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Hijos nacidos por tratamientos: ¿Hay que contarles la verdad?

Hijos nacidos por tratamientos: ¿Hay que contarles la verdad?
Luciana Mantero

La mitad de las parejas que tienen hijos con donación de óvulos no le cuentan a sus hijos la verdad sobre su origen. Psicólogos y médicos argumentan por qué siempre es mejor decir la verdad y cómo esto fortalece el vínculo de amor entre padres e hijos.

 

De acuerdo a la única encuesta hecha en Argentina la mitad de las parejas que tienen hijos por donación de óvulos no les cuenta a sus hijos la verdad sobre su origen. Los médicos especialistas sostienen que la misma tendencia se da en el caso de niños concebidos con donación de espermatozoides e incluso con gametos propios, mediante técnicas de reproducción asistida (TRHA).  En esta nota de #BORDER, psicólogos y médicos argumentan sobre por qué es fundamental hablar con los niños sobre su origen.

Entre mayo y noviembre de 2011, el doctor Adan Nabel y el psicólogo Darío Fernández del Centro de Estudios de Ginecología y Reproducción (CEGyR) encabezaron una encuesta -la única conocida hasta ahora en el país- sobre las receptoras de óvulos que habían llegado a ser madres a partir de tratamientos en ese centro. Fue una investigación anónima procesada por Opinaia, una encuestadora independiente. Se consideraron las respuestas de 115 mujeres (la gran mayoría de entre 40 y 49), de parejas heterosexuales que habían concebido su hijo mediante ovodonación en CEGyR entre los años 2000 y 2008 (los niños tenían para entonces entre 11 y 3).

familia

Entre ellas el 9 % ya le había contado la verdad sobre su origen, el 37 % pensaba hacerlo en el futuro, el 24 % no pensaba contarle, el 20 % no lo tenía decidido y el 10 % ni siquiera lo había pensado.

El 70 % de quienes les habían contado a sus hijos que habían sido concebidos con un óvulo donado o pensaban hacerlo, indicaban que la edad ideal para hacerlo era a partir de los 8 años.

Quienes decidieron no contarles la verdad a sus hijos sostenían no hacerlo por temor al daño psicológico, porque ellas eran sus mamás reales (y entonces no hacía falta), por temor a que no las consideraran sus verdaderas madres, a que se sientan distintos, a que las quieran menos, a la discriminación social, a que sus hijos quieran conocer a su donante.

“En general los padres cuentan a sus hijos, infinidad de veces, aspectos sobre su origen, el embarazo, el nacimiento y su niñez. Este compartir la información sobre cómo se fue construyendo la familia es parte importante en la constitución de la identidad de una persona. ¿Por qué privarse de la alegría de contarle a un hijo cuánto se lo deseó y buscó, de lo felices y orgullosos que están de haberlo tenido, a pesar de las vicisitudes involucradas? ¿Son las TRHA pivotes negativos en el bienestar de una familia? ¿O es la seguridad y tranquilidad que esos padres sientan respecto a su decisión, lo que inevitablemente van a transferir (aun cuando no lo digan en palabras) a sus hijos?”, se pregunta la doctora en psicología y especialista en infertilidad y conformación de familias, Leticia Urdapilleta. Y agrega: “Cuando hubo gametas donadas involucradas en el proceso reproductivo, estas familias tienen que realizar un proceso adicional, de redefinición a categorías más actuales del constructo familia. Los futuros padres, luego de la necesaria etapa de duelo, sufren una transformación y evolución hacia la realidad de la paternidad, allí donde la responsabilidad, el amor y la confianza deben ser factores fundamentales donde asentar su función paterna. En este contexto se inscriben los beneficios de la apertura acerca de su origen al niño, facilitando la construcción y el cuidado de un vínculo saludable y seguro de las relaciones familiares”.

