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Agrotóxicos: las víctimas de las que nadie te habla

Agrotóxicos: las víctimas de las que nadie te habla

Mientras el mundo se estremecía por la muerte del bebé sirio Aylan, en Argentina –luego de cuatro años- un productor agrícola fue llevado a juicio por la muerte de un nene tan pequeño como el de la playa. Pero, ¿habrá justicia para los chicos víctimas de los agrotóxicos?

Se puso  a hacer lo que hace cualquier nene de cuatro años: jugar. Se puso a jugar con su prima Celeste, en medio del barro. Estuvieron un buen rato jugando donde siempre: cerca de toldo debajo del cual crecían las plantas de tomates. Al rato, los dos se descompusieron. Nicolás Arévalo –flequillo, sonrisa, cuatro años de edad- murió a las horas. Su prima, Celeste Estévez, terminó en el Garrahan. Estuvo en coma. Sobrevivió.

Por esa muerte y por esas lesiones gravísimas (Celeste Estévez, hoy de diez años, aún no tiene el alta médica), el dueño de las tomateras fumigadas será llevado a juicio. Así lo informó la Red Infancia Robada en un comunicado en donde explica que “el productor Ricardo Prieto será juzgado bajo la carátula homicidio culposo agravado y lesiones culposas agravadas, en concurso ideal”.

¿Qué había tirado sobre los tomates de Lavalle? Lo de siempre: endosulfán, un insecticida tan usado como peligroso. Se lo aplica sobre toda clase de cultivos (bananas, berenjenas, ajíes, café, té, algodón, maní, tomate y la lista sigue) y tan tóxico para los seres vivos que el Convenio de Estocolmo sobre Compuestos Orgánicos Persistentes (esto es, sobre sustancias químicas capaces de contaminar y permanecer para siempre  en los cuerpos que hayan contaminado), lo incluye en la lista de sustancias que deberían dejar de usarse.

El mayor productor mundial de endosulfán es India –donde también ha hecho estragos- ,está prohibido en más de 50 países y es de uso restringido en otros 27. Se lo aplica por ser la forma más eficaz y barata de  controlar plagas de insectos.  Y los “controla”, claro. Sólo que a un precio tan alto como contaminar el aire, el agua, la tierra, los cultivos y los seres vivos.

En el caso de los seres humanos, este insecticida (creado en la década del 50 perteneciente a la temible familia de los organoclorados) acumula un prontuario de muertes ciertamente de terror. Según informa un documento de RAP- AL (Red Acción Plagucidas de América Latina) el endosulfán ya mató gente en Cuba, en El Salvador, en India. Y esas son, apenas, las muertes reportadas cuando por las cifras en juego (15 trabajadores rurales muertos en Cuba,en 1999; 37 muertos en Benin; incontables afectados en Kasaragod, India) la prensa se hace eco y la noticia circula. Caso contrario, el endosulfán también mata. Sólo que con silenciador.

“El endosulfán es altamente tóxico si se inhala, se traga o se absorbe a través de la piel. Ha habido información sobre numerosos casos de envenenamiento agudo. Ingerir o respirar niveles elevados de endosulfán puede producir convulsiones y la muerte. El endosulfán afecta directamente el sistema nervioso central. Los síntomas de envenenamiento incluyen hiperactividad, excitación, disnea (dificultad para respirar), pérdida del conocimiento, confusión, mareos, falta de equilibrio y de coordinación”, dice el documento.

En nuestro país, el endosulfán fue prohibido por el Senasa (Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria) mediante la resolución 511 de 2011, dos meses después de la muerte de Nicolás.  Esa resolución prohibió la importación del principio activo y de sus formulados a partir del 1 de julio de 2012 y la comercialización y uso del mismo a partir del 1 de julio de 2013 (recién dos años más tarde). Traducción: las empresas de agroquímicos tuvieron un plazo de gracia de dos años para liquidar su stock.

¿Cuánto endosulfán hay hoy en Argentina? ¿Cuánto de ese veneno cuya importación se prohibió hace ya cuatro años sobrevive en depósitos perdidos en el medio del campo? ¿Quién lo vigila? ¿Quién garantiza que ese veneno –cuyo volumen total nadie conoce- no sea utilizado en nuevas fumigaciones? Nadie se atreve a contestar nada de esto.

Lo que sí se sabe es que casi un año después de la muerte de Nicolás otro chico (José Carlos “Kily” Rivero ) repitió la historia casi al detalle y en el mismo lugar. Fumigación, juego, intoxicación, muerte. Todavía faltaban dos meses para que el endosulfán dejara de importarse y un año más para que fuera ilegal utilizarlo. José tuvo la enorme “desgracia” de tener seis años entre el medio de esas dos fechas.

Pero, además, nació en una zona de la Argentina en donde a los horticultores no los controla nadie. No están registrados, no se sabe qué tóxicos usan ni cómo, no cuentan siquiera con una ordenanza que- por caso- les indique el límite para aplicar sus venenos. La tomatera que causó la muerte de estos niños está, de hecho, a sólo cien metros del poblado.

“A poco de llegar a Lavalle los tendales plásticos que abrigan tomates y venenos no se hacen esperar y asoman a ambos lados del camino a escasos metros de animales, de canales, de casas, de niños”, anotó en su Crónica de ángeles olvidados la enfermera Mercedes “Meche” Méndez, luego de su visita al lugar. Méndez es enfermera en el Hospital Garrahan y atendió a Celeste durante su internación. Pero es, además, una incansable difusora del riesgo que implican los agrotóxicos para todos, pero en especial para los chicos.

Viajó pues a Lavalle a ver cómo seguía todo allí después de las muertes. El panorama con el que se encontró fue desolador. “Ventanales plásticos que – nos contaran los niños luego- a pesar del reclamo en contra de sus padres, son levantados cuando “están curando”-echando venenos- permitiendo que estos vuelen sin control, invadiéndolo todo y haciendo de ese bello lugar una atmósfera irrespirable”, escribe Méndez.

Hoy, a cuatro años de la muerte de Nicolás y a tres de la de José, este modo de lucrar y de matar sigue adelante. Pero también llega a juicio. ¿Hablará alguien de estas otras muertes sin foto ni prensa? ¿Verá algún medio –además de Border, claro- la marea de chicos “enfermados” a repetición por las fumigaciones?

Hace horas, nada menos que el Ministro de Salud de la Nación, Dr. Daniel Gollán, dijo: “Estamos preocupados por el impacto de los agroquímicos”. Ojalá sea cierto. Ojalá las muertes de Nicolás, Carlos y tantos otros náufragos sin foto no hayan sido (tan) en vano.

 

 

 

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