La reelección de Dilma Rousseff en la presidencia del Brasil cayó como un balde de agua helada en el mercado financiero paulista: los inversores confiaban en el batacazo del socialdemócrata Aécio Néves y un viraje hacia el libre comercio con Europa. Pero nada de eso ocurrirá al menos hasta 2019.  

Por Javier Alvarez 

Ahora bien, con los números puestos: ¿está el mercado ante un verdadero colosal “Ice Bucket Challenge” o es más bien una tremenda oportunidad de hacer negocios con los bonos y las acciones en un país que está llamado a ser una de las mayores potencias mundiales de este siglo?

Hay una cuestión clara que estaba en disputa: la continuidad de la inclusión social y la expansión del empleo con algunos desequilibrios (como la inflación y el déficit fiscal)  o la estabilidad macroeconómica con rasgos que rozan el neoliberalismo de los años 90 y la flexibilización laboral.

Tras la sentencia de las urnas, el Mercado de Valores de San Pablo (el Bovespa) se derrumbaba por encima del 5 por ciento. Las acciones de Petrobrás caían 14% y el Real se devaluaba hasta un 4 por ciento. El mensaje del mercado era de disgusto fuerte. O como siempre ocurre, una oportunidad para una timba extraordinaria.  

Algunas encuestas daban una victoria a Neves de hasta 17% (¡sí, diecisiete por ciento!). Hoy esos papeles sólo sirven para que los traders sequen su transpiración a la hora de intentar conseguir que inversores vendan acciones y bonos lo más barato posible. Porque la recompra, por parte de los peces gordos, será una fiesta de ganancias.

El mundo bursátil es así: tras una noticia que no le es de su agrado, todos se avispan y salen a correr, generan ventas innecesarias y los indicadores se derrumban. Al otro día, mañana o pasado, vuelven a jugar fuerte los grandes inversores e inicia la remontada. En el medio, negocios y ganancias multimillonarias.

La virulenta reacción del mundo bursátil brasileño es un fiel reflejo de lo que ocurre en América Latina cada vez que un Gobierno más populista que librecambista se impone en las urnas. Le ocurrió al kirchnerismo: que desde 2003 enfrentó ocho corridas bancarias por unos 65.000 millones de dólares en años electorales.

Tras cada corrida, aquí, en Buenos Aires, se ha denunciado un intento de desestabilización del poder económico corporativo. La propia Cristina Kirchner se ha quejado diez veces por las presiones devaluacionistas e inflacionarias de los empresarios. Pero esto ocurrió siempre, con excepción de los períodos de las sangrientas dictaduras cívico-militares. 

Ahora, poco más de la mitad de Brasil celebra la continuidad de Rousseff y poco menos de la otra mitad, se lamenta porque, quizás, esperaba algo mejor. Mientras el poder económico financiero se frota las manos y hace negocios sin perder de vista que opera en la mayor potencia emergente de América Latina, con todo para ganar y ganar.

Ya todo volverá a la calma cuando pase el frío que dejó el baldazo de agua helada. Y seguro, habrá traders que brindarán con champagne.