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Monte Maíz: La victoria de los “nadies”

Monte Maíz: La victoria de los “nadies”

Un pueblito en pleno corazón de la llamada “pampa sojera”, agronegocios, tasas aumentadas de enfermedades y una ordenanza aprobada ayer que busca proteger a todos de la exposición a los pesticidas. ¿Qué pasa cuando de un lado está la salud pública y del otro decenas de miles de dólares? Esta es (parte) de la historia.

Por Fernanda Sández (@siwisi)

Lo vieran al pueblo. Tan lindo. Tan limpio. En las calles no hay ni rastro de la basura que abunda en Buenos Aires, y todo  (los jardines, las veredas, los frentes de las casas) luce prolijo, como recién pintado.  Hay flores, pasto cortadito, sol. Es un lindo pueblo, Monte Maíz, crecido al costado de la vía, tachonado de silos repletos de granos y rodeado de campos y más campos. Todo es como de cuento. Hasta que la gente entra en confianza, y se anima a hablar.

Entonces resulta que A tiene cáncer. Y B tiene Lupus eritematoso sistémico (o LES, una enfermedad “rara” pero que aquí abunda), y C perdió un embarazo, y D otro, y F tuvo un bebé malformado. Y en cada reunión de amigos, en cada desayuno en el bar, en cada cruce casual en alguna de esas esquinas impecables, lo mismo. La misma pregunta ominosa: “Che, ¿te enteraste de lo de A?”. O B, o C, o D. Y todos enterados, y callando. O no.

En el caso de Gladis Rodríguez –una maestra jubilada- y Sergio Linares –un arquitecto- fue “No”. Por eso, hace casi ocho años, comenzaron a ponerle tiempo, voz y palabras a eso de lo que todos sabían pero de lo que nadie quería hablar. Así nació la Red de Prevención de Salud de Monte Maíz. Hoy, tantos años después del comienzo, son apenas doce (maestras, psicólogos, un fabricante de muebles, un contratista, un ex fumigador, y pocos más) en una localidad de 8.000 personas.

No es casual: los campos que  acechan a Monte Maíz (termina el pueblo, y calle de por medio arrancan las plantaciones) están ubicados en la zona más fértil y rica de la llamada “pampa sojera”.  La hectárea aquí ronda los U$S 27.000 y la explotación agrícola –directa o indirectamente- les da de comer a muchos. Quien más, quien menos, todos aquí tienen relación con los cultivos. Porque trabajan en el campo, porque manejan una fumigadora, porque les dan clases a los hijos de los operarios o de los productores, porque les venden comida o ropa. Porque arreglan tractores. Porque.

Y como los cultivos transgénicos que reinan en esta zona son inseparables de otro elemento (los agroquímicos)  aquí en el pueblo también los venenos dicen  “Presente”. Hay tres depósitos  legales  bien en el centro, dos más en la zona fabril algo más alejada y (hasta no hace tanto, a la vista de todos) los bidones de sustancias tóxicas se guardaban en fondos y garajes. Y llegan, ya vacíos, al basural: Border estuvo recorriendo la zona y se cansó de fotografiar bidones y envases de venenos. Como si tal cosa.

Ahí guardaban agroquímicos y en ese otro garaje también”, me muestra y señala Gladis, cerca de su casa. Y, hasta hace una semana, cuando Border estuvo recorriendo el pueblo, las fumigadoras terrestres (llamadas “mosquitos”, por las enormes alas metálicas que les permiten cubrir superficies cada vez más amplias en menos pasadas) también eran parte del paisaje.

Eso sí: a los dueños de las máquinas no les gusta que nadie las retrate y, al ver la cámara, insultan y amenazan. “Hijo de puta, ¿qué estás haciendo?” fue lo más suave que nos dijeron cuando intentamos fotografiar a dos pulverizadoras estacionadas en plena calle. No ver, no oír, no hablar. Y bajo esa pesada ommertá ha vivido el pueblo, durante años. Cosecha tras cosecha, enfermo sobre enfermo.

No es casual entonces que ante el sonoro  silencio de las autoridades, los vecinos de Monte Maíz han hayan comenzado a buscar respuestas por su cuenta. Así fue como descubrieron que no eran los únicos, que no estaban solos. A través del contacto con la Red de Médicos de Pueblos Fumigados, supieron que en muchos otros pequeños pueblos de toda la Argentina se estaba librando la misma batalla silenciosa. Y silenciada.

Supieron también que eso que ellos mismos se habían preguntado tantas veces (la  probable asociación entre lo que les pasaba en el cuerpo y los venenos con los que convivían) no era tan descabellada como muchos intentaban hacerles creer.  Se encontraron, de repente, con decenas de trabajos científicos contando cómo (en Estados Unidos, en Paraguay, en Canadá, en Argentina) eso que les sucedía a ellos también les sucedía a otras personas expuestas al mismo modelo de producción agrícola. Abortos, cáncer, lupus, malformaciones: todo estaba ahí, otra vez.

En octubre pasado (del 14 al 19), viajó al pueblo una delegación de médicos, químicos y geógrafos de las universidades nacionales de Córdoba y de La Plata. Entrevistaron al 62% de los vecinos. Tomaron muestras de suelo, agua, aire. Recogieron las cascarillas rosadas que vuelan desde los silos cuando secan los granos, y se posan en la plaza y en los techos. “Es como una nevada rosa”, explica Ariel, miembro de la red. “Y cae sobre todo: los chicos, los perros, los autos”. La ironía: el Parque Inclusivo para Niños está justo debajo de uno de los silos. Y fue ahí, justamente, donde se encontraron los peores índices de contaminación.

Seis meses más tarde, y con los datos ya procesados, el equipo volvió al lugar con mapas, estadísticas y algunas conclusiones, que presentaron en una conferencia de prensa a los vecinos. “En el análisis del entorno ambiental se destacó la ausencia absoluta de bosque nativo en toda la zona; un deficiente proceso de tratamientos de residuos sólidos urbanos; una línea de empresas cerealeras y grandes acopios de granos en zona central que despide de los silos cascarillas de granos cargadas de glifosato y clorpirifós”, se lee en el informe final. 

“La zona rural reúne 65.000 has donde se aplican 630.000 litros de pesticidas por año, estos cultivos reciben repetidas aplicaciones de plaguicidas a escasos metros de las viviendas del pueblo. En el interior del radio urbano se detectaron 22 galpones y hangares de maquinas de pulverizar y alta concentración de pesticidas en el suelo del pueblo. El enorme volumen de pesticidas que se utilizan en la región es almacenado, manipulado y circula en el interior del pueblo lo que ha quedado acreditado en el 100% de las muestras en las cuales presentan glifosato, clorpirifós y cipermetrina”, agrega.

Traducción: en cada una de las muestras recogidas en Monte Maíz se encontraron pesticidas. Y lo mismo volvió a encontrarse en la sangre de los voluntarios que aceptaron hacerse el dosaje de plaguicidas. Los venenos ya no estaban sólo ahí afuera –“seguros y en los galpones”, como gustan de repetir quienes viven de ellos- sino corriendo por las venas de los vecinos. Y no es necesario haber estudiado Medicina para saber que eso no puede ser sino una mala noticia.

El hipotiroidismo mostró una presencia que supera casi por el doble a la considerada normal. Artritis reumatoide y lupus se mostraron también aumentadas por dos veces en relación a la frecuencia esperable, el lupus eritematoso sistémico se presentó en una relación de 1 caso cada 516 vecinos cuando los últimos datos mundiales refieren 1 enfermo cada 1123 habitantes. Los abortos espontáneos superaron en más de tres veces la prevalencia esperada (9,98% en Monte Maíz vs 3% en Argentina), y las malformaciones congénitas fueron un 72% superior a la tasa nacional (…) En relación al cáncer se confirmó la sospecha de los médicos locales y vecino. Los casos nuevos por año son tres veces más frecuentes. Para Monte Maíz se estima entre 11 y 13 casos nuevos de cáncer por año, pero en 2014 se detectaron 35 casos”, consigna el documento.

Lo que siguió a la publicación de ese trabajo fue un verdadero paso de comedia institucional, mediante el cual la misma universidad que había participado en la realización del relevamiento terminó desentendiéndose de todo una vez que los resultados quedaron expuestos. Lo de siempre tratándose de la salud de los pueblos fumigados: se cura la fiebre partiendo el termómetro. 

Sin embargo, el proceso en marcha era ya imposible de detener. Fue así como a instancias de la Red y gracias al compromiso de vecinos y autoridades (el intendente de Monte Maíz, Luis María Trotte, médico y paciente oncológico él mismo, jugó un rol decisivo en el curso de los acontecimientos) finalmente ayer, 7 de julio, se aprobaron 6 de los 28 artículos una nueva ordenanza municipal en materia de fumigaciones, agroquímicos y acopios de cereal.

Entre ellos, el que crea una zona de resguardo ambiental de entre 500 y 800 mts a partir de la última casa habitada y en donde no se podrán usar agroquímicos, y el que prohíbe las fumigaciones aéreas a menos de 2000 metros de la zona de resguardo. Queda por ver qué sucederá, entre otras cosas, con los silos de “bendicen” con su nevada de cascarillas envenenadas a los que osan andar por las veredas cuando las máquinas están prendidas.

¿Mucho que festejar? Sin dudas, porque Monte Maíz es apenas uno más dentro de muchos otros pueblos envenenados y porque esta iniciativa puede servir de modelo en otras localidades. ¿Mucho que festejar? Tampoco tanto. Los muertos ya no están, los enfermos siguen ahí y los bebés que no llegaron a nacer son la clase de agujero vergonzoso por donde se escurre cualquier alegría. Con todo, éste ha sido un paso enorme. Y aunque ya no haya modo de traer a los que se fueron, desde ayer se ha comenzado a cuidar a los que vendrán. Y eso sí merece ser celebrado.

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