Mientras Maduro avanza con su tinte dictatorial que el mundo rechaza y las muertes y detenciones políticas no cesan, ante el espanto de la comunidad internacional, los venezolanos que no quieren o no pueden huir de su país viven el día a día como una hazaña. Videos exclusivos de las pequeñas luchas por la comida, el combustible, la información y hasta por la basura. La insólita caja estampada con la imagen de Chávez y productos mexicanos que vende el Gobierno.

 

Nicolás Maduro confiesa fantasías de dictador.

Nicolás Maduro confiesa fantasías de dictador.

No es novedad que la calidad de vida de los venezolanos ha desmejorado notablemente. Pero la frase suelta no da dimensión de las innumerables dificultades que el día a día depara a los habitantes del país gobernado por la locura de Maduro. A la inseguridad, la violencia política y paraestatal, a la impunidad y las violaciones de los derechos humanos y el orden institucional se le suman los males que azotan las calles y las casas de quienes viven allí. La vida cotidiana es eso que sucede entre el desabastecimiento y las filas interminables para todo, entre la escasez y el bajísimo poder adquisitivo de la gente, entre las protestas y la basura.

Primero: El calendario.

Hoy en día el venezolano común se despierta y busca el calendario indicado por la MUD -la Mesa de la Unidad Democrática, que nuclea a desgastados partidos opositores- para saber si ese día convocaron marcha, programaron un trancazo o alguna otra original protesta. Los trancazos son lo más similar a enormes piquetes que se reproducen en todo el país, a la vez, y consisten en cortar las calles con lo que se tiene a mano, en ocasiones, quemando de basura hasta vehículos e incluso construyendo barricadas de cemento en los frentes del corte.

Segundo: Los teléfonos.

Mientras se debate entre salir a trabajar, a protestar o quedarse en casa a resguardo de los convulsionantes acontecimientos, es bombardeado con cientos de noticias y rumores por las redes sociales, el único medio a través del cual se puede mantener informado sobre lo que realmente está pasando, ya que los medios de comunicación tradicionales están casi en su totalidad censurados o cooptados por el régimen. Y allí enfrenta la primera traba: el internet falla constantemente, amenazando con dejar incomunicado a todo un país, aún cuando las tarifas de la telefonía celular cada día son más altas e inaccesibles. El Gobierno acaba de rechazar el enésimo aumento de compañías como Movistar o Digitel, que amenazan con irse del país. Mantener un celular activo puede llegar a costar hasta 30 mil bolívares, lo que representa un cuarto de un salario mínimo y, como verán más adelante, un riesgo ante la policía. El servicio de internet es más económico pero es como pagar por nada, debido a su extrema lentitud y reiteradas fallas.

Tercero: Las filas.

Si decide salir de casa, al ciudadano venezolano lo espera desesperar en la espera. Sea para la odisea del transporte público que todos sueñan evitar o cualquier trámite mundano deberá permanecer durante horas en una cola interminable. Y no podrá evitarlo, porque hasta para comer deberá formarse, si aspira a adquirir alimentos a precio “regulado”. La opción sin filas es prohibitiva: comprar en los revendedores callejeros que ofrecen productos fraccionados o a granel a un precio hasta cinco veces mayor al que le corresponde. No habrá que moverse demasiado: los bachaqueros, como se les llama a los feriantes informales, se han instalado en cada esquina, semáforo o plaza. Incluso en las veredas de los más exclusivos barrios residenciales. La reventa usualmente es de lo que sobra o de lo que puede conseguirse en el exterior, que se remata para comprar lo necesario.

Varias horas más se perderán si se tiene la desdicha de deber encarar la búsqueda de medicinas, recorriendo farmacias vaciadas en vano. La norma de cualquier negocio es tener los anaqueles vacíos, en un preludio del incesante cierre por desabastecimiento o quiebra. Algunos negocios abren porque la mera rutina da cierta sensación de normalidad a sus dueños y trabajadores.

Cuarto: Los plantones.

Pero esa normalidad es escasa en Venezuela. La cotidianeidad son los plantones nacionales -grupos de gentes que se paran en accesos clave para frenar el tránsito, al extremo de paralizar el país. Esa forma de protesta es una novedad de los últimos meses y encarna la rebelión civil que ya suma 121 días consecutivos de protesta, con un saldo sangriento: las cifras conservadoras marcan más de un muerto por día. 153 muertos -10 en el domingo de elecciones- y otros dos mil heridos, según cifras que actualiza cada minuto la fiscal general de la República, Luisa Ortega Díaz, quien expresó su rechazo a la Asamblea Nacional Constituyente que juraba ante Maduro al cierre de esta nota, a pesar del tardío pedido papal.

Quinto: La basura.

Mientras los días avanzan el país parece retroceder y caer en literales ruinas. Escombros cubren las avenidas, la basura inunda las calles y la mendicidad aumenta desmedidamente. Postales de guerra silenciada.  Ante cada trancazo, lo quemado queda, se hace capas.

