Política y Economía

Holdouts, precios y Ganancias:Qué tiene que ver el acuerdo buitre con el bolsillo?

Holdouts, precios y Ganancias:Qué tiene que ver el acuerdo buitre con el bolsillo?

Después de años de litigio, el Gobierno parece encaminarse a la salida definitiva del conflicto con los fondos buitre y recuperar con ello el acceso a los mercados de capitales internacionales. Es decir, al endeudamiento. ¿En qué puede beneficiar esto al argentino promedio y por qué el Gobierno de Macri está tan interesado en resolver un tema que nunca desveló a su antecesora, Cristina Fernández de Kirchner? Acá una respuesta, en el castellano más sencillo posible:

Cuando un Estado gasta más de lo que recauda -técnicamente lo que se llama déficit en el que incurre en la Argentina como mínimo desde 2012 y en una exagerada proporción en los últimos dos años-, existen sólo tres formas de resolver el problema:

  1. Bajar el nivel de gasto y/o incrementar el nivel de ingresos (subir impuestos), es decir, aplicar un ajuste
  2. Financiar ese mayor gasto fabricando plata, es decir, emitiendo pesos
  3. Financiar ese mayor gasto tomando deuda, es decir, pidiendo plata prestada

Los tres caminos, no excluyentes entre sí, tienen efectos colaterales. El truco está en la dosis de cada uno. El primer camino, el ajuste, enfría la economía, desacelera el consumo, genera desempleo, es recesivo. Es lo que se conoce como una política contractiva. Claramente no fue el que eligió la administración kirchnerista, que optó en cambio por el segundo camino: emitir. Fabricar plata sin respaldo produce inflación, que en el mediano plazo también genera recesión. Lo muestran las estadísticas de los últimos cuatro años en los que la economía argentina no creció y registró altas tasas de inflación. El tercer camino en tanto, el endeudamiento, no presenta ninguna de las desventajas de los anteriores y, precisamente por eso, conlleva un enorme riesgo: el de exagerar la dosis y caer en el sobreendeudamiento sólo para poder gastar más, una típica debilidad de los políticos en el Gobierno. Lo vivió la Argentina ya muchas veces (la última de ellas lo pagó con la crisis de 2001 que, a su vez, derivó en el conflicto con los buitres que ahora se estaría por saldar).

Lejos de estar sobreendeudado, el país tiene hoy nivel muy bajo de deuda externa (menos de 15% del PBI) con lo cual la decisión del Gobierno es financiar la mayor parte del déficit pidiendo plata prestada en el mercado y aplicar al mismo tiempo una serie de ajustes para bajar el gasto (esencialmente la eliminación de subsidios que provoca el tarifazo energético). Esta receta sería imposible de aplicar si la Argentina no sale del default. Nadie en el mundo le presta a un país que no puede, por el motivo que sea, pagar la deuda que ya tiene. De ahí la casi desesperación del Gobierno de Macri por solucionar el conflicto con los buitres: salir del default para que se vuelva a abrir la única canilla de dólares disponible para evitar un ajuste mucho mayor.

Ahora bien ¿qué cambiará una vez que se cierre el acuerdo con los fondos buitres y el Gobierno comience a endeudarse? A saber:

  • Dólar: el ingreso de dólares del exterior fortalecería el nivel de reservas del Banco Central, hoy compuestas precariamente por una mezcla de préstamos de corto plazo de bancos internacionales y raros mecanismos como el swap con China. Esto permitiría dejar atrás el fantasma de devaluaciones forzadas y su consecuente impacto en los precios.
  • Inflación: a la vez que fortalece el nivel de reservas y permite tener bajo control el precio del dólar, este ingreso de dólares sustituye la necesidad de emitir para financiar gasto, lo que también contribuye a desacelerar la inflación.
  • Inversión y empleo: Se asegura que gran parte de ese endeudamiento se destinará a inversión pública en obras de infraestructura cuyo impacto, si se cumple la premisa, ayudaría a reactivar la economía (según la teoría del ciclo virtuoso: las obras generan empleo, más trabajadores que empiezan a consumir, lo que a su vez dispara la inversión privada para satisfacer el aumento de demanda de esos trabajadores que ahora consumen más, lo que implica que también los privados generen más empleo y así se va repitiendo el ciclo. Ese crecimiento económico genera más recursos para el Estado por la vía de los impuestos, lo que elimina la necesidad de de emitir aun cuando se aumente el gasto. En definitiva, el  aumento de la inversión es, en rigor, la variable clave para eliminar la inflación).
  • Ingresos de bolsillo: en la medida que todo lo anterior se cumpla, lo cual puede requerir altísimos niveles de optimismo, el Gobierno contaría con más recursos para, entre otras cosas, cumplir sus promesas como la modificación de la escala del impuesto a las Ganancias y no sólo subir el mínimo no imponible, aumentar salarios docentes, aplicar rebajas de IVA y avalar paritarias que impliquen una mejora real del salario y no una caída del poder adquisitivo.

De todo lo anterior podría entenderse que endeudarse es una solución casi mágica que resolverá todos los problemas. Desde ya que no es así: igual que en las cuentas personales, todo depende para qué se use esa deuda y en qué proporción se asuma respecto de los ingresos. En la economía doméstica, pedir un préstamo para pagar el alquiler, las expensas o el supermercado es un despropósito. Es deuda insana. En cambio, pedir un crédito para comprar una vivienda o iniciar un negocio contribuye al crecimiento económico personal; es deuda sana. Desde el Estado, tomar deuda para pagar gastos tan elementales como el sueldo de empleados públicos o, peor, para aumentar la publicidad oficial, es insano. Endeudarse para hacer rutas, puentes, escuelas, hospitales, represas, financiar la investigación contribuye al crecimiento del país. Esta regla, que parece  y es tan obvia, fue ignorada sistemáticamente por los políticos en la Argentina. Y el gran riesgo es que vuelva a ocurrir.

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