Género

#8M: el calvario de las mujeres que trabajan de noche

#8M: el calvario de las mujeres que trabajan de noche

Cuando Buenos Aires parece irse a dormir son muchísimas las mujeres que salen a trabajar. Lo que pocos conocen son los artilugios que deben hacer para llegar a sus casas sanas y salvas: taxis por 3 cuadras, corridas desesperadas hasta la parada del colectivo, novios/hermanos/amigos a los que se les pide ayude. Así viven las mujeres argentinas hoy.

CALLE OSCURA

A sus 25 años, Milka trabaja de camarera en un bar de Palermo, por Cabrera y Thames, de 18 a 24. Cada noche, cuando llega la hora de salida, pone el celular en silencio para guardárselo en el corpiño y saca las tarjetas de la billetera, donde solo deja unos pesos por si alguien la intercepta en el camino a su casa.

“A veces no es tanto el miedo a que me roben, sino que está lleno de pibes que te empiezan a gritar y no sabés qué te pueden hacer cuando están ebrios y en grupito, cuenta. Así es su ritual de todas las noches: sale del bar, se toma el 55 y cuando se baja en Barrancas, si esa noche tiene suerte, la espera su mamá con su perra para volver juntas caminando. Sino, las cuatro cuadras las hará sola, deseando llegar rápido a casa.

Recién lleva 15 días en ese trabajo y ya tuvo varios episodios violentos. “Cuando pase un mes no quiero ni saber las anécdotas que voy a tener”, agrega. Hace unos días que evita tomarse el 55 en el que viajaba siempre. “El colectivero con el que vuelvo a casa es por lo general el mismo. Me hace pasar siempre gratis. Le insisto en pagar y no me deja –cuenta-. Me bajo donde termina el colectivo y muchas veces soy la última. La semana pasada, tipo 12.40, me agarró del brazo y me pidió si le daba un beso”.

Ella le dijo que no y se bajó, caminando rápido hacia donde había gente. “Me dio miedo y me sentí muy incómoda, porque encima tengo que verlo siempre. Por suerte hace unos días no me lo cruzo”. Ahora Milka toma un recaudo más: ya no sube al colectivo en ese horario. Espera el anterior o el que llega después.  

Celeste, que a sus 26 años trabaja en una empresa de sistemas y estudia psicología, cuenta que cuando trabajaba de noche se llevaba los destapadores abiertos en el bolsillo. “Siempre me mentalizaba: si me querían robar no iba a oponer resistencia, pero si me querían violar los iba a usar”. Por lo general salía a las 3AM y le pedía a algún compañero que caminara con ella hasta la avenida Santa Fe.Al principio tomaba taxis – dice– prefería perder la propina de una mesa de cuatro, que correr el riesgo de que me robaran toda la plata del día”.

A Bárbara, de 28, la siguió un chico en bicicleta hasta la puerta de su casa. “Dio una vuelta medio rara con su bicicleta y se metió en contramano. Me interceptó en la puerta de mi casa cuando yo estaba sacando las llaves y me mostró el pene. No supe bien cómo reaccionar. Lo único que hice fue no abrir la puerta de mi casa, esperar a que se fuera y pensar qué era lo que realmente quería ese chico. Esa fue una de las escenas más feas que me tocó vivir en la calle”. 

Las historias se repiten. Cada una con sus particularidades, pero con un factor común: el miedo. Todas las entrevistadas le contaron a #BORDER que se sienten inseguras en la vía pública. ¿Por qué las mujeres no pueden caminar tranquilas por la calle?

En la Argentina hay 50 ataques sexuales por día. Durante 2015 se observaron 3746 violaciones, según la estadística nacional de delitos (cifra que representa una tasa de violaciones de 8,7 cada 100.000 habitantes). En 2015 hubo 13.520 víctimas de delitos sexuales, sin contarse las violaciones consumadas.

