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Argentina: De granero del mundo a tierra arrasada

Argentina: De granero del mundo a tierra arrasada

Desmontes, monocultivo, el campo vuelto una “industria verde” que expulsa a los campesinos y las mineras contaminando con permiso y sin control. De todo eso y mucho más habla el periodista Darío Aranda en su último libro (Tierra arrasada, de Editorial Sudamericana). De todo eso y mucho más habló con Border, en esta nota.

Por Fernanda Sández (@siwisi)

Tierra que huele a kerosén en la Patagonia, en Loma de la Lata, ahí donde hace casi cuarenta años se descubrió uno de los yacimientos de gas más grandes de América Latina. Y ahí, en ese mismo sitio, animales muertos sólo por beber agua. No es para menos. Ahí, donde resisten como pueden algunas comunidades mapuches, el agua también huele a kerosén. Corrección: ES kerosén. Por algo, si se le acerca un fósforo, se prende fuego. El agua arde, allá en el sur.

Pero si se mira al norte, la cosa no mejora. De acuerdo: puede que ya no haya agua prendida fuego, ni piletones de petróleo, ni venteos de gas, ni ese paisaje desolador característico de la meseta patagónica: pozos, cigüeñas, ruta y esa planicie desesperante.  Pero en el norte faltan árboles, demasiados árboles. Tanto, que contando desde este minuto y deteniéndose dentro de 59 (en una hora exacta) en el norte argentino se habrá esfumado el equivalente a 32 canchas de fútbol. Y el día, claro, de ésas horas tiene 24.

Ni hablar del centro. Ahí, donde el modelo de monocultivo de soja se instaló hace casi veinte años (el tiempo suficiente para haber quedado, como el paisaje, fuera de discusión), la cosa tampoco va mejor. En muchos de los pueblos fumigados de Córdoba, La Pampa o Santa Fe, las alarmantes cifras de cáncer, malformaciones, lupus, abortos espontáneos y muchas otras enfermedades que antes –según dicen los vecinos, “ni se veían”- son un secreto a voces.

De todo esto, y de mucho más, habla  el periodista Darío Aranda en Tierra arrasada: petróleo, soja, pasteras y megaminería. Radiografía de la Argentina del siglo XXI, su nuevo libro. Editado por Sudamericana y escrito por Aranda años de recorrer el territorio, hablar con la gente y comprobar por él mismo la magnitud del desastre,  es leerlo y ensombrecerse. Pero también comenzar a preguntarse cómo fue que nuestro país, apenas estrenada la centuria, ha vuelto a ser lo que alguna vez fue: una economía primarizada, en donde lo que se produce son básicamente commodities (petróleo, gas, soja, madera) muy rentables en términos de mercados internacionales pero con un costo aún más alto desde el punto de vista ambiental. Y humano.

Argentina exporta naturaleza”, resume Aranda en sus primeros párrafos. Y esto, claro, siempre significa contaminación, desplazamiento de poblaciones, destrucción de los recursos y, en definitiva, la hipoteca del futuro en función de una marea de dólares que –sobreexplotación de la Naturaleza de por medio- tarde o temprano se detendrá. Y, literalmente, ya no tendremos más que vender. Porque ya no habrá nada.

El extractivismo es justamente eso: depredar los recursos naturales de un territorio (no importa si suelos, minerales o agua), en una continuidad de lo que ya Eduardo Galeano contaba en su libro Las venas abiertas de América Latina. Hoy ya no tenemos dictaduras ni gobiernos neoliberales sino presidentes que se dicen progresistas, pero el modelo de fondo permanece intacto. Eso es algo que ni siquiera los candidatos a presidente osan cuestionar”, dispara el autor.

Aranda no duda incluso en hablar delo que él denomina “neomenemismo”, ya que – en base a su recorrido de punta a punta del país- el proceso de privatización y deserción del Estado, lejos de detenerse, se potenció. En todos lados hay pueblos envenenados, personas corridas de sus tierras ancestrales, leyes hechas a la medida de las corporaciones y una justicia que no podría ser más amable con los poderosos de turno.  Y, así como va la cosa, el nivel de daño ambiental es tal que en algunas regiones (Patagonia, por caso) ya se han contaminado en simultáneo personas, tierra y cuerpos de agua.

