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El Huracán Ivo (¿es corta la bocha de la inseguridad?)

El Huracán Ivo (¿es corta la bocha de la inseguridad?)
#BorderPeriodismo

El actor Ivo Cutzarida, reciclado en político “de a pie” y autodefinido como portavoz de esa entelequia llamada “la gente”, vino, vio y provocó una pequeña tormenta mediática. Pero en Border seguimos sospechando que no se dijo lo principal: que ivos y blumbergs terminan siendo funcionales a un sistema que nos extermina en cómodas cuotas. Aquí te contamos por qué.

Por Quena Strauss

“Corta, la bocha” es una de esas frases que –como “Quiero ganar veinte lucas” o “¡Pero si es una nena!”- vienen con sello de autor en el orillo. En este caso, la bocha del caso reza Made in Ivo Kutzarida y por estos días fue una de las frases más escuchadas. ¿Por qué? Porque, tal vez sin imaginar con qué efectos, el actor reciclado en director reciclado en portavoz de las masas (así lo dijo él mismo: “Soy la voz del pueblo”) tocó algún nervio social que sea activa cada tanto. Esta fue una de esas veces.

Ya pasó, hace tres décadas, con el ingeniero Santos, aquel que persiguió y mató al delincuente que le había robado el estéreo del auto. Ya pasó –volvió a pasar- hace también mucho tiempo con el (falso) ingeniero Juan Carlos Blumberg, quien tras el asesinato de su hijo Axel en el contexto de un secuestro horroroso se convirtió en esa extraña cosa llamada “referente social”. Alguien que era, como hoy Cutzarida, “la voz del pueblo, la voz de Dios”.

A Blumberg el dolor lo convirtió en el embajador de todas las víctimas. Organizó marchas multitudinarias, reunió un millón y medio de firmas contra la inseguridad y su paso por la política (“todos los partidos políticos han fracasado en materia de seguridad”, decía por entonces) terminó con el endurecimiento del Código Penal y Procesal. Esto es, en la sanción de un conjunto de medidas que –contra lo que pregonaban los defensores de la “mano dura” y tal cual lo habían advertido algunos juristas- no logró reducir ni la cantidad de delitos, ni la saña con la que son cometidos.

¿Por qué? Tal vez porque, si en algún terreno la “bocha” no es “corta” es, precisamente, en materia de seguridad. Aquí el simplismo es un boomerang. Porque no es sólo cuestión de leyes, de penas y castigos. Y ahí está el ejemplo de Estados Unidos para probarlo: aún con la doctrina que se resume en la frase “three strikes and out” (esto es, quien delinque tres veces marcha preso para siempre) no ha logrado terminar con el crimen. Evidentemente, el problema es bastante más complejo de lo que puede preverse a partir de esas frases con un funesto aire de familia como “Un crimen, un castigo”, “Corta, la bocha” o “El que mata, tiene que morir”.

Hoy, de hecho, las cárceles argentinas rebalsan de reclusos, y el perfil que predomina es claro: jóvenes, pobres y sin educación. Tienen entre 18 y 30 años, vienen de hogares conflictivos, se fueron de sus casas antes de los 15 años y 75% de ellos se crió en un entorno vinculado al delito, según un informe del Centro de Estudios Latinoamericanos sobre Inseguridad y Violencia. El 20% no terminó la primaria. Y casi la mitad es reincidente.

Evidentemente, así como están planteadas las cosas, nada (ni las leyes “más duras”, ni la amenaza de encarcelamiento) disuade de delinquir. La cárcel es, para el grueso de quienes están en prisión, parte del paisaje. La mayoría ha tenido familiares presos y esa naturalización de las cosas acota el efecto de la penitenciaría en tanto “cuco” eficaz.

Pero que la opción para terminar con el delito sea “meter bala”, como propone el ex galán, es algo mucho peor que una bravuconada: es decir, sin decirlo, que ganaron los violentos. Y que si, como sostiene Ivo, “esto es el Far West”, lo único que se puede hacer es tapiar las casas, armarse cual Rambo y que Dios nos ayude a todos.

