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Lo maravilloso de ti: el Rey no está muerto

Lo maravilloso de ti: el Rey no está muerto
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Elvis Presley murió el 16 de agosto de 1977 a los 42 años. Lo encontraron inconsciente en el baño contiguo a su habitación en Graceland. Se había caído del inodoro, pero permanecía casi de rodillas, boca abajo, con las manos en la cara, como rezando. Tenía la lengua partida, la cara hinchada y algo de sangre en la nariz.

A pesar de lo evidente, una ambulancia lo llevó a Emergencias del hospital Baptist Memorial, bajo el diagnóstico de una supuesta sobredosis. Los médicos se preguntaban qué sentido tenía tratar a alguien que claramente llevaba horas de fallecido y además… ¿Quién era? La respuesta fue asombrosa y perturbadora. El cuerpo estaba descolorido e irreconocible.

Las especulaciones acerca de los motivos de la muerte se multiplicaron. En su organismo había más de 10 drogas distintas, que podrían haber derivado en sobredosis o una combinación letal. Pero otros informes revelaron una severa falla cardíaca, que lo habría matado de todas maneras, con o sin pastillas. ¿Por qué uno de los artistas más glorificados del siglo XX llegó a este deterioro? ¿Cómo se desató este vertiginoso espiral de decadencia?

Ese mes, como presagio impensado del final, la CBS había emitido un concierto en el que se lo veía excedido de peso, con dificultades para respirar, casi sin poder cantar, masticando las estrofas. Y sus movimientos en el escenario eran lentos y torpes. Una caricatura patética de uno de los artistas más grandes que haya existido.

Los barbitúricos eran habituales en su dieta: durante los últimos tres años de vida, el médico personal llegó a recetarle más de 19.000 pastillas. Elvis comenzó su relación con las drogas en el ejército, cuando en la fase de entrenamiento experimentaba problemas para dormir y pesadillas. Un amigo le conseguía calmantes para las noches y estimulantes para sobrellevar el día. Un callejón sin salida hasta ese triste final.

Mentes suspicaces

Los detalles grotescos que contextualizaron la muerte de Elvis se extendieron más allá de la última apariencia del cantante y las condiciones del deceso: su padre Vernon aseguraba que el Coronel Tom Parker, representante de Elvis desde 1955, había complotado para asesinarlo por temor a que lo reemplazara.

Si bien esa hipótesis se descartó de inmediato, la relación de Parker con el Rey perdura como una historia repleta de enigmas. Siempre se hizo notar por una extravagancia rozando lo demencial: en el funeral de Elvis, sorprendió a todos al lucir una gorra de baseball y una camisa hawaiana, aduciendo que él siempre se vestía así para trabajar.

Eres el demonio disfrazado

Muchos aspectos del pasado de Parker siguen siendo un misterio. Era un holandés que llegó a Estados Unidos aparentemente huyendo de un crimen que cometió en su tierra natal (habría estrangulado a una mujer), y por eso nunca pudo acompañar a Elvis en sus viajes al exterior.

Con una carrera en el mundo de las ferias itinerantes y las promociones de artistas (además de una falsa identidad) estableció el vínculo comercial con Elvis cuando las incendiarias actuaciones de Presley en Memphis (después de la famosa grabación en Sun Records) llamaron la atención de uno de sus socios. De ahí en adelante, la influencia de Parker sobre la joven estrella fue inmediata y avasallante.

Más allá de las capacidades artísticas de Elvis, que lo hacían brillar por mérito propio, cada paso de su carrera estaría definido por las decisiones del Coronel. Cuando alguien destacaba el carisma del cantante, él aseguraba: “Aún con ese magnetismo, si yo no lo bajaba del camión –el primer trabajo de Elvis-, aún estaría manejándolo”.

Parker no tenía mucho oído para entender cómo el repertorio sensual y desafiante de Elvis, que rompía con los parámetros de la música popular de la época, podía gustarle a los jóvenes. Prefería melodías más sosas y pasatistas. Pero su verdadero interés pasaba por otro lado. Durante los shows, no prestaba atención al escenario ni se fijaba en las canciones, sino en las reacciones del público. Tenía la habilidad para identificar qué movilizaba a la gente, y usaba todos los trucos externos al espectáculo para manipular a la audiencia y traducir esto en ganancias.

Así, con la ayuda de RCA Victor y una agencia de publicidad, en un año convirtió a Elvis en el artista más vendedor de la industria del espectáculo y el mejor pago por aparecer en TV. La astucia de Parker fue poner los recursos del circo al servicio de su plan de marketing, primero aplicado al rock and roll y luego al moderno entretenimiento de masas.

Sin embargo, lo más peculiar de la relación del Coronel con Elvis era el poder que el representante tenía sobre la megaestrella. Según colaboradores directos, la personalidad extrovertida que el Rey exhibía con su séquito, se reducía a una vergonzante sumisión cuando interactuaba con su manager. En cada encuentro, su actitud se limitaba a una mera aceptación de las directivas impartidas.

Pero como hombre de negocios con habilidades únicas, el Coronel también sabía explotar su producto para obtener los mejores réditos. Así, cuando la confianza de Elvis se desplomaba antes de sus shows más importantes, Parker ejercía sus poderes para devolverlo al escenario sintiéndose el mejor artista de todos los tiempos. Y la máquina de hacer dinero seguía facturando.

