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Pussy Riot: El espíritu punk sigue vivo en Rusia

Pussy Riot: El espíritu punk sigue vivo en Rusia

Un libro da cuenta del proceso jurídico que tres de las integrantes de colectivo sufrieron tras hacer una performance en una iglesia moscovita.

El 21 de febrero de 2012, cinco jóvenes rusas vestidas con colores vivos y pasamontañas interrumpieron una misa que brindaba el Patriarca Cirilo I en la Iglesia Ortodoxa moscovita de Cristo Salvador para cantar una canción llamada “Virgen María, llévate a Putin”. Tres de ellas (Masha Alyokhina, Nadia Tolokonnikova y Katia Samutsevich) fueron arrestadas al minuto, encarceladas y juzgadas por blasfemia. Ellas reconocieron parte de su error (actuar en un templo sin tener en cuenta que otros fieles no podían comulgar con sus ideas) pero buscaban señalar el pacto entre el clero ruso y Vladimir Putin, que violaba la separación constitucional entre iglesia y estado por las confesas simpatías del prelado con el primer ministro. Tras un juicio viciado de irregularidades y una estadía en prisión que no respetaba los derechos humanos, las tres fueron condenadas el 17 de agosto de 2012 a dos años de prisión. Su encarcelamiento fue condenado por Amnesty International y obtuvo la solidaridad de gente como el ajedrecista Garry Kasparov, Madonna y Björk, entre otros. Katia fue liberada bajo un régimen condicional, y Masha y Nadia recién salieron de prisión a fines de 2013 gracias a una amnistía dictada por Putin, e inmediatamente llamaron a condenar los Juegos Olímpicos de Invierno que se realizaron en febrero de 2014.

Bienvenidos al fascinante mundo de las Pussy Riot. Una posible traducción del nombre de este combo de muchachas punk feministas puede ser “Conchas revoltosas”, y creo que es el que mejor les cabe. Antes de su ataque a la Iglesia Ortodoxa de Cristo Salvador, las Pussy Riot habían llevado a cabo actuaciones ilegales en la Plaza Roja y en techos de cárceles en las que cuestionaban al gobierno de Putin. Pero fue su irrupción al sermón de Cirilo I lo que las catapultó a la fama mundial.

El libro Desorden público: Una plegaria punk por la libertad da cuenta de todo el proceso judicial que culminó con Masha, Nadia y Katia tras las rejas. Editado originalmente en 2012 y recién aparecido en el país gracias a la editorial Malpaso, permite ver la historia de las Pussy Riot con la ventaja que brinda la distancia. Y magnifica la epopeya de las muchachas, ya que transcribe sus diarios en prisión, los alegatos del juicio a favor y en contra, sus discursos finales antes de las condenas y las cartas de apoyo que recibieron por parte de mujeres de la talla de Yoko Ono, Bianca Jagger e integrantes de combos de rock con marcada militancia feminista como Bikini Kill, Peaches o Le Tigre.

“Si las Spice Girls fueron la encarnación del Teen Pop de la era Riot Grrrls, las Pussy Riot son las terroristas que desenmascaran la tolerancia al falso feminismo impuesto por el dúo Tatu. La ‘transgresión moral’ del ruso medio es aceptada si se puede comprar en forma de morboso lesbianismo mediático (colegialas besándose bajo la obscena lluvia)”. El crítico Pablo Schanton, una vez más, da en el clavo en el momento de comparar a los dos grupos pop femeninos más importantes de la Rusia post comunista, ese lugar en donde la diferencia entre el periódico Pravda y la tienda Prada, que conviven en la misma calle en Moscú, es sólo una letra, como señala el escritor francés Frédéric Beigbeder en su novela Socorro, perdón. Entonces, una buena forma para empezar a comprender la, para muchos, indescifrable actualidad rusa post soviética, puede venir con las lecturas de Desorden público: Una plegaria punk por la libertad, Socorro, perdón y Limonov de Emmanuel Carrere. Todos libros que tienen algo en común: un cuestionamiento desde distintos ángulos sobre la irrupción capitalista en el ex imperio comunista. La aparición de las Pussy Riot en la tercera temporada de House of Cards cierra el círculo: las chicas se atreven a ridiculizar en un capítulo al mismísimo Presidente Frank Underwood. La ficción se nutre de la realidad, y la potencia de manera tal que obliga a completar los baches que alguien pueda tener, de uno u otro lado, para completar la historia.

 

 

 

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