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El sex toy ya fue! Los sex bots son tendencia

El sex toy ya fue! Los sex bots son tendencia
Quena Strauss

Por años, los usuarios de muñecas sexuales pidieron “más realismo” y estamos cada vez más cerca de que su sueño ser haga realidad. La duda: ¿y  si prueban con otro humano?

La fantasía de tener sexo con un autómata no es, desde luego, novedosa. La pasión humana por los seres artificiales puede rastrearse hasta incluso antes del surgimiento de las primeras muñecas de goma propiamente dichas, aparecidas en los sesenta. Las denominadas “Venus anatómicas” (unas muñecas de madera o resina utilizadas para que los estudiantes medicina aprendieran la forma y ubicación de cada órgano) fueron tal vez los antecesores de esto que hoy ya pisa fuerte en el mercado del entretenimiento para adultos: los sex bots, o robots sexuales.

La primera data de 2010 y fue presentada con bombos y platillos (eso sí: en ropa interior transparente y negra) en una feria del sector. Se llamó Roxxxy (así de obvia la cosa: con una triple X) y su característica principal era que más allá de cumplir con el protocolo de toda muñeca de goma (boca abierta, grandes pechugas, cola de portaaviones), su piel simulaba a la perfección la textura de la piel humana. Tenía, además, lo que ninguna otra: algo parecido a una personalidad. Por algo sus fabricantes no dudaron en bautizarla  “el primer robot sexual”  y hablar de ella como una verdadera compañera.

La razón: su diseñador, Douglas Hines, se ocupó de hacer de Roxxxy algo más que un maniquí escotado y (desarrollo de inteligencia artificial de por medio), logró que este droide lograse adaptarse a las características elegidas por su comprador. Así, por “módicos”  U$S 7.000 (aun cuando algunos modelos pueden llegar a costar casi U$S 4.000 más, existiendo otros aún más caros), un hombre solitario puede elegir no solo el color de ojos, pelo y piel de su chica bot sino también programarla e interactuar con ella.

True Companion (Verdadero compañero)  es la fabricante del primer robot sexual. Se trata de un robot sexual llamado Roxxxy y de una versión masculina llamada Rocky. Son anatómicamente consistentes con un humano. Los robots de True Companion han sido programados para ser una compañía para su dueño, aprendiendo a través de su inteligencia artificial los gustos y disgustos de su poseedor”, se consigna en la página de la empresa fabricante. “Los robots sexuales True Companion puede escuchar lo que uno dice, hablar, sentir tu toque, mover sus cuerpos, son móviles y tienen emociones y personalidad”.

RoxxXy puede, en efecto, conversar, tocar y ser tocada. Puede incluso  tener un orgasmo (o la mímica perfecta de uno, convengamos). Y en estos seis años transcurridos desde su salida al mercado el gusto por esta clase de tecno amantes, lejos de caer, se ha disparado. Hoy son muchas más las empresas de tecnología abocadas a la fabricación de un droide que luzca y actúe como un humano, pero sin llegar a serlo.  Es que, de alguna manera, estos nuevos productos para adultos cumplen con el más egoísta de los deseos: tener un amante diseñado por uno mismo. Casi el sueño de Onán en 3D.

Tal vez por eso, para Ana Krieger, psicoanalista, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) y autora de Sexo a la carta-Costumbres amorosas del siglo XXI (Editorial Lumen), “lo que estas nuevas formas de sexualidad reflejan es, sobre todo, una clara apuesta a lo auto erótico. No hay otro ahí, sino un remedo bastante logrado de un alguien más que en realidad no es tal”, precisa. Lo que eso nos está señalando entonces, más que un cambio en la erótica, es la imposibilidad de salir de nosotros mismos y de nuestros propios deseos”.   

Los japoneses, pioneros en materia de robótica y dados desde siempre al gusto de confundir humanos con juguetes (la geisha es básicamente eso: una mujer que esconde su piel detrás del maquillaje y su humanidad detrás del aspecto de una muñeca) son también los creadores de Asuna.  ¿Y qué es Asuna? Digamos que un droide que imita el aspecto y la gestualidad de una adolescente de quince años con una efectividad aterradora. Todavía no se la ha programado para cumplir “tareas sexuales” pero ya se sabe que eso es sólo cuestión de tiempo. Para 2050, de hecho, muchos tecno futurólogos auguran el fin de la prostitución por obra y gracia de estos novedosos sexy bots.

En Estados Unidos la fiebre se replica y ya existe una línea completa de mujeres de silicona e inteligencia artificial de la firma RealDolls. En la misma  línea de Roxxxy, estas muñecas extraordinariamente realistas (hablan, gesticulan, se mueven) interactúan con sus dueños de un modo nunca antes visto. Eso sí: no bajan de los U$S 10.000. Y lo más curioso del caso ( o no) tal vez sea que en su forma más avanzada –en ese horizonte de expectativas que algunos fijan en 2017, es decir, en menos de un año- los droides sexuales llegarán a verse y lucir como perfectos humanos.

“Siempre excitada y lista para hablar y jugar”, dice el aviso promocionando a Roxxxy. Cabe preguntarse entonces qué podría depararnos un paisaje futurista en el que humanos y bots lleguemos a convivir dentro y fuera de la cama. ¿Qué clase de relación sería esa? ¿Se puede asimilar al amor un vínculo en el que uno programa al otro, y el otro no es más que puro deseo ajeno en forma de mujer, o de hombre? Hay quienes, como David Levy, autor de Amor y sexo con robots, piensan incluso en la necesidad de nuevas legislaciones que contemplen este fenómeno nunca antes imaginado: humanos enamorados de máquinas, y hasta puede que máquinas “enamoradas” de humanos.

Para Krieger, en cambio, no hay nada realmente amoroso en una relación así de especular, en donde uno es el que compra, elige, programa. “En un mundo lleno de personas, elegir a un robot sexual es no querer tener que lidiar con todo lo que implica el contacto con un  humano:  riesgo, incertidumbre, negociación, etc. Es, en cierto modo, comprar la parte rosa de una relación…sin tener una verdadera relación, claro”. ¿No nos une el amor, sino el espanto? Eso mismo, seguramente porque lo segundo es tanto más fácil de conseguir que lo primero.

 

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