La viveza del Coronel para estar siempre un paso adelante también se refleja en la decisión de que Elvis se uniera al ejército como soldado raso, sin ningún tipo de privilegio. Así limpiaría su imagen de intérprete de canciones subversivas y demostraría su amor por la patria. Mientras tanto, embarró el terreno sembrando rumores de una asignación a Servicios Especiales, para evitar el entrenamiento. De esta manera, la versión oficial sería que Elvis se había enlistado como cualquier hijo de vecino por voluntad propia.

Agitado

De lo único que el Coronel no tenía control era sobre la adicción de Elvis a las drogas recetadas. Y en sus peores épocas de abuso de pastillas, tampoco podía anticipar actos derivados del comportamiento errático y el juicio nublado del cantante (la anécdota del disparo al televisor en la oscuridad de una habitación de hotel en Las Vegas es verdadera).

Elvis había desarrollado un latente estado de paranoia e inseguridad, que emergía por episodios. Estaba obsesionado con conspiraciones relacionadas con magnicidios, como el asesinato de Robert F. Kennedy en 1968, que lo había conmovido duramente. Además, desarrolló la necesidad de involucrarse en causas “patrióticas”, como la lucha contra el narcotráfico y la cultura hippie, supuestamente alimentada por estrategias comunistas de lavado de cerebro.

En un rapto desesperado de autonomía e independencia con respecto al Coronel, su padre y su esposa, en diciembre de 1970 concertó un encuentro súbito con el presidente Richard Nixon. Como su deseo de ser un agente federal de la oficina de Narcóticos y Drogas Peligrosas fue rechazado por las autoridades, le escribió directamente al presidente para ponerlo al tanto de su compromiso con esa lucha y así obtener su placa. Nixon lo recibió en la Casa Blanca y le otorgó una medalla honorífica que se convirtió en la posesión más preciada del Rey.

Ámame tiernamente

Además de las giras y los shows en Las Vegas, la carrera de Elvis Presley se apoyó en emblemáticas apariciones en TV y recitales históricos, que volvían a ponerlo en la cima del mundo del espectáculo. Su condición de fenómeno inconmensurable le daba a cada intervención mediática una dimensión de leyenda.

El primer hito a destacar es el Comeback Special, para la NBC, emitido a fines de 1968. Este show, conocido originalmente como ELVIS, marcaría su regreso a la TV tras ocho años de ausencia. Además, sería su primera presentación en vivo desde 1961, ya que tocaría para una pequeña audiencia en el estudio. Pero principalmente, era la oportunidad para demostrarle al mundo que su talento seguía intacto, y que su carrera era mucho más que las películas de mediana calidad que había hecho en los años previos.

Probablemente, el traje de cuero negro que lució en uno de los tramos sea lo más recordado de esa actuación. Las crónicas de la época lo describen como una pantera salvaje que hizo estallar el escenario y sedujo a todos los presentes. El peso emocional que ese show representó para Elvis se refleja en el testimonio de un vestuarista, que contó que el traje presentaba restos de una eyaculación del artista.

En junio de 1972 brindó cuatro mágicas presentaciones en el Madison Square Garden de Nueva York, con un show llamado El príncipe de otro planeta. Las reseñas enloquecieron, el New York Times lo describió como un “campeón, a la altura de Joe Louis o Joe DiMaggio. Alguien en cuyas manos la manera de hacer las cosas cobra mayor dimensión que la cosa en sí misma”.

El último momento de auténtica gloria en la carrera de Elvis fue 14 de enero de 1973. En esa fecha brindó el recital Aloha from Hawaii, el primer evento transmitido vía satélite para todo el mundo. El disco del concierto, que alcanzó el número 1 de Billboard, fue su primer LP en alcanzar la cima del ranking en nueve años.

Entre 1956 y 1969, y respondiendo más a exigencias del Coronel que a inquietudes artísticas, Elvis protagonizó más de 30 películas, con resultados desparejos tanto de taquilla como de crítica. Entre tanto celuloide pochoclero, quizás el film más destacable haya sido fue King Creole (1958), dirigido por , quien en 1944 había ganado el Oscar por Casablanca. La sociedad Presley-Curtiz fue exitosa, ya que el cantante desplegó un inesperado talento como actor dramático.

Siempre en mi mente

Elvis Presley no fue solamente un cantante con un registro único, que cambió para siempre el rock and roll, inventando estilos como el rockabilly, o un intérprete de canciones conmovedoras que exudan corazón y estrujan el alma en cada estrofa.

Su carisma, el aura que rodeaba sus apariciones, la capacidad para sugerir una revolución de los sentidos con un gesto, ese fraseo esporádico pero movilizador de masas… cualidades que lo convirtieron en mucho más que un artista. Fue y será un icono, un mito inabarcable, una devastadora fuerza de la naturaleza de la que no puedo evitar enamorarme.

 

Por Alejo Tarrío

Licenciado en Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires

Estudios de Cine Documental en el Centro de Formación Profesional SICA

alejostarrio@gmail.com

Twitter: @Alejost

 

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