Natalia Levi recorrió un largo camino para tener a sus dos hijos: cinco tratamientos de fertilidad, dos pérdidas de embarazos y uno ectópico que casi la mata. Hoy cuenta su historia para transmitir esperanza.

Subió al avión y apretó los dientes. Fuerte. Casi como si pudiera fundir sus maxilares en uno. A upa su hija Morena le recordaba que tenía que resistir al dolor hasta llegar a Buenos Aires, que no podía aflojar, que faltaba menos para volver. Era mediados de 2014 y Natalia Levi había estado visitando a su hermana y sus sobrinos en Houston, Estados Unidos, durante diez días. Esa escapada era también, un envión antes de empezar otra vez: tras el camino sinuoso que la había llevado a convertirse en madre, volver a intentarlo era como poner un pie en una ciénaga.

Se había puesto de novia a los 19, se había recibido de licenciada en Nutrición a los 24, a los 27 pasó por el altar y a los 30 tenía pensado ser mamá. Todo transcurría sin traspiés ¿Por qué algo habría de salirse de control?

Empezaron a buscar y el embarazo no llegaba. Se hizo experta en fechas de ovulación y otros trucos para lograr la concepción. Tenían el tema en la cabeza, pero no pasaba nada.  Se hicieron análisis y estaba todo bien, los espermatozoides de su marido, su ovulación, algo perezosa pero que respondía a alguna pastilla de estimulación Corrían los meses, sus amigas empezaban a embarazarse y ella seguía llorando con cada menstruación. Pronto todas estaban en la dulce espera y ella se sentía caer por un pozo sin fondo. A la angustia se sumaba la culpa por no poder compartir la felicidad.

Tal vez por eso y porque pensó que cambiar de vida le sentaría bien, aceptaron una oferta laboral y con su marido se mudaron a Corrientes. Él trabajaría y ella pondría todas sus energías en ser madre; como si dependiera de su fuerza de voluntad.

A penas llegaron se ocupó de conseguir un médico. Durante tres meses se abocaron a intentarlo con relaciones sexuales programadas con alguna estimulación de los ovarios; y nada. Después fue hacer tratamientos de baja complejidad (una inseminación): dos en Corrientes y uno más en Resistencia, Chaco, ciudad vecina. Tampoco pasó nada.

Fotos hijos Natalia Levi

El médico la había convencido de que haciendo una laparoscopía exploratoria en Buenos Aires descubrirían cuál era el problema. Viajó especialmente, pero a pesar de la operación no hubieron revelaciones.

“Mi vida estaba paralizada, todo era en torno a las fechas de los tratamientos, a los horarios de las inyecciones, vivía con un nudo en la garganta, nada lograba desconectarme del tema. Para ese entonces ya varias de mis amigas iban por su segundo embarazo y yo nada…”, recuerda ahora.

Entonces un movimiento externo los ayudó a seguir: volvieron a vivir a Buenos Aires por razones laborales y encararon el primer tratamiento de alta complejidad (una fecundación in vitro).

La “Beta-espera”, esos quince días entre que se hace el tratamiento y se sabe si hay o no embarazo, la mantuvo es una burbuja sin fuerza de gravedad. Después, con el resultado, creyó morir de tristeza. Se encerró, no podía hablar con nadie del tema, todo el tiempo tenía ganas de llorar, no trabajaba, su vida estaba paralizada.

Necesitó tres meses para respirar y volver a tomar fuerzas. Se preparó “mental y espiritualmente” para el próximo intento de alta complejidad. En febrero de 2012 le transfirieron dos embriones. Uno de ellos es Morena.

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Natalia no podía caminar del dolor, por lo que se quedó sentada durante todo el vuelo con los ojos entrecerrados, mientras una azafata la ayudaba con Morena de un año y medio.

Al llegar estuvieron dos horas en Sanidad y volaron a una clínica: tenía un embarazo ectópico (cuando el embrión se implanta fuera del útero) que le produjo una hemorragia y si no la operaban en ese instante podía morir (la palabra embarazo hizo que su marido llorara de felicidad, hasta que se dio cuenta de la paradoja).

Natalia se salvó por un pelo. Y perdió su trompa de Falopio derecha.

Casi muere. Pero decidió volver a intentarlo, aún con sólo una trompa, seis meses después.

Al poco tiempo el test de embarazo dio positivo; pero era un embarazo “químico” (que se detuvo en seguida).

Tres meses más y volvieron las buenas noticias. Pero esta vez se lo tomó con apatía: la idea de un final feliz le parecía irreal. El embrión no se veía, pero el nivel la hormona que indica embarazo seguía aumentando. Pasaron los días, las semanas y el embrión resistía. ¿Cómo no aferrarse a lo que a esa altura le parecía una loca ilusión?

Una loca ilusión que se abrió paso hacia la vida y que nueve meses más tarde se llamó Matías.

(NOTA: Como Natalia vos también mandanos tu historia con fotos a podresermadre@gmail.com)