El transporte público es escaso e inseguro por la falta de mantenimiento. Las calles están poco iluminadas, llenas de huecos y se vuelven un peligro para quienes circulan por ellas. La vía pública es de la desesperación. Cientos de personas buscan alimento entre bolsas de basura que sobreviven las quemas, hurgando entre la suciedad con la finalidad de encontrar alguna sobra que permita llenar su estómago vacío. Familias completas salen en un doloroso tour de la miseria que se volvió rutina de muchos para sobrevivir.

El bolsillo del venezolano cruje con la velocidad de un derrumbe. La hiperinflación está desatada. Esta cronista de #BORDER debió actualizar las cifras cinco veces, durante el jueves, por cada suba del dólar que se disparó en la víspera de la consagración del plan anticonstitucional de Maduro y su asamblea. La divisa estadounidense ya araña los 19.000 bolívares. Hace tres días cotizaba a 13.000. No sería sorpresa que al publicar la nota haya tocado otro pico.

El sueldo mínimo es el más bajo de toda América latina, hundido en sus escasos 5 dólares con 30 centavos mensuales. 18 centavos de dólar de jornal.

Sexto: Las cajas de Chávez.

La caja social que vende el gobierno venezolano, con la cara de Chávez.

La caja social que vende el gobierno venezolano, con la cara de Chávez.

El asistencialismo de Maduro, indispensable, también escasea. Ya se nota faltante de las bolsas o cajas CLAP -nombre que proviene del Comité Local de Abastecimiento y Producción- que el Gobierno ha prometido al pueblo como placebo que ni llega a la mayoría de los hogares.

Las cajas o bolsas del CLAP contienen productos que en su mayoría son importados de México: lentejas, caraotas (porotos negros), atún, harina de maíz, leche en polvo, pastas, salsa de tomate, mayonesa. Poco más, salvo el detalle grotesco de la cara sonriente de Chávez como sello. Para adquirirlas, el ciudadano tiene que estar inscripto en el Concejo Comunal, tener el Carnet de la Patria -que significa estar afiliado al partido del Gobierno, el PSUV, Partido Socialista Unido de Venezuela. La falsa dádiva es chavista o no es. Falsa, porque el paquete tiene un costo monetario de 10.000 bolívares y otro político: muchos venezolanos expresaron que han sido amenazados con quitarles el privilegio de recibirlo si no participan en las elecciones o actividades que organiza el partido oficialista. Clientelismo extremo.

En Venezuela falla el suministro de agua, son comunes los cortes de electricidad que duran varios días consecutivos, y se ha convertido en una verdadera odisea conseguir repuestos para el auto. Comprar ropa se convirtió en lujo, como comer en un restaurante o ir al cine.

Séptimo: La gasolina.

Meca petrolera al fin, lo único baratísimo es la nafta, que cotiza a 3 centavos de dólar el litro, el precio más bajo del mundo. Para tener un parámetro de la distorsión: una botella de agua mineral cuesta lo que diez tanques llenos de combustible. Pero ni eso es sencillo de conseguir: cargar gasolina es una tarea titánica, porque el abastecimiento interno falla y se generan largas colas en las estaciones de servicio con esperas de hasta tres horas para llenar un tanque.

Estas son solo algunas de las muchas dificultades que lamentablemente se han convertido en lo cotidiano para quienes viven en el país caribeño y son casi imposibles de asimilar para quien no las ha experimentado. ¿Quién se podría imaginar que el país con mayores reservas probadas de petróleo del mundo llegaría a estos extremos de pobreza y hambruna? A pesar de la cantidad desbordante de dinero que entró a tierra venezolana durante los últimos años, la crisis institucional, política y humanitaria parece no detenerse. Los líderes políticos sufren detenciones arbitrarias y Maduro endurece su discurso hasta coquetear con la idea de asumirse como el dictador que refleja.

La imagen de la detención del opositor Leopoldo López remite a la dictadura argentina.

La imagen de la detención del opositor Leopoldo López remite a la dictadura argentina.

Las imágenes de opositores detenidos en pijamas por grupos de tareas oficiales rememoraron a las prácticas de la dictadura argentina y dieron la vuelta al mundo. Pero lejos del paraguas que la atención internacional podría suponer, millones de venezolanos son reprimidos solo por manifestar y ya hay cerca de 500 presos políticos, según la ONG Foro Penal Venezolano. La policía requisa en las calles, los servicios de inteligencia detienen sin dar paraderos y espían, y los grupos paraestatales golpean y fusilan. El mayor miedo para hacer esta nota era que alguien que haya filmado algo fuera descubierto, antes de volver a su hogar, con material en su celular que disgustara al poder.

Octavo: El sueño.

El último escollo de la rutina insoportable de un venezolano hoy en día es poder conciliar el sueño. Saber que los propios no fueron víctimas de la delincuencia común y cada vez más violenta o de las fuerzas de un Estado que actúa desde lo ilegal. Saber que nadie enfermó porque no hay cura. Saber que nadie se fue del país porque no hay futuro. Y finalmente, poder acostarse y soñar con que todo podrá estar mejor. Para mañana volver a empezar.