La novela Cincuenta sombras de Grey vendió más ejemplares que Harry Potter y ahora es su versión fílmica la que arrasa en las taquilla de todo el mundo. Pero, ¿es realmente- y como se dice- “un film a favor de placer de las mujeres” o más bien una trampa caza-bobas, sólo que camuflada con látigos, máscaras y pezoneras de cuero?  En #Border leímos la saga, vimos la película y…todavía nos estamos arrepintiendo. Enterate por qué!

Por Fernanda Sández (@siwisi)

Millones de lectoras (alrededor del mundo ya se vendieron más de 31 millones de ejemplares), decenas de traducciones (37, para ser más precisos), 57 países en donde fue estrenada la película, casi 30 millones de dólares recaudados  en los dos primeros días de exhibición en Europa y Estados Unidos,  y hasta cuatro naciones (Kenya, Malasia, China e Indonesia) en las que fue prohibida.  ¿En Argentina? Fue la película que más plata recaudó en la historia de los estrenos. ¿De qué hablamos? De las Cincuenta Sombras de Grey, claro. “El nuevo fenómeno del erotismo para mujeres”, como lo han bautizado algunos. Y así parece confirmarlo la marejada de grupos de amigas que enfilan hacia el cine como en 2008 marcharon a ver ese otro bodrio lleno de logotipos y ciudades llamado Sex & The City.

Pero esos números desaforados esconden la única verdad detrás de tanta sombra: la historia no es mucho más que una Cenicienta porno soft para mujeres en plena crisis de la mitad de la vida. De hecho hasta su autora, E.L. James reconoció en sus primeras entrevistas (allá por 2012) que había imaginado la historia al calor de la crisis de la mediana edad y en los vapores hormonales de  la pre menopausia. Quiso escapar por un rato de su vida de siempre, de su jardín londinense, de su marido hasta que la muerte los separe, de sus dos hijos adolescentes.  Y su plan de fuga fue sentarse frente a la computadora a contar una historia para mujeres tan deseosas y frustradas como ella misma. 

Y eso- el perfil de sus consumidoras que no es, per se, ni bueno ni malo- habla de lo que cuenta, entre susurros, la historia: la pervivencia del cuento de hadas entre mujeres adultas que podrán haber “recorrido un largo camino, muchacha” (como decía un viejo comercial de cigarrillos para damas) pero que, a la hora de las fantasías, parecen sentirse mucho más cómodas en los roles tradicionales del machismo más recalcitrante: la sometida, la débil, la manipulable. La mujer que acepta –literalmente “a ciegas”, porque lo primero que le enchufa el protagonista a su compañera de sex-venturas es una máscara- todo lo que el varón disponga. Esto es: golpes, fustazos, cachetadas y hasta disponer qué y cuándo comerá, beberá o podrá moverse.

Nobleza obliga, hay que admitir que la novela está tan mal escrita como publicitariamente bien pensada. Por eso, en medio de una prosa entretenida pero de una previsibilidad pasmosa (la chica buena conquista el corazón del chico rico y malo, y se casan, y colorín colorado), la autora espolvorea el texto con cosas que hasta ahora no se veían en los libros para mujeres: sexo duro, sadomasoquismo, disciplina, dominación y bondage (ataduras). Eso sí: por cada chirlo o sangrado, Christian Grey (el Príncipe Azul de siempre, sólo que ahora virado al negro de las fustas de disciplina) le hace regalos carísimos a su “amada”, la lleva a pasear en un helicóptero que él mismo tripula y la seduce con partes iguales de cachetazos y regalos que otra que Mauro Icardi a Wanda Nara. A su modo, Anastasia Steel (la protagonista, desde luego virgen e inocente antes de conocer a Grey) no es más que una acompañante de lujo, con título universitario y dispuesta a tolerar lo que fuere a cambio de un obsequio rutilante y un “novio” dado a enrojecerle cada centímetro cuadrado de su anatomía.