Sin embargo, el país todavía no tiene datos estadísticos que den cuenta del temor e inseguridad que experimentan las mujeres. Solo hay data parcial o esporádica. La Casa del Encuentro o la UFEM (unidad del Ministerio Público Fiscal especializada en violencia de género) hasta el momento han podido contabilizar sólo los femicidios. Tampoco el Consejo Nacional de las Mujeres maneja números sobre este tema, y mucho menos la Oficina de la Mujer de la Corte Suprema de la Nación.

Aunque no tenemos números que lo grafiquen, conocemos qué estrategias aplican las mujeres a la hora de transitar en las ciudades. Es común que: confirmen la llegada a su casa a una amiga, que las amigas tomen nota del taxi o el horario que toman el bondi; que tomen clases de defensa personal; que compren gas pimienta y lo lleven en sus carteras”, explica Miriam Bobadilla, del Centro de Atención de Niñez, Adolescencia y Género de la Defensoría del Pueblo.

Ser mujer y transitar por la ciudad es una cuestión de riesgo, hecho que se incrementa si es de noche y la misma no tiene, por ejemplo, buena iluminación o pocas variantes de transporte público, entre otros factores”.

No toda pasa en plena Ciudad de Buenos Aires. Cuando Rocío, de 33 años, llega a su casa en Lomas de Zamora de noche, muy tarde, siempre llama a su familia mientras revisa la casa en la que vive sola para cerciorarse de que no haya entrado nadie. Con su mamá o papá al teléfono pasa por el cuarto, la cocina, el living. No corta hasta no haber revisado todos los recovecos. Así siempre. Cada vez que es tarde.

Vera, a sus 27 años, tampoco se siente segura. Cuando sale a las 21 del ministerio de la Nación en el que trabaja, en la zona de Plaza de Mayo, se toma un colectivo a la casa y le pide al hermano que la busque. “No me siento segura en ningún lado pero menos en provincia”. Cuando tiene que ir sola, corre todo el trayecto a la casa.

“Si salgo y vuelvo después de las 12, me tomo un colectivo hasta Lope de Vega y Beiró. De ahí me subo a un taxi para no cruzar la General Paz y evitar caminar esas cuadras”.

Además, cuenta que cuando salía tarde de la facultad tenía que cruzar un puente que estaba arriba de una vía. “La zona era bastante oscura, así que me tomaba un taxi desde la facultad hasta la parada siguiente de colectivo, que era a cuatro cuadras, y desde ahí recién me tomaba el colectivo a casa”.

Está claro: las ciudades no son percibidas ni transitadas de la misma manera por hombres y mujeres. Según el Primer Índice Nacional de Violencia Machista (noviembre 2016) un 97% de las argentinas manifiesta haber sufrido acoso en espacios públicos o privados.

El taxi es una cuestión aparte. ¿Es más seguro? ¿Conviene pedirlo o tomarlo en la calle? Todas los testimonios recogidos por #BORDER confirmaron que varias veces el taxi fue la solución a esa sensación de inseguridad que tenían de noche. 

Algunas lo toman en la calle, otras solo eligen radiotaxis. Aunque todo es azaroso, y a Celeste le tocó experimentarlo: “Hubo un taxista en particular que iba muy lento y tomó otro camino del habitual. Empezó a contarme de sus experiencias sexuales y a preguntarme sobre las mías.  Como yo me negaba a darle información, se burlaba y hacía referencias a que seguro yo ‘la pasaba muy bien y me hacía la santa’.  Fue una situación donde él tenía el control por completo y me lo demostraba. Yo tenía 18 años, ni se me ocurrió bajarme del taxi en cualquier lado a las 4AM, aunque seguramente ahí estaba más en peligro que en la calle. Por suerte no pasó más del acoso verbal”. 

taxista interpolEl episodio bien podría haber terminado como el caso de Manuela, la joven que hace poco fue violada en un radiotaxi Premium que ofreció llevarla a la casa a la salida de un bar en Colegiales. El conductor está prófugo y ella está estudiando Derecho para ayudar a las chicas en situación de vulnerabilidad

Dentro de Argentina, Rosario es la única provincia donde se puso en práctica el programa “Ciudades Seguras: violencia contra las mujeres y políticas públicas”, a cargo del Área de la Mujer, la Red Mujer y Hábitat de América Latina (CICSA) y la oficina de Naciones Unidas para la Mujer (Unifem).