Justamente por eso, y aunque no lo parezca, los recurrentes brotes de “blumberismo” (encarnados ya en políticos como De Narváez, ya en famosos como Susana Giménez, ya en cualquier aclamado vocero de la doctrina del Talión) son también el mejor modo de que todo siga como está.

Especialmente porque la usina que produce flamante “materia prima” para las cárceles del futuro sigue intacta. Y trabajando día y de noche. Está en cada chico que deja la escuela, en cada adolescente que cambia el colegio por esa nueva patria de los perdidos que es “la esquina”, en cada pibe que se condena (a una edad a la que se tiene edad para votar pero no para entender lo grave que es “largar los estudios”) a vivir toda la vida prendido de una changa. O, un día de esos, a sucumbir a la tentación y salir “de caño”. No olvidemos, después de todo, que la mayoría de quienes hoy están presos trabajaba en el momento de ser detenido. Tenía trabajos horribles y mal pagos (los únicos que suele conseguirse casi sin educación), pero trabajos al fin. ¿Entonces?

Evidentemente, la incapacidad de todos los gobiernos para pensar en serio y a largo plazo el tema de la seguridad hace brotar de la nada, y cada tantos años, a uno que diga lo que muchos otros efectivamente están pensando. Que la cárcel. Que la muerte. Que fósforo a las villas. Que toda esa clase de castigos espantosos que suelen imaginar los foristas de los grandes diarios. Entonces, muchos se indignan por un ratito en voz alta (y, ya que están, roban algo de cámara y publicidad, cosa que siempre les viene regio) y muchos más coinciden en voz baja y dicen que hacen falta “tipos así”. Cortos de bocha, digamos. Rambos de bajo presupuesto, hermanados en un lema: “Tire primero, averigüe después”.

Que cada uno de ellos funciona, por turnos, como el amplificador de una sociedad robada y asesinada hasta decir basta está fuera de discusión. Que Cutzarida (al tiempo que en Twitter ardía la propuesta “Ivo al Baleando por un sueño”) haya llegado hasta esa módica versión de una mesa de debate que es el programa de Mirtha Legrand es tal vez lo que mejor da cuenta de su impacto social. De todo lo que leudó en cuestión de días, y sin siquiera haberse tomado el trabajito de quitarle el polvo y las telarañas a las viejas consignas de Blumberg, aquel que alguna vez habló a favor del voto calificado y cuyo lema como candidato a la gobernación de la provincia de Buenos Aires por el frente Vamos fue Orden y disciplina.

Lo que queda opacado detrás de esa aparición vistosa y pistolera (ésta es, convengamos, la primera vez que ideas horrendas son sostenidas en cámara por un “lindo” incuestionable) es que 80 %de los argentinos (según un informe de KantarWorldpanel) está seriamente preocupado por la inseguridad y la violencia. Que la percepción generalizada es que nadie con poder tiene la menor idea de cómo detener esta rueda maldita. Y que – ausencia de respuestas y en presencia de un Estado que nunca está- esta clase de discursos Molotov funcionan de maravillas. Pero, y eso está a la vista, no resuelven absolutamente nada.

Bien mirado, el Huracán Ivo es eso: una tormenta de verano. Un remolino de sangre y balas pour la gallerie, pero frente al que –de tan primitivo- hasta la mismísima Chiqui termina pareciendo Dilma Rouseff. O, para ponerlo en palabras de un tal William Shakespeare, algo así como “un cuento contado por un idiota: lleno de sonido y de furia, pero sin ningún significado”. Porque tal vez ya sea hora de comenzar a buscar eso: el significado profundo, la raíces detrás de una violencia que no da respiro. La clase de cosas complejas y para debatir en serio, con tiempo y conocimiento. Algo contra lo que las balas nada pueden.

Para saber más:

* http://www.infojusnoticias.gov.ar/nacionales/corta-la-bocha-desmitificando-a-ivo-cutzarida-5634.html

* http://www.elliberal.com.ar/ampliada.php?ID=150992

Pensamiento colectivo- Border cuenta con vos

 ¿Por dónde comenzarías a resolver el problema de la inseguridad?

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