Desde que el gobierno comenzó a meter mano en el otrora intachable Indice de Precios al Consumidor del INDEC, allá por 2006, las cosas comenzaron a salirse de sus carriles. La diferencia entre la medición oficial y la real (porque llamarla medición de «los privados» era un chiste de mal gusto por parte del Gobierno) no paró de acentuarse hasta hoy. Fue el primer enfrentamiento entre lo que después se llamó «el relato» y lo que todos podíamos ver en los comercios. Quizá se trató de la piedra fundamental del divorcio entre la clase media y el kirchnerismo, pero eso lo juzgarán los historiadores.

La única verdad es la realidad, decía el General, y la realidad del precio de un litro de leche, de un kilo de pan o carne, es indiscutible. Ocho años tardó el kirchnerismo en corregir