Se encontraron con que el 71% de las encuestadas rosarinas se sienten inseguras en la vía pública y que casi un 40% de las mujeres prefieren que las acompañen o esperen en las paradas de colectivos. Otro 33% responde que se sienten en riesgo a veces, durante la noche o cuando las calles están solitarias.

Algunas de las situaciones que más denunciaron sufrir en las calles o mientras esperaban el colectivo fue el robo/arrebato y acoso verbal. Del transporte público destacaron las “apoyadas” y el acoso físico. En su gran mayoría estos casos no fueron denunciados.

Ana faluAna Falú, integrante de la iniciativa, confirma en su publicación “Mujeres en la ciudad: de violencias y derechos” que por causa de la inseguridad, las mujeres —y no así los hombres— modifican sus rutinas cotidianas, los lugares por donde transitan y los horarios en los cuales circulan.La medida más frecuente que utilizan las mujeres para enfrentar la seguridad es limitar sus movimientos y acciones con mayor intensidad que los hombres. Situación que representa pérdida de libertad”.

Remarca que, por temor, limitan el uso y apropiación de la ciudad. “Son ellas las que arbitran estrategias individuales evitativas de determinados lugares del barrio o de la ciudad. Estas conductas son naturalizadas y, en consecuencia, en muchos casos sus causas son ‘invisibilizadas’ y no reconocidas ni siquiera por las propias mujeres que las vivencian”, cuenta Ana.

Mientras tanto, la antropología ya encontró un nombre para identificar estas conductas: “los espacios que nos negamos”Son los lugares a los que las mujeres renuncian o por los que circulan porque forman parte de su vida cotidiana, pero que están mediatizados por miedos.

La medida más frecuente que utilizan las mujeres para enfrentar la seguridad es limitar sus movimientos y acciones con mayor intensidad que los hombres. En el fondo, ser menos libres.

Bárbara le contó a #BORDER que se siente muy insegura en la calle y que tuvo varios episodios en los que llegó a su casa agitada del miedo que tenía. “Me agarró una especie de fobia. No quería estar sola en la calle. No quería ni caminar siquiera dos o tres cuadras. Hasta mi pareja se dio cuenta y decidió empezar a buscarme”.

Cosas que evidentemente pasan en Buenos Aires, Rosario y hasta en Francia, donde hicieron un corto que resume a la perfección lo que siente una mujer cuando camina tarde, sola, de regreso a casa.

Mujeres que temen porque no tienen la seguridad garantizada. Mujeres que sienten el mismo peligro en una vía, un túnel, una calle solitaria. ¿Hasta cuándo?  

 

Ver comentarios (2)

2 Comments

  1. Gustavo REMESVENTSKYTSKTY

    27 mar 2017 at 5:09 pm

    Exactoo Carlo, exacto, los albañiles generalmente boliguayos son muy ordinarios y someten a las ninfas al acoso verbal mas chabacano.

    Vivo cerca de una obra en construccion y escucho las barrabasadas que les dicen esos antropoides a las pobres damas que deben pasar por alli.
    “Te paso el fratacho, mamaza” o “te cemento esas cachas”, son las más livianas.

    Ni siquiera mi tia a sus 82 años se salvó de los improperios de esos salvajes que ven con lujuria las enaguas que asoman debajo del vestido que suele usar para ir a comprar alpiste para su canario Tito.

  2. carlos

    09 mar 2017 at 2:42 pm

    desde los colectiveros , los taxistas , camioneros usan el clasico silbido piropero y ni te digo los albañiles de las obras de costruccion de edificios de departamentos . son muy ordinarios

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