Y en el medio, claro, el amor como pretexto y justificativo de todo. Como en La Bella y la Bestia, como en La Princesa y el Sapo, como en Jane Eyre, como en cada cuento clásico desde Cenicienta hasta Blancanieves, el camino del amor nunca es sencillo. Acechan madrastras diabólicas, pero a veces también el príncipe puede ser una bestia que habrá que domesticar a fuerza de belleza (como lo hace Bella) y de bondad.  Todo eso, y nada más que eso. Sobre todo porque, como bien apunta la siempre lúcida Soraya Chemaly en The Huffington Post, en toda una película hecha para y por mujeres (directora  y guionista también lo son) no hay un solo orgasmo femenino. El film pues acaba sin que Ana lo haya hecho ni una sola vez, mientras que su pareja lo hace siete mil veces y los desnudos y los sopapos brillan por su abundancia. Así de clara es la cosa: se puede hacer lo que sea en la cama (y hasta fuera de ella, colgada a las cadenas de una pared y con los ojos vendados) salvo llegar al clímax. Tal vez, posiblemente, porque eso es  lo único que en este mundo supuestamente “de avanzada” en el que vivimos el disfrute femenino sigue siendo algo temido, revolucionario y verdaderamente peligroso. Eso es lo que no se puede decir en voz alta, y mucho menos filmar.

Por algo, como señaló en su momento un artículo de The Washington Post, lugares de Estados Unidos en los que la preventa de entradas literalmente explotó fueron aquellos estados del sur más conservador, tradicional y represivo: Mississippi, Arkansas, Alabama. Este  último lugar, por caso, es un sitio en donde se puede comprar un arma sin problemas pero en donde la venta de juguetes sexuales está prohibida y se castiga con multas de varios ceros.  Y esos estados son, también, los mismos que exhiben tasas de embarazo adolescente alarmantemente altas. No es casual: allí donde falta ciencia y sobra religión, donde las ideas de placer femenino y mutuo consentimiento son una quimera, estos relatos confirmatorios de cómo “deben ser las cosas” entre hombres y mujeres se venden como pavo en el Día de Acción de Gracias. El mundo vuelve a estar en orden cuando cada quien sabe qué debe hacer. Y qué no.

Desde luego, como dice la autora de la novela, todo esto es “puro entretenimiento”. Un cuento,  apenas, que ella usó  para escapar de su propio aburrimiento y que -¡oia!- cuando lo comenzó a promocionar en la Web descubrió que entusiasmaba a señoras como ella. Por algo el periodismo- infalible a la hora de tramar nombres para todas las cosas del orbe-  lo bautizó “porno para mamás”. Después de todo, aquel río turbio de sexo a los latigazos se podía leer tranquilamente en un teléfono o en una tableta mientras se esperaba a los chicos a la salida de la escuela, y nadie se enteraba de nada. Unas liberadas bárbaras, digamos.

Pero más allá del chiste, lo que queda en claro es que tal vez, y a fin de cuentas, hemos caminado mucho para avanzar nada. Para ser (ahora, en estos tiempos que algunos catalogan con incomprensible algarabía como “post feministas”) tan  vulnerables como en el pasado a los mitos  sobre el amor y el erotismo, a los mandatos sociales, a las prohibiciones y las obligaciones escritas hace centurias, y todavía vivitas y coleando. “Pierde el control”, dice el afiche de promoción de la película, que muestra a la protagonista atada de las manos e inmovilizada frente a Grey. Vamos pues, chicas: perdamos el control. Ahora, rápido, ya mismo. Devolvamos el control a sus legítimos dueños, a los únicos que merecen tenerlo. Que hasta en la cama (sobre todo en la cama) el que sabe bien manejar es el hombre. Y nosotras, también se sabe, en lo único que somos francamente insuperables es lavando  los platos.

Para saber más:

*http://artsbeat.blogs.nytimes.com/2015/02/04/fifty-shades-of-grey-big-draw-in-south-and-midwest/

*http://www.larazon.com.ar/interesa/Detuvieron-masturbarse-viendo-sombras-Grey_0_652500122.html

* http://50sombrasspain.com/ultima-entrevista-a-e-l-james-traducida-al-espanol/