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Gustavo Cerati: lo que nadie se quiere preguntar.

Gustavo Cerati: lo que nadie se quiere preguntar.
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Después de cuatro años en coma, Gustavo Cerati salió del limbo en el que se encontraba. Durante todo ese tiempo de paréntesis, muchos tuvieron la esperanza de que ocurriría un milagro y se recuperaría. Otros aseguraban que era imposible y que el músico se mantenía con signos vitales por las virtudes -o excesos- de la tecnología médica. ¿Hasta dónde podemos prolongar eso que llamamos vida?  ¿Cuál es el límite ético de la medicina?¿Quién determina cuándo es el momento de decir adiós?

Por Leila Sucari

Ser o estar. Esa es la cuestión. Vivimos en una sociedad donde la muerte es la peor enemiga. Donde la vida vale la pena a cualquier costo, de cualquier manera, en cualquier lugar. Creemos que nada puede ser peor que dejar de estar. Perder el cuerpo es el fracaso más rotundo.

Gustavo Cerati, nuestro príncipe del rock, eligió vivir con intensidad. Viajó, experimentó, cambió de estilos, cumplió el sueño de tocar con El Flaco Spinetta, tuvo hijos, se enamoró de distintas mujeres. Nunca se quedó quieto. Hasta ese 15 de mayo cuando, después de un recital, el cuerpo le dijo basta. ¿Por qué tuvo el ACV? ¿Qué hubiera pasado si no hubiera estado en Venezuela? ¿La culpa fue de los excesos, de su novia, de Dios, del destino? Qué importa. A partir de ese momento, Cerati dejó de ser ese hombre hermoso y vital que siempre había sido para transformarse en un cuerpo sin voz. Dejó de ser, pero siguió estando.

Durante cuatro largos años Lilian, su mamá, lo visitó con la esperanza intacta: “Cuando llego, me aprieta fuerte la mano. Miro los monitores y veo que se emociona. Yo sé que está. Le cuento cosas, le canto, le hablo mucho. Pienso que está renaciendo y quiero que se sienta acompañado”. Sin embargo, los médicos no daban un panorama muy alentador: “Neurológicamente no ha tenido cambios significativos y permanece con asistencia ventilatoria mecánica”, señaló uno de los últimos partes de la clínica.

Hay pacientes que pierden la conciencia, la afectividad y la capacidad de comunicarse y que, igualmente, frente a determinados estímulos pueden acelerar el pulso, abrir los ojos e incluso emitir sonidos a modo de acto reflejo. “Pese a que todas estas actitudes son consideradas como de origen subcortical, a la mirada expectante de los seres queridos estos signos pueden constituir un motivo de aliento y arraigo emocional”, explica el filósofo Adolfo Vásquez Rocca. “Cada ser humano es único y hay que pelear por eso, a veces mueve el cuerpo. Hay algo en él que está vivo, presente, entonces, ¿cómo no vamos a seguir?”, dijo Lilian en el último cumpleaños de su hijo.

Durante cuatro largos años, Gustavo estuvo en un cama conectado a un respirador artificial y fue atendido por fisiatras, kinesiólogos, musicoterapeutas. El tratamiento costó miles de dólares, hay quienes hablan de unos 620 por día. ¿Es justo invertir tanto dinero y recursos cuando se sabe que el cuadro es prácticamente irreversible? ¿Vale la pena dilatar la angustia, estirar la despedida, mantener un cuerpo latiendo por tiempo indeterminado? ¿Se le está dando una oportunidad al paciente o se lo detiene en un letargo absurdo?

“Hay que abandonar el precepto tradicional de alargar la vida lo más posible. Lo que importa no es la longitud, sino la calidad”, dijo Mario Bunge, autor del libro “Filosofía para médicos” (Gedisa, 2012). “La máxima de mi sistema ético es: Disfruta de la vida y ayuda a vivir. Si llega un momento en que ya no se puede disfrutar ni ayudar a otros, es mejor desaparecer con el mínimo dolor para uno mismo y para los demás”. ¿Cómo determinar cuál es el momento? ¿Quién tiene el poder de decidir? ¿Dónde está el límite? ¿Quién gana y quién pierde en esta pulseada de fronteras difusas?

“Cuando los médicos se empecinan en extender la vida aún más allá de las posibilidades fisiológicas y del deseo de sus pacientes, aparece lo que se llama el encarnizamiento terapéutico”, dice Vásquez Rocca. “En un mundo donde los recursos públicos que se destinan al cuidado de la salud resultan insuficientes, su uso irracional parece cercenar aún más el acceso de la población en general al cuidado de su salud. Cuando comenzaron a aparecer los métodos de soporte vital, principalmente el respirador, los médicos se encontraron con que tenían pacientes que eran ventilados artificialmente, pero que sufrían cuadros irreversibles. Las unidades de cuidados intensivos comenzaron a poblarse de personas que jamás recuperarían la conciencia, pero que podían ser mantenidas con vida durante décadas. Mantener a estos pacientes representaba tanto una prolongación injustificada del sufrimiento de sus familiares que asistían a una agonía eternizada, como un acaparamiento inconducente de recursos monetarios y de infraestructura hospitalaria. Es habitual hablar de la lucha de la vida contra la muerte, pero hay un peligro inverso: tendremos que luchar contra la probabilidad de que no muramos. Contra el olvido de la muerte. Nos encontramos en el proceso de reactivar esta inmortalidad patológica. Por eso, cabe preguntarse: ¿Hasta cuándo es lícito extender artificialmente la vida de una persona?”.

El debate es complejo e incómodo, pero necesario. Quizá tengamos que cambiar el enfoque y comenzar a valorar la vida por lo que es: un juego absurdo donde el tiempo no existe y donde un minuto de intensidad vale más que mil años de inercia. En palabras de Cerati, decir adiós es crecer.

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