Así, por ejemplo, según un estudio del laboratorio alemán Umweltschutz presentado ya en 2001 por la Universidad del Comahue “confirmó la presencia de 30 metales pesados en la sangre y los tejidos de los pobladores”, anota Aranda. “Síntomas de envenenamiento, dolores de huesos, dificultad de movimientos,trastornos renales, hepáticos y digestivos”.

La tierra arrasada a la que alude el título, en definitiva, es mucho más que tierra: es la gente que vive en ella y la naturaleza, dañada a presente y a futuro. Pero también (y ésta sería una de las pocas buenas noticias en un panorama así de desolador)  también la gente organizada y peleando porque no la sigan asesinado así de impunemente.

Desde hace muchos años, hay colegas e investigadores, además de vecinos organizados en asambleas, que investigan y cuestionan la mega minería, el modelo agropecuario, los desmontes, etc. Y ese movimiento es muy pero muy fuerte. Yo lo que quise con este libro fue hacer, justamente, una suerte de mapa del extractivismo en nuestro país pero también hacer un mapa de las luchas y de las resistencias que ese mismo modelo está despertando”, precisa Aranda.

Por eso, y pese a lo demoledor que resulta cada ejemplo y cada testimonio (porque en este relato queda más que en claro cuán hueca puede volverse la palabra Patria cuando las corporaciones hacen negocios, leyes y futuros sin que nada les ponga coto), el libro es también un aviso. Algo parecido a una esperanza.

Si en el municipio de Malvinas Argentinas, en Córdoba, los vecinos pudieron detener desde hace un año y medio el desembarco de Monsanto, ¿qué  es imposible? Si en el Barrio Anexo Ituzaingo, también en Córdoba, se logró (por primera vez en América Latina) condenar a un productor por envenenar a sus vecinos, ¿qué es lo que no podrá hacerse? “Todas esas son pequeñas victorias”, dice el autor, entusiasmado.

Para Aranda, en toda esta historia se da una mezcla de espanto y fe que muy bien definió, durante una asamblea, un ambientalista de Entre Ríos. “Dijo: vamos con el pesimismo de la razón y con el optimismo de la voluntad. Y yo creo en eso. Creo que siempre se puede hacer algo, desde el lugar en el que cada uno esté. Porque el enemigo parece tan grande (multinacionales, gobierno nacional, gobiernos provinciales) y ellos siempre parecen tan poquitos. Pero así fue como en Entre Rios, por ejemplo, ya hay más de veinte municipios que se adhirieron al anti fracking en la provincia. Parecen muy poquitos, pero han llevado adelante una acción que los sorprende a ellos mismos”, agrega.

“Hacer algo”. De eso se trata en definitiva todo, siempre: de no quedarse impávidos, y mirando. Y, en este sentido, Aranda vuelve sobre la tarea esencial del periodismo, y sobre lo único que realmente debería contar: hacer que las historias como éstas (por lo general silenciadas en y por los grandes medios) finalmente salgan a la luz.

“En las grandes ciudades se da la complicidad de los grandes sectores urbanos que miran para otro lado a la hora de ver las consecuencias del modelo. Pero en el caso de los periodistas, eso también se da. Y es grave, porque estas luchas, todas estas luchas, no son cuestiones ambientales sino peleas por la vida. Y eso también son peleas por los derechos humanos en las que uno no puede sino comprometerse”, acota.

“Porque cada territorio entregado al extractivismo es considerado un territorio “sacrificable”. Entonces, no se juzga de una misma manera una escuela fumigada de Entre Ríos que una hipotética escuela fumigada en Barrio Norte. ¿Te imaginás el escándalo que sería eso?”, pregunta. Tal vez de eso se trate todo, en definitiva. De imaginarse qué es lo que vendrá, lo que ya está viniendo. Y de hacer algo para cambiarlo.

 

 

 

 

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