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Andre Agassi: El que odia, ama

Andre Agassi: El que odia, ama

Open, la autobiografía del múltiple campeón de tenis, es un relato desgarrador de la vida de un deportista de elite, con un final feliz.

“Juego al tenis para ganarme la vida, aunque odio el tenis, lo detesto con una locura y secreta pasión, y siempre lo he detestado”. La oración final del tercer párrafo de Open, la autobiografía de Andre Agassi, es el famoso “cross a la mandíbula” que Robert Arlt le pedía a los textos. Pero en este caso la trompada es de knock out: tira al piso al lector por lo sorpresiva al tener en cuenta quien es el sujeto formal que la enuncia, un tipo que ganó los cuatro torneos de Grand Slam del circuito de la ATP, que llegó ser el mejor del planeta en su deporte y que cosechó millones de fans a lo largo y a lo ancho del globo. Y, como es de esperar, lo amenaza a seguir con la lectura de manera compulsiva, ya que si un libro arranca de esa forma, todo lo que siga debe mantener la enorme altura de ese listón.

Y Open lo logra, y se transforma en una de las mejores autobiografías deportivas de las que se tenga memoria. Gracias a un padre que proyectó sus frustraciones en su persona, el único destino posible que tenía Andre Agassi en su vida era ser el mejor tenista del mundo. “El camino a la fama no significa nada si no hay una misión” dice Adrián Dárgelos, y la misión de Agassi termina siendo un combate contra si mismo. Ver quien gana entre ese tipo que quiere dos por tres abandonar todo contra el otro al que, claro, el bichito de la competencia le pica fuerte y muchas veces detesta irse de un court derrotado por rivales a los que sabe inferiores.

Open es una fuente de primera mano para confirmar o desmentir todos los chismes que roderaron a Agassi desde su irrupción en el circuito en la segunda mitad de los años ’80. Desde los vaivenes de su cabellera hasta la historia detrás de los inolvidables shorts de jean, pasando por el porque decidió en una época jugar con gafas oscuras y su relación con las drogas: nada será adelantado acá por el miedo lógico a la maldición del spoiler. Su rivalidad con Pete Sampras, Jim Courier y Boris Becker, entre otros, y la descripción de sus principales conquistas (más allá de los Grand Slam, el relato del triunfo que le valió la medalla dorada en los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996 se lleva la mayor ovación) no están ausentes del relato, como tampoco las descripciones de sus cambios de entrenadores y preparadores físicos en pos de tener, además de lo mejor para su juego, una suerte de familia sustituta que le ayude a afrontar los innumerables viajes a los que se ve sometido un tenista.

Y esta última es la clave de todo el relato: la soledad que siente un jugador de tenis. “El tenis es ese deporte en el que hablas contigo mismo (…) En el fragor de un partido los tenistas parecen locos en una plaza pública, que despotrican y maldicen y celebran debates con sus alter ego. ¿Por qué? Porque el tenis es un deporte muy solitario (…) En el tenis te plantas contra el enemigo, intercambias golpes con él, pero nunca lo tocas ni hablas con él (…) En el tenis estás en una isla. De todos los deportes que practican hombres y mujeres, el tenis es el más parecido a una reclusión en un régimen de aislamiento que, inevitablemente, propicia la conversación con uno mismo”. Después de leer este párrafo en particular de Open el alarido “¡Qué mal que la estoy pasando!” que inmortalizó nuestro Gato Gastón Gaudio se resignifica y se reformula para siempre. Y también dilucida que, tras sendos romances con Barbra Streisand y Brooke Shields, Andre Agassi haya terminado casado con la mujer de la que estuvo enamorado toda su vida: Steffi Graf. Y que esa pareja cierre Open con un final feliz digno de las mejores comedias románticas. Parafraseando a Juan Perón, para entender la locura de un tenista no hay nada mejor que otra tenista. Y si ambos fueron los mejores del mundo en ese asunto, mejor aún.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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