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La flor: cómo se ve una película que dura 14 horas (y se sobrevive para contarlo)

La flor: cómo se ve una película que dura 14 horas (y se sobrevive para contarlo)

El tercer largometraje de Mariano Llinás, ganador del 20° BAFICI, es una maratón y, a la vez, una experiencia inolvidable que, a pesar de todo, vale la pena ser vivida. Hamburguesas de lentejas, escorpiones y calidad inusual de cine argentino.

 

Primero los datos duros: La flor, tercer largometraje de Mariano Llinás, de 14 horas de duración -ok-, fue elegida por el jurado como la película ganadora de la vigésima edición del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI). La flor, en principio, engaña porque consta de seis historias: cuatro que comienzan y no tienen final, una quinta que empieza y termina y la sexta que comienza por la mitad y también finaliza, dando cierre al (y nunca mejor puesta una palabra) largometraje.

Esas seis historias sólo tienen en común a sus protagonistas, las actrices del grupo de teatro independiente Piel de Lava: Pilar Gamboa, Elisa Carricajo, Laura Paredes y Valeria Correa. La flor se proyecta en tres partes: la primera de cuatro horas de duración con un intervalo de 15 minutos, la segunda de seis horas con dos intervalos y la tercera que completa las catorce horas, también con dos intervalos.

Someterse a mirar una película de estas características es una experiencia en sí, que vale la pena dada la calidad de lo que se ve. A continuación, una descripción en primera persona de cómo es ver La flor.

Primera parte

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La proyección empezaba a las 13:30 horas, por lo que se imponía un almuerzo antes. Antes de comenzar, Llinás dio algunas pistas de cómo se vería su película: “El primer intervalo viene con la película ya avanzada, así que si no fueron al baño antes, en el momento en el que aparezcan unos escorpiones no se levanten de su asiento, ya que el intervalo está por llegar”. Empezó la primera de las partes (una historia Clase B) con su final “abierto”, empezó la segunda (un musical) y el tiempo fluía como si nada: tal era la enorme factura del film.

Chequeé el reloj por primera vez e iban dos horas y media: la duración normal de una peli “larga”. Enseguida aparecieron los escorpiones y el intervalo. Al regreso del baño a la sala, unas chicas apuraban unas hamburguesas de lentejas desde un tupper. Otros volvían con café, y nada relacionado a la duración era grave. Finalizó la película con un cartel de “Continuará” y todo el mundo satisfecho y contento.

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La segunda parte de La flor empezaba a las 18:30 horas. Con seis horas por delante, la cena debía transcurrir en la sala, por lo que un tupper con unos sándwiches más un agua mineral y unos M&M de postre fueron escondidos en la mochila. Otra vez, antes del inicio, Llinás anticipó los intervalos: “El primero viene tras un monólogo donde se habla de estrellas y el segundo cuando aparecen unos chinos.

El primer ataque de hambre vino antes de la primera pausa dentro de esta película de espías (toda la segunda proyección es de esta película), pero justo arrancó el monólogo, por lo que la cena fue al volver a la sala, baño de por medio (una clave, la ida al baño no se negocia, ya que no hay nada más feo que tener ganas en el medio de una película, y más de esta extensión). Al volver a la sala, un pibe apuraba unos mates parado con la idea de estirar las piernas. Tras el segundo intervalo, sin café, hubo un par de cabezazos que no lograron transformarse en sueño hecho y derecho. Las imágenes ayudaron: era una filmación de la llanura siberiana nevada, con una fotografía hermosa pero que cansaba, más allá de que cabecear en una película de seis horas es una acción más que lícita. Pasó un rato más y pasada la medianoche terminó el segundo día de La flor, con la mejor de las seis partes: sin caer en la tentación del spoiler, algo de una calidad inusual dentro de la historia del cine argentino.

la flor_3Tercera parte

La proyección comenzaba a las 14:40 horas, por lo que el modelo de almuerzo del primer día se repitió. Quedaban tres historias por ser contadas: una de género fantástico, una muda y una tercera gauchesca. Esta vez Llinás no dijo nada sobre cuando vendrían los intervalos, pero sí aclaró que los créditos finales de la película duran 40 minutos, por lo que si alguien no quería verlos en su totalidad podía retirarse de la sala con su “autorización”.

Esta vez el sueño vino apenas iniciada la primera historia, pero fue como una suerte de aviso de atención. Tras el primer intervalo un café puso las cosas en orden. Adelante, un chico directamente le entraba a un sándwich de milanesa con una lata de cerveza para bajarlo. El segundo parate inició, de una vez por todas, la recta final del asunto, y ahí sí miré el reloj varias veces, con la ventaja que la chica de la puerta de la sala, ante mi pregunta, ya me había anticipado que a las 20 horas cortaban los créditos. Terminó la película, y Llinás irrumpió en la sala para someterse a las preguntas de un público que, a esta altura, era como una gran familia que había compartido un evento único. Tras un par de respuestas del director, con los créditos aún de fondo, me fui. La flor había terminado, y ya comenzaba a extrañar tanto cine del bueno.

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