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Islamofobia: Retrato de una Europa asustada

Islamofobia: Retrato de una Europa asustada

“Soy musulmán, dicen que soy terrorista. ¿Confías en mí? Si confías, dame un abrazo”, se leía en el cartel a los pies de un hombre, parado en la Plaza de la República, en París, y con los ojos vendados. No pocos se acercaron a abrazarlo. El video todavía da vueltas por la Red y, en su simplicidad, refleja un fenómeno que -luego de los ataques de enero y noviembre a la capital  francesa- se ha visto potenciado: la islamofobia.  El odio al Islam.

En el contexto de una Europa que alguna vez se autodefinió como “una fortaleza” frente al avance de la inmigración, todavía con graves problemas de empleo y –desde el inicio de la crisis en Siria- con un verdadero ejército de desesperados llegando por tierra y por mar, movimientos xenófobos como PEGIDA  (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente, según su sigla en alemán) crecen en volumen de simpatizantes y poder de convocatoria.

Un solo ejemplo: luego de los ataques de enero a la redacción del semanario Charlie Hebdo (donde fueron asesinadas doce personas) y a un supermercado kosher, se han multiplicado las pintadas fascistas y los ataques a mezquitas y centros culturales islámicos. Ha habido desde incendios hasta roturas en los sitios de oración (a los que muchos ven en realidad como sitios de adoctrinamiento de terroristas) hasta marchas y ataques personales.

Las mujeres con el velo islámico son especialmente vulnerables a estos ataques. Luego de los últimos atentados, el 13 de noviembre,  una mujer fue atacada a puñaladas en Marsella por un hombre que se abalanzó sobre ella acusándola de “terrorista”. Y, desde luego, no es sólo él quien asocia islamismo con terrorismo, aún cuando muchos imanes y creyentes hayan salido en su momento a repudiar enérgicamente estos ataques.

El Consejo Francés del Culto Musulmán (CFCM), de hecho, a sólo días de los últimos atentados en París instó a que en  2500 mezquitas francesas se leyera el siguiente texto: “Nosotros, musulmanes de Francia, somos ciudadanos franceses de forma completa, formando parte de la Nación y solidarios del conjunto de la comunidad nacional. Nosotros, musulmanes de Francia, proclamamos nuestro compromiso indefectible con el pacto republicano que nos une a todos”.

También tenían prevista una gran marcha en París pero (en función de las nuevas medidas de seguridad implementadas desde el 13-11), la movilización debió ser suspendida.  De todos modos, la incomodidad persiste. “Somos musulmanes, no somos asesinos”, es la queja que se repite entre los creyentes que buscan despegarse del accionar de los terroristas.

Lla desconfianza y el recelo entre musulmanes y no musulmanes, sin embargo, se respira en la calle, en el metro, en los lugares públicos en los que muchos no quieren siquiera sentarse junto a una mujer velada o un hombre con turbante. Así lo expresó de hecho el filósofo Abdebnour Bidar al hablar de un verdadero “engranaje maldito” activado por los atentados. “Tanto en Francia como en otros países europeos se está ahondando dramáticamente el abismo de incomprensión entre los musulmanes y los no musulmanes: por un lado, se está extendiendo una verdadera alergia a una religión percibida como violenta y agresiva; por otro, se está propagando el sentimiento de ser permanentemente “señalados con el dedo”, estigmatizados. Este es el mecanismo, el engranaje maldito, que mañana podría enfrentar a unas poblaciones contra otras en unas gravísimas tensiones civiles”.

 En Dresde, Alemania, ya hubo una portentosa muestra de esto. En ese país, hace poco más de un año, nació el colectivo Patriotas Europeos Contra la Islamización de Occidente (o PEGIDA), que en principio fue seguido por unas pocas personas. Pero comenzó a crecer y crecer, hasta que se hicieron públicas fotos de su creador (Lutz Banchmann, procesado por robo, asalto, agresión física y tráfico de drogas) “lookeado” como Adolf Hitler.

En los meses posteriores PEGIDA perdió simpatizantes y predicamento, hasta que en enero (luego de el brutal ataque a Charlie Hebdo), una de sus marchas logró convocar cerca de 18.000 personas. ¿El reclamo? Endurecer las leyes de asilo para no “islamizar Europa”. ¿Otra de sus consignas? “Alemania no es un país de inmigrantes”.

El movimiento (fascista, xenófobo y con muchos de sus exponentes haciendo uso y abuso de la imaginería hitleriana) reclama la salida de los musulmanes de Europa y  tiene representaciones en Alemania, Austria, España, Polonia, Italia, Francia, Noruega, Suecia y Suiza. Y. desde luego, niega ser xenófobo y racista. “Somos sólo europeos que defienden a Europa”, suelen decir.

En octubre de este año, justo un mes antes de los ataques en París, la marcha de PEGIDA en Dresde fue realmente impresionante. Con cerca de  25.000 personas en las calles, todo fue banderas alemanas y el reclamo de “salvar al país”. Pero, como una extraña muestra de la contradicción que hoy atraviesa a Europa, a pocas cuadras de ahí se dio cita otra manifestación, sólo que esta vez en contra de las consignas islamófobicas de PEGIDA. Ahí no había atuendos nazis ni banderas, sólo música de Manu Chao.

En muchas ciudades, de hecho, los monumentos se apagan en señal de protesta cuando PEGIDA convoca a una nueva marcha y hasta la canciller Angela Merkel –hace casi un año- se expresó en contra de este rebrote fascista. “La inmigración nos beneficia a todos”, aseguró, y pidió a los ciudadanos que no se sumaran a esta clase de grupos.  “Sus corazones albergan prejuicios, frialdad y odio”. Días después, unas 20.000 personas marcharon contra la islamofobia en todo el país.

Pero hoy, luego de los atentados de hace un mes, la desconfianza y el resentimiento parecen revivir. Justamente por eso es que mensajes como el de Antoine Leiris (quien perdió en el Bataclan al amor de su vida y madre de su pequeño hijo, Melvil) se vuelven tan importantes. “No tendrán mi odio. Son almas muertas. Sé que ella nos acompañará cada día y que nos reencontraremos en este paraíso de las almas libres en el que ustedes jamás tendrán acceso”, desafió a los terroristas.

Tal vez sea ésa la clave para la supervivencia de Europa no ya como comunidad, sino como idea: resistir al “engranaje maldito” que propone la violencia islámica. Perseverar en lo que representa: libertad, tolerancia, respeto, multiculturalidad. Sólo así el terror no terminará logrando su objetivo, que es transformar cada cosa que toca en una mancha de sangre. Eso en lo que ellos mismos se han convertido hace rato.

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