A nuestro intrépido columnista Tuqui le apasiona analizar nuestra relación con las palabras para dejarnos expuestos ante nuestras propias mentiras. Las frases y los hechos de un día de furia que parece repetirse sin fin. Un texto muy a tiempo, justo antes de agarrarnos todos a trompadas.

 

No recuerdo en qué momento las marcas empezaron a ser reemplazadas por frases. La idea de ir a un kiosco o una farmacia y obtener un producto a cambio de una sola palabra empieza a ser extraña. No se estila comprar champú Peloduro: necesitamos el champú Peloduro extrasobante con fecalitos troquelados y esencia de guacamayo hermafrodita.

Llama la atención que una población cuyo vocabulario se reduce año a año use cada vez más palabras para nombrar las mismas cosas.

También hay ejemplos en sentido contrario: hoy se usa una simple palabra, poliamor, para describir una serie de relaciones diversas, complejas, que tienen en común una redistribución equitativa de panzazos entre los integrantes de un grupo, por decirlo de un modo discreto. Algunos requieren fidelidad (a todos los demás participantes), otros no. La ética es fundamental. Todo es por consenso. Han coincidido un término que data de los 90 con una costumbre que, con algunas variantes, existe desde el principio de los tiempos. Y ojalá no sea una coincidencia.

A partir de la etimología (muchos amores, en griego) no importa cómo se interprete la palabra, siempre implicará algo positivo. Incluso si llamo poliamor al que siento por mi mujer, mi madre, All Boys y mis mascotas; o al que puede sentir alguien que se enamora de una persona con varias personalidades.

No sabemos bien qué es el amor, pero en general parece que es bueno, porque uno mientras está enamorado es inmortal y eternamente feliz, aunque sólo dure unos minutos. Si es poliamor, entonces, mucho mejor.

Peña, poliamorosa.

Peña, poliamorosa.

¿Podría ser éste el inicio de un movimiento contrario al que nos viene sujetando desde hace años? Me refiero, claro, al poliodio. Empezó hace mucho, con alguien abandonando una reunión de mal humor o dejando de llamar a algún amigo. Con un gesto de fastidio o una mano tendida abandonada en el aire. Y fue empeorando con mayor o menor virulencia, más rápido o más despacio, pero siempre empeorando. En los últimos días hemos visto diferentes muestras del alarmante estado de las cosas: un judío critica la ideología de un rabino, y termina acusándolo de nazi. Alguien espera que a todos nos vaya mal para que a todos nos vaya bien después, siempre después, y en teoría.

Vimos a un tipo pararse a los gritos sobre el auto de otro y a otro bajando el suyo de la maldita grúa, ante el aplauso bombita del resto. Vemos a los chicos no tan chicos para la revolución festejando la toma de una escalera de tribunales y vemos a las escuelas arder.

Una pareja inaugura un negocio. Los visita el presidente. (Sí, el mismo que propuso practicar el poliamor con la prestamista más odiada del país). Inmediatamente los inundan de deseos funestos, insultos, menciones a la familia y todo tipo de residuos patológicos.

Un buen slogan para esta época sería

Argentina

donde todos nos odiamos

Lo que antes era una pequeña molestia hoy es profundamente irritante. Donde había ironía, hay insultos. En lugar de discusiones tenemos peleas. Odiamos al mozo que demora tres minutos de más, al taxista que agarró por donde está el piquete, a los piqueteros, al semáforo que justo se pone rojo, al que instaló el semáforo y, ya que estamos, a Macri o a Cristina.

Los programas de debate político son difíciles de seguir. Hay panelistas o invitados que no resisten la tentación de interrumpir, en un tono de voz elevado, mientras el primero sigue hablando, hasta que se suman todos en un intercambio que casi siempre incluye agresiones verbales de todo tipo y dura hasta que nos explican por qué Juirabicho extra semi forte plus mata más piojos que otros productos de nombre igualmente impactante.

En cuanto a la política, también retuerce y distorsiona el poliamor. Basta buscar una foto de cualquier político de más de 50 años y rastrear en su pasado para sorprenderse ante la variedad, simultaneidad o contradicción de sus amores. Buscá con qué otro político no tiene foto sonriente, a ver si encontrás.

Creo ver -y eso que no soy nada optimista- cada vez a más comunicadores y artistas proponiendo abandonar la postura de confrontación permanente. O en todo caso suavizarla entre los que todos los días nos cruzamos en el trabajo, en la calle, en el transporte.

No cuesta nada. Creo que todos estamos un poco cansados de pelear a muerte con el enemigo equivocado. En cualquier caso, para sacar a pasear al psicópata que nos crece detrás de la oreja siempre tendremos las redes sociales.

 

Tuqui