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Birdman: las alas del deseo nunca estuvieron tan vivas

Birdman: las alas del deseo nunca estuvieron tan vivas

¿Cuáles son los caminos que elegimos para ser valorados, queridos o simplemente tenidos en cuenta? ¿Alcanza con satisfacer el deseo propio? Aparentemente no.

Por Alejo Tarrio  (@Alejost)

Somos seres cuya identidad y subjetividad se construye en relación con el Otro y lo social, condición que nos somete a cánones dominantes de popularidad y legitimación. Así, se suele resignar el fuego personal para amoldarse a requisitos de validación. ¿Pero no sería más saludable trascender mediante incursiones sociales que canalicen la riqueza de nuestras auténticas pasiones?

La trama de la comedia negra Birdman, protagonizada por Michael Keaton y un gran elenco que incluye a Naomí Watts, Edward Norton y Emma Stone, está construida sobre aspiraciones de ese tipo, que las reglas de etiqueta social y el domesticador sentido común no pueden sosegar. Los personajes atraviesan etapas de angustia, desesperación y ansiedad. Están jugados y sin fichas. Enojados, desaforados y entregados ante la última o única oportunidad de triunfar o cumplir un sueño. Desean la aprobación de los demás (crítica, público, familia) pero también quieren estar en paz con ellos mismos.

Búsqueda frenética dentro y fuera de cuadro

El film abre con una cita de Raymond Carver: “-¿Conseguiste lo que deseabas de esta vida? –Sí. -¿Y qué deseabas? -Poder llamarme amado, sentirme amado sobre la Tierra”. De entrada, el fondo negro y las letras rojas sumergen al espectador en la oscuridad de un túnel que quizás llegue a la luz de la reivindicación y la legitimación, incluso cuando ya no seamos parte de este mundo. En ese recorrido se expone el universo personal en ebullición de cada personaje. Y con más crudeza aún, las relaciones entre ellos, que en cada escena desbordan los primeros planos con inseguridades, conflictos y egos maltrechos pero sin dar un paso atrás en sus convicciones.

No es casual que en Birdman predomine ese tipo de encuadres. Al tomar decisiones para construir la narrativa, el director Alejandro González Iñárritu abandonó la zona de confort garantizada por el prestigio (que no lo exime de numerosos detractores) forjado durante su carrera hollywoodense.

Aquí escapa de la repetición de fórmulas -como el sobrevalorado binomio de historias paralelas que confluían en Amores Perros (2000) y Babel (2006)-, y no aspira a marcar un hito entre los géneros clásicos del cine norteamericano. El desarrollo del guión supuso un cúmulo de voluntades, ya que lo escribió en conjunto con los argentinos Armando Bo y Nicolás Giacobone -responsables de El último Elvis (2012) y colaboradores del mexicano en Biutiful (2010)-, y el norteamericano Alexander Dinelaris. Pero la principal innovación apareció al momento de definir cómo contar la historia. En lugar de elegir el camino más fácil, González Iñárritu pateó el tablero para optar por un recurso técnico en apariencia instintivo, acorde con la inestabilidad emocional del relato: un plano secuencia único, de principio a fin de la película. Así está realizada Birdman. De esta manera, logra el grado de intimidad necesario para desnudar los miedos y ansias de los personajes. Y al mismo tiempo, por medio de la continuidad ininterrumpida, alimenta el crecimiento de la intensidad narrativa escena tras escena. En esa línea, la banda de sonido profundiza el golpe de efecto. Es un jazz anárquico, de expansión en espiral creciente. Un vehículo que transporta el mismo salvajismo primario que las pasiones en pantalla absorben como combustible.

A pesar de este comportamiento caótico, la música de Birdman mantiene una estructura disfrazada de improvisación que termina por configurar una melodía revulsiva pero con identidad propia. Algo similar ocurre con los protagonistas, ya que amén de sus arrebatos emocionales, son conscientes del camino que recorren hacia ese triunfo personal, que es capaz de representar el deseo alcanzado. Finalmente, la descomunal dirección de fotografía a cargo de Emmanuel Lubezki (habitual colaborador de otro director mexicano, Alfonso Cuarón), completa la trifecta. Logra que el incesante cambio de escenarios y ambientes fluya sin perder coherencia, pero acentuando la carga dramática de cada escena.

Los de afuera son de palo

Suele decirse que la satisfacción es la muerte del deseo, ya que éste se extingue en el preciso momento en que alcanzamos lo que buscábamos. Por este motivo, quizás sea más conveniente seguir anhelando en vez de llegar al objeto deseado. La clave radica en cómo se capitaliza el resultado. Lo más cómodo es completar el formulario de ingreso al pabellón de la legitimación social y cumplir con las exigencias pour la galerie, incluso relegando nuestro auténtico deseo original.

Pero también puede ser un fin en sí mismo, que garantiza la plenitud personal tras un proceso de búsqueda. Con Birdman, González Iñárritu asume riesgos y evita refugiarse en terrenos conocidos, más amigables para el público pero huérfanos de desafíos. Así recurrió a elementos que le permitieron imprimir una singularidad atípica para el mainstream de la industria cultural hollywoodense. Apostó a la audacia de representar la pasión, con los excesos y los miedos que ella dispara a su paso. Y el resultado es una gesta cuyo reconocimiento seguramente está llegando de la mano de premios, críticas y taquilla. Entre otros galardones, ya ganó el Globo de Oro al Mejor Guión y fue la gran ganadora de la noche de los Oscar 2015, llevándose 4 de las 9 nominaciones, que incluyeron los premios a: Mejor Fotografía, Mejor Guión, Mejor Director y el más esperado…Mejor Película!

Pero en el fondo, y si nos dejamos llevar por la trama del film, lo más satisfactorio de Birdman debe ser la posibilidad de haber podido plasmar ideas, deseos y pasiones, más allá del talento y las capacidades profesionales y artísticas que dieron forma a esta película. Yo quiero creer.

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