que responden a principios de identificación colectiva; es decir, que condensan una serie de valores que se exhiben a través del juego pero que lo trascienden, porque remiten a una estética que revela una visión del mundo, una forma de ver la vida. El seleccionado de Colombia se edifica sobre una apuesta estructurada en derredor de un concepto que permite que cada jugador halle las condiciones para dar lo máximo de sí, en un marco de solidaridad y alegría, porque el juego de Colombia transmite eso: alegría, por eso el fútbol ayer sonrió. Baruch de Spinoza definió a la alegría como esa pasión a través de la que el alma accede a una mayor perfección y, por lo tanto, mediante la que el hombre aumenta su potencia. El equipo de José evidentemente ayer también provocó en algún lugar la sonrisa de Spinoza y además logró algo más, porque permitió que en césped del imponente Maracaná se mezclaran dos colores. El verde rabioso del pasto y el amarillo de la bandera de la República de Colombia que representa algunos valores que cuando caía la tarde del sábado se entreveraron con el juego, porque el amarillo del pabellón colombiano alude a la riqueza del suelo, la luz del sol, la armonía y la justicia.

El equipo de José derrochó riqueza en el juego, iluminó con luz propia el estadio, fue armónico para atacar y defender y en todo momento entendió que el justo respeto por el rival no es más –ni menos- que respetarse a sí.