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París, donde sangra la república

París, donde sangra la república

El ataque terrorista que Francia estaba esperando desde enero de este año finalmente llegó ayer. Dejó muertos, heridos y una pregunta: ¿qué puede hacer la república contra los extremismos?

Luego de ocho atentados abortados por las fuerzas de inteligencia a lo largo de todo este año, finalmente lo que más se temía en Francia terminó por suceder: un nuevo ataque terrorista. Corrección: una serie de ataques, coordinados y simultáneos. Una “vague”  (oleada) de explosiones, disparos y muerte como titularon varios medios franceses, se desató  ayer viernes 13 de noviembre, alrededor de las nueve de la noche y en siete puntos de la capital francesa, incluyendo el Estadio de Francia, el teatro Le Bataclan, el restaurant La Belle Epoque, el bar Le Carillon  y varios sitios  más con alta concentración de personas. La noche era linda, era viernes, medio París estaba en las calles. Y los terroristas lo sabían.

Estallaron granadas y hubo ráfagas de disparos de Kalashnicov. El saldo: hasta el momento, 158 personas muertas, más de 100 heridos y tres terroristas abatidos por las fuerzas policiales y militares que aún mantienen blindada el área de L´Ile de France, el corazón de la capital francesa. El paisaje de la guerra (gritos, sirenas, helicópteros, camillas, uniformados) repitiéndose en las calles y en cada medio de comunicación. “Francia bajo ataque”, decían los primeros titulares.

El presidente Francois Hollande se acercó a Le Bataclan, el teatro en donde se produjo la mayor cantidad de víctimas,  cuando la zona ya había recuperado la calma y los rehenes (sorprendidos durante un recital de un grupo de heavy metal norteamericano) todavía no salían del shock. “Nos están matando de a uno”, alcanzó a tweetear desde el baño una periodista presente en el lugar. Otros testigos describieron a la escena en Le Bataclan como “una carnicería”. Allí fueron ejecutadas cien personas.

“Esto es el horror”, admitió el presidente francés más tarde, durante su discurso por cadena nacional. Hollande estaba presente en el estadio de cuando comenzaron los ataques (se jugaba un partido amistoso entre Francia y Alemania) y alcanzó a escuchar las explosiones. Aparentemente, dos  jihadistas se habrían inmolado.

Hollande fue trasladado de inmediato a un lugar seguro, donde se reunió con su consejo de ministros y tomó las dos decisiones centrales: decretar el estado de emergencia y cerrar las fronteras, para impedir el ingreso de nuevos atacantes y, a la vez, la fuga de los responsables. En el escenario de uno de los ataques se encontró un pasaporte sirio.

Pero ese ataque inicial en el estadio fue solo el principio, porque de inmediato y simultáneamente en varios barrios de París los terroristas abrieron fuego contra las personas que tenían a su alrededor. En el caso de Le Bataclán, todo empezó con dos hombres que irrumpieron disparando y lanzando granadas al grito de “¡Es por Siria!”. En los otros ataques en bares, algunos testigos indicaron que el grito de guerra con el que comenzaron los ataques fue “¡Allah u Akbar!” (Alá es grande).

Pero, y más allá de cualquier otra consideración, siempre se supo que esto-tarde o temprano- sucedería. Desde la masacre de Charlie Hebdo (en enero, con el asesinato de doce periodistas a manos de extremistas islámicos) el aire en Francia se ha enrarecido. Con casi 3 millones de ciudadanos profesando el Islam y la mayoría de ellos condenados desde el vamos a ser algo así como “europeos de segunda”, confinados para siempre en guettos hasta donde las promesas de libertad, igualdad y fraternidad no pasan de ser eso, promesas, el jihadismo parece tener el caldo de cultivo perfecto. Esto es: jóvenes desocupados, con pocas credenciales educativas, rabiosos y eventualmente muy permeables al llamado de la “guerra santa”.

Porque tal vez no esté de más recordar que, en la mayoría de los casos, hoy ya no son terroristas “importados”, violentos venidos de lugares remotos, los que perpetran  los ataques. No. Son –como sucedió en el caso de Charlie Hedbo- ciudadanos europeos, residentes comunitarios que terminan sumándose a la causa del extremismo. No les faltan argumentos s ni sitios donde hacerlo. Hoy en Francia, al menos, existen muchas mezquitas en donde el lenguaje sangriento de los promotores de la jihad encuentra oídos jóvenes (y desesperados) que ven en él un camino para darle a sus vidas algo parecido a un propósito.

De hecho, las autoridades también saben que cerca de 30.000 europeos han viajado en los últimos años a Siria y a Irak para sumarse a la “causa del Islam.  Sólo de Francia, según los analistas, salieron 2000 ciudadanos con el objetivo de entrenarse en los países controlados por el Estado Islámico y regresar a Europa. En julio de este año, de hecho, en el video “Un mensaje para Francia”, un jihadista asesinaba a un prisionero y lo arrojaba al vacío, no sin antes prometer “el Estado Islámico llenará de cadáveres las calles de París”. Ayer a la noche, varios cumplieron plenamente con ese deseo.

No por casualidad, en enero de este año el gobierno francés lanzó un video en You Tube, para alertar a los jóvenes sobre las “falsas promesas” de la Jihad. El video, que aun está colgado en la Web,advertía: “Ellos te dicen: La realidad es que vas a morir absolutamente solo, lejos de los tuyos”.

A la luz de los atentados de ayer, quedó claro que el problema que enfrenta Francia tal vez no tenga tanto que ver con sus fronteras como con lo que late en sus barriadas más marginales, en esa población de jóvenes que duplica la tasa nacional de desocupados,  en sus escuelas de formación coránica utilizadas como amplificadoras del discurso del odio, en la paradoja de que los mismos valores republicanos que son el eje del discurso nacional francés habiliten el florecimiento de una suerte de terrorismo “cama adentro” para el que el blanco es, en realidad, la Francia entera.

“La barbarie terrorista acaba de hacer historia. Nada menos que una masacre en el centro de Paris y en el Stade de Francia, cuyo objetivo, concretado con fría determinación, fue multiplicar las víctimas. Y sin dudas es Francia, su política, su rol internacional, lo que está en la mira de los asesinos. Ya no se trata de atentados a blancos definidos como la revista Charlie Hebdo y el supermercado kosher, sino una crueldad indistinta, destinada a provocar el terror a todo un pueblo”, consignaba hoy en su comentario editorial el periódico Liberation. “Se atacó a propósito lugares de diversión y de ocio, con lo que se pretende significar que desde ahora los franceses se encuentran amenazados en su estilo de vida más amistoso y social”, agregaba.

Paris 2

Pero, como en toda tragedia, hubo ayer también –en medio de los disparos y la noche- gestos esperanzadores. Empezando por las personas que abrieron las puertas de sus hogares a perfectos desconocidos a los que los ataques los sorprendieron en la calle (bajo el hashtag #PorteOuverte la gente pasaba su dirección a los que necesitaban amparo, y los recibía) y terminando por los taxistas de París (tan malhumorados siempre, todos ellos) que aceptaron apagar sus relojes y hacer viajes gratis para ayudar a sacar  la gente a salir de L´Ile de France.

Habrá que ver, entonces, cuál de las dos versiones de Francia es la que termina prevaleciendo. Mejor dicho: hasta qué punto es realmente viable la convivencia de dos ideas de país, de valores, de mundo. ¿Cómo hará hoy la república aquella de la revolución y La Marsellesa para que su defensa a rajatabla de la libertad no termine explotándole en las manos? Aún no hay respuestas. Pero el futuro nunca se vio más sombrío que ayer a la noche, con la Torre Eiffel a oscuras en señal de luto. Algo se apagó en Francia, ayer. Y algo se ensombreció en el resto del mundo. 

Para saber más

 

 

Ver comentarios (1)

1 Comentario

  1. patricio gelvez chubut rawson

    14 nov 2015 at 5:32 pm

    es echo lamentable,es mo volver para atras como hanidad

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