El  Domingo 22 de Febrero, se cumplieron tres años de una de las peores tragedias del transporte público en la Argentina. Los familiares de las 52 víctimas fatales y los más de 700 heridos aún esperan por Justicia.

Por Javier Álvarez (@JaviAlvaBa)

El sol alumbraba rojizo aún sobre Moreno cuando Norma se levantó de la cama. Se alistó como todos los días para ir a la Capital, ese lugar donde millones de bonaerenses confluyen para trabajar y ganarse el mango. Se acercaba la hora de salir de casa y su adolescente hija Karina le preguntó si podía acompañarla. La mujer asintió y le pidió que se apurara. La joven estaba cerca de cumplir los 15 años. Demoró unos minutos en ponerse coqueta. Por esperarla, Norma perdió el tren que tomaba habitualmente. Y puso en práctica esa paciencia que le dotó viajar durante años en condiciones infrahumanas por un servicio público –concesionado a una empresa por entonces- deplorable, insufrible.

Madre e hija llegaron a la estación Moreno del ferrocarril Sarmiento pasadas las 7:00 de la mañana. Subieron al primer vagón, empujadas por la avalancha de gente que quería entrar. Como todos los días. La inercia de los empujones –que no distinguen entre hombres y mujeres- hizo que Norma quedara parada justo detrás de la cabina de conducción, donde operaba el motorman. De a poco logró apoyarse por la puerta de la cabina. A los pocos minutos, apretujada, escuchó que el maquinista se comunicaba por handy: “Los frenos no me están respondiendo”, escuchó. Y otra vez: “Los frenos de la formación no me están respondiendo”.

“Parecía como si estuviera pidiendo ayuda”, dice Norma, al recordar la voz del maquinista Marcos Córdoba después de pasar por la estación de la localidad bonaerense de Castelar. Justo en esa estación, las 7.20, Córdoba había tomado el mando de la formación chapa 16 de manos de su compañero Leandro Andrada, quien ya había terminado el turno y se fue a su casa a descansar.

En la estación de Morón se desocupó un asiento, Karina se sentó y siguió escuchando música con su teléfono celular. Norma recuerda que el tren paraba en las estaciones, pero en algunas parecía hacerlo con dificultades. Al entrar a la estación porteña de Once a las 8:32, Norma notó que el tren no bajaba la velocidad y se preguntó: “En qué momento va a parar este muchacho”. De pronto, voló con la violencia de un fuerte impacto. El tren se había estrellado.

Norma quedó en el piso, debajo de una montaña de personas, hierros retorcidos y chapas. No sentía las piernas y pensó que algo se las había amputado. Oía gritos, sentía desesperación, estaba confundida y comenzó a buscar a su hija. Gritaba el nombre de su hija. Karina no respondía. “Esperaba que me dijera acá estoy mamá”, recuerda. Pasó varios minutos debajo de mucha gente casi sin poder respirar. Y de pronto, manos extrañas la sacaron de ese lugar confuso, frío y desolador. Eran médicos del SAME que la asistieron, la cargaron a una camilla y la trasladaron al hospital Ramos Mejía, en el barrio de Balvanera. Era la mañana del 22 de febrero de 2012, el sol ya encandilaba sobre la capital de la Argentina. Norma estuvo internada en una sala del hospital y en la madrugada siguiente recibió la peor noticia de su vida. Karina Altamirano, su hija, había fallecido en el accidente. Le contaron lo que pasó y su vida cambió para siempre.

Esta mujer, una de las 700 personas heridas en la tragedia tiene ahora a su hija entre las 52 víctimas fatales de aquél fatídico día en que una formación de tren, sobrecargada, no frenó y se estrelló contra los paragolpes de la estación. Los primeros vagones se arrugaron y apretaron a muchos pasajeros. Norma Barrientos fue la segunda persona en declarar el martes 22 de abril de 2014 a las  10:30 en el juicio por la tragedia. Sus dichos causaron conmoción ya que hasta el momento nadie había mencionado el mal funcionamiento de los frenos, ni hasta el propio maquinista Córdoba. Después del testimonio de Norma, Andrada (el otro maquinista) reconoció que la formación “tenía una aplicación lenta del servicio de freno”. Ese maquinista, de 53 años, declaró dos veces como testigo. En febrero de 2013, Andrada fue acribillado a balazos por la espalda cuando a la vuelta de su casa en Ituzaingó esperaba el colectivo para ir a trabajar.  El asesino le disparó un tiro de gracia, se llevó el teléfono celular de la víctima, pero dejó los 1.200 pesos que tenía en el bolsillo.

Andrea Iberra, abogada de Norma y de otras víctimas, recuerda que el testimonio de la mujer que perdió a su hija había sido tan sorprendente que el presidente del Tribunal, Jorge Tassara, interrumpió al fiscal para seguir preguntando él. El juicio comenzó el 18 de Marzo de 2014 con 29 imputados y casi 400 testigos.El domingo, se cumplieron 3 años de la tragedia. A las 8:32 los familiares hacen el ya típico bocinazo en Once. Al mediodía, una misa en la Catedral porteña y a las 19:00, un acto en la Plaza de Mayo, a metros de la Casa Rosada.

Norma ahora, en diálogo con #Border, siente que el Estado abandonó a todas las víctimas de aquella tragedia, una de las peores del transporte público en la historia de la Argentina. “Al principio tenía la ayuda de una psicológica en la salita del barrio. Fui tres o cuatro veces. Ahora me hace falta, me siento sola, abandonada. Nadie llama para preguntar qué necesitás, cómo estás”, dice Norma, con 49 años. Y agrega: “No tengo aunque sea un oído para que me escuche”.