El tema de decir la verdad a los niños nacidos por THRA “es tema muy personal y cultural, lleno de prejuicios, pero que ha ido cambiando con el tiempo – afirma el doctor Marcos Horton, codirector del centro Pregna-. Principalmente porque los cambios socioculturales de las últimas dos décadas especialmente han llevado a que la mujer postergue su maternidad y entonces hay mucha más infertilidad que antes, y más conocimiento en la sociedad del problema. Con esto, más aceptación respecto de la donación de gametas en general, y una apertura mayor de la gente a contarles a sus hijos. Diría que hace quince o veinte años -sigue Horton- era muy raro que la gente le cuente la verdad a sus hijos nacidos de donación de gametas (tal vez un diez o veinte por ciento lo hacía). Hoy es un cuarenta o cincuenta lo cuenta, pero todavía cuesta”. Este médico sostiene que esto tiene que ver también con el avance en el reconocimiento del derecho a la identidad y de la tecnología: “Ya se puede averiguar el genoma completo de una persona con una gota de saliva o un poquito de sangre, así que el anonimato va a pasar a la historia”.

La primer persona nacida por una técnica de reproducción asistida en 1978, en Inglaterra.

La primera persona nacida por una técnica de reproducción asistida en 1978, en Inglaterra.

El nuevo código civil en sus artículos 563 y 564 habla del “derecho a la información de las personas nacidas por técnicas de reproducción asistida” y establece que esta debe constar en un legajo al que el niño puede acceder al ser mayor.

Por su parte Estela Chardón, de la ONG Concebir y mamá de dos adolescentes nacidas a partir de una ovodonación, afirma: “Todos los niños exploran en algún momento el origen de su vida, se interesan por saber si estuvieron en la panza de su mamá, de qué manera llegaron a la vida de sus padres. A veces la respuesta es compleja porque se trata de embarazos no buscados o no deseados. Pero cuando los hijos nacen por TRHA también necesitan conocer su historia, porque es el origen de su vida y porque seguramente la búsqueda y el deseo de tener un hijo que no llega naturalmente, deja huellas en la forma de criarlos, de vincularse con ellos. Fueron hijos muy deseados y esperados. Y es su historia también”. Para Chardón, en el caso de la donación de gametos el decir la verdad se vuelve crucial. “En caso de ocultar esta situación, el niño crecerá creyendo que está vinculado genéticamente a familia y no lo está. Buscará parecidos y seguramente los encontrará, pero esto no tendrá ninguna relación con la genética. Preguntará por las enfermedades de su familia pensando o imaginando alguna vulnerabilidad, y eso tampoco será válido. Pero por sobre todo sentirá, de algún modo, que hay algo oculto en su historia. Los niños observan, están atentos, preguntan, comparan las respuestas, sacan sus propias conclusiones. Si se guarda un secreto algo no cerrará, algo no coincidirá, algo siempre se filtra y corroe la confianza”.

Para la psicoanalista y especialista Laura Wang, “es por el amor que sienten los niños hacia sus padres, que los niños le dan crédito su la palabra, le dan valor a aquello que sus padres le cuentan. Desde allí la importancia de decir la verdad. Por amor; no hay otro motivo. No hay que pensarlo solamente desde el lugar que ocupa la responsabilidad de ser adulto. Si los padres les mienten sobre las particularidades de cómo llegaron al mundo, ponen en juego el amor y la confianza (devenida de ese amor) que sus hijos sienten por ellos”.

Pilar Regalado es doctora en psicología y directora del único programa de Identidad Abierta del país en el centro Reprotec, mediante el cual los donantes acceden a que se les den sus datos a los niños nacidos con la donación de sus gametos cuando sean mayores de edad, si así lo piden. “Poder conocer o no la identidad del donante de gametos -dice- es un tema de debate a nivel internacional. En lo que sí parece haber un consenso es en la importancia de decir la verdad acerca del origen del nacido. El origen genético es parte de la historia de cada individuo y es importante poder conocer esta parte de nuestro pasado”.

Ver comentarios (1)

1 Comentario

  1. carlos

    20 ago 2016 at 11:46 pm

    los chicos de hoy en dia se dan cuenta de todo y en cualquier momento pueden preguntar lo mas doloroso es decirselo , hay que tener mucha paciencia para encarar esa situacion

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Luciana Mantero
@@lumantero

Periodista, Lic. en Ciencias de la Comunicación. Me especialicé en periodismo narrativo y disfruto de las notas fuera de coyuntura. Lectora voraz, cuando mis dos hijos me dan respiro. Autora de "Margarita Barrientos, una crónica sobre la pobreza, el poder y la solidaridad" (Capital Intelectual, 2011) y "El deseo más grande del mundo" (Paidós, 2015). He escrito y escribo para Clarín, La Nación Revista, Anfibia, Página/12, La Agenda, entre otros.

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