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Jack Kerouac: Hipsters eran los de antes

Jack Kerouac: Hipsters eran los de antes

La aparición de La filosofía de la Generación Beat y otros textos recupera la verdadera acepción del término y permite leer grandes artículos periodísticos del genial escritor.

Al leer la palabra “hipsters” hoy en día enseguida se la asocia a un puñado de barbudos fetichistas del café y de los discos de vinilo, que suelen defenestrar cualquier manifestación artística una vez que salió de su nicho para trascender a la masividad y que no pueden vivir sin las redes sociales, que utilizan a través de sus iPhones. Pero antes, los hipsters fueron aquellos bohemios que en los años 50 idolatraban a Charlie Parker, a los cultores del jazz be bop y refundaron la literatura de la mano obras maestras como Aullido, El almuerzo desnudo y En el camino. Los verdaderos y únicos hipsters fueron Allen Ginsberg, William S. Burroughs y, principalmente, Jack Kerouac: la Santísima Trinidad de la Generación Beat.

La Generación Beat fue una visión que tuvimos John Clellon Holmes y yo, y Allen Ginsberg más salvajemente todavía, hacia fines de los años cuarenta, de una generación de hipsters locos e iluminados, que aparecieron de pronto y empezaron a errar por los caminos de América, graves, indiscretos, haciendo dedo, harapientos, beatíficos, hermosos, de una fea belleza beat -fue una visión que tuvimos cuando oímos la palabra beat en las esquinas de Times Square y en el Village, y en los centros de otras ciudades de la América de posguerra- beat quería decir derrotado y marginado pero a la vez colmado de una convicción muy intensa”. Esto escribió Kerouac para la revista Esquire en 1958, para sintetizar el fenómeno que significó la aparición, un año antes, de En el camino, aquel libro iniciático en el que daba cuenta de sus viajes a lo largo y ancho de los Estados Unidos junto a su compinche Neal Cassady. Y este es uno de los tantos artículos que se pueden leer en La filosofía de la Generación Beat y otros textos, volumen que acaba de publicar el exquisito sello editorial Caja Negra, que ya había sacado otros libros raros tanto de Kerouac (Viajero solitario) como de Burroughs (La revolución electrónica).

Divididos en seis capítulos (En el camino, Sobre los beats, Sobre la escritura, Observaciones, Sobre los deportes y Ultimas palabras) la ventaja de esta antología para el lector ya ducho en la obra de Kerouac es que la aceleración en los sentidos que provoca su prosa se da en dosis cortas y justas. “Precisión en velocidad”: este concepto futbolero que inculca Marcelo Bielsa a sus dirigidos se aplica a la perfección a esta colección, más que nada a las vinculadas con su propia vida en las rutas estadounidenses. El jazz, esa gran obsesión de los beats, dice presente en “El nacimiento del bop”, con los protagonistas y los lugares esperables: Parker, Dizzy Gillespie y Thelonious Monk en el legendario club Minton’s y en uno de los ítems de Ultimas palabras, con elogios tanto a aquellos precursores como a John Coltrane (“Un auténtico santo de la música”). Y en cuanto a los deportes, es muy grato leer sus análisis tanto de béisbol como de boxeo, en especial del “misterio” que en su momento generó el golpe con el que Muhammad Alí noqueó a Sonny Liston en el primer round en la revancha que ambos disputaron por el título mundial de los pesos pesados.

En el final se reproduce un pedido de 1969 del Chicago Tribune a Kerouac para que éste reflexione sobre los hippies, subcultura que se asumía como deudora de aquellos viejos beat. Un Kerouac cansado de todo, celado por su madre y más preocupado por su próxima botella de escocés que por el devenir del Gran País del Norte, dijo: “Yo abandono, me retiro -Me refiero a la Gran Tradición Americana- Dan’l Boone, U.S. Grant, Mark Twain- Quiero dormir y despertarme de pronto en la pesadilla más profunda y ver el mundo como un huérfano sin consuelo que llora y grita y trata de vivir pero la vida está maculada y ensombrecida, pobre cuerpo y pobre alma, apenás un don furtivo y pura soledad”. La nota salió publicada el 28 de septiembre de 1969. El 21 de octubre posterior Jack Kerouac moría en su casa de Florida a causa de una hemorragia interna causada por una cirrosis no diagnosticada, tras un día de internación en un hospital de la zona y una operación para intentar salvarle la vida. Pocas veces en la historia un texto resultó tan profético.

 

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