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Mundo veloz: ¿Las relaciones virtuales ya quedaron out?

Mundo veloz: ¿Las relaciones virtuales ya quedaron out?
Quena Strauss

No, no. No hablamos aquí  de la famosa “cita” en la que se conoce a un potencial candidato sino de algo muchísimo más simple y cada vez más frecuente: largar el mouse y cambiar la imagen estática de un chat por un encuentro con humano con todas las de la ley. ¿Por qué? Entérate en esta nota de #Borderperiodismo

“Vos, ¿sos vos?”. La pregunta (absurda, pero definitivamente graciosa) encerraba en una sola línea parte de lo ridículo de los tiempos que corren: dos personas (amigas de Facebook, y que coincidieron circunstancialmente en una reunión) estaban pasando de la pantalla a la realidad. Y, claro, el salto fue tan brutal que lo primero que hubo que hacer fue, justamente, confirmar si ésa que se parecía tanto a una foto en un muro era, efectivamente, la persona que creíamos que era. Y era, nomás.

Así están las cosas hoy: conocemos decenas (centenares a veces) de personas que son pura y exclusivamente una carita minúscula en un chat, cuando no un dibujo de Homero Simpson o la imagen del protagonista de V de Vendetta. Sólo un diseño, con todo lo que eso implica: cero voz, ningún gesto, nada parecido a un movimiento, a un color de pelo, de ojos, de piel. Los habitantes de nuestros pequeños mundos electrónicos son una nación chata y confiable,  demasiado parecida a un álbum de fotos parlante que uno controla a voluntad.

“De todos modos, la gente se da cuenta de esto. No se engaña, sabe que los “amigos” de Facebook la mayoría de las veces son en realidad simples contactos”, precisa Diana Litvinoff, psicoanalista de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) y autora del libro El sujeto escondido en la realidad virtual. “En algún punto, la virtualidad nos hace sentir seguros en medio de un mundo que percibimos como peligroso, pero también nos priva de miradas, contactos, gestos y cosas que son centrales en toda comunicación humana y que a veces añoramos”.

Mundos seguros,  de eso se trata. Por eso, cuando un encuentro real, cara a cara, rompe ese universo obediente en donde cada quien elige cuándo y cómo decir lo que fuere, cómo y cuando  “estar” a la vista de los demás, algo que entra en crisis. Hemos abandonado para siempre la zona de seguridad. Somos, de nuevo, tridimensionales.

Tenemos cara, manchas, pecas, lagañas. Nos ahogamos con miguitas y el otro no se queda atrás: carraspea, bosteza, tiene –lo vemos- una uña comida. Vamos, todos, nuevamente vestidos de cuerpo humano. Estamos de regreso en la más peligrosa de las selvas porque-ya se sabe- “el infierno son los otros”.

Y, sin embargo, algo de todo eso están comenzando a resultarnos cada vez más atractivo. O, cuanto menos, cada vez más necesario. Evidentemente, tras décadas de interactuar con una pantalla de tamaño mutante, nuestro cuerpo comienza a acusar el golpe.  A sentir un extraño “hambre de tridimensionalidad”. Será que el azul Windows (esa suerte de líquido cyber amniótico en el que flotamos todos) a la larga termina asfixiando.  O, como mínimo, revelando su fragilidad, porque cada vez que se corta la luz (cosa que en Argentina no es una rareza, precisamente) nuestro mundo de afectos, “contactos” y charla cotidiana literalmente se evapora. Desaparece en menos de un parpadeo.

Avanza pues el otro deseo: el del “amuche”. El de volver a verse, volver a juntarse, ir a donde haya algo parecido a una manada “real” e imposible de prever. Hoy, más que nunca, aquel viejo eslogan cervecero acerca del sabor del encuentro cobra una nueva vigencia porque si algo nos mueve (así nos aterre) es precisamente eso: la posibilidad de encontrarnos con otros, de ver a otros, de estar y charlar con otros. Y no caritas photoshopeadas: otros reales, de carne y de hueso.

Resultado: hoy  cada vez más bares arman mesas comunitarias que se comparten,  pero la gente también se agrupa para comprar verduras y frutas en un mercado, para trabajar en espacios conocidos como oficinas de co- working, para recorrer la ciudad en paseos compartidos (caminatas, recorridas, visitas gratis a tal o cual lugar) o, entre otras cosas, para dar una mano a otros.

Hoy se está dando, si se quiere, una convivencia, una hibridación entre el off y el on line. Necesitamos actuar con otros, y lo hacemos de las dos maneras. Pero a menudo, cuando la virtualidad se vuelve excesiva, tendemos a buscar el contacto tradicional y más humano, por así decir”, plantea la experta.

De ahí también otro corolario: en varios sitios alrededor del mundo, los dispositivos son muy mal vistos y hasta se les pide a los concurrentes que se despidan de su celular cuando entran al bar o restaurant, con la idea de que se animen a conversar entre ellos, como antes de que el mundo comenzar a caber en la palma de nuestra mano.

Existe incluso un vaso rarísimo (llamado el Off Line Glass) que sólo puede mantenerse derecho y llenarse con alguna bebida si está apoyado sobre tu celular. ¿El mensaje? “Mientras estés en este bar, nada de colgarte a mirar mensajitos”. Que tenés humanos a tu alrededor, y eso siempre es mucho más interesante que estar rodeado de pantallas.  ¿O no?

Para saber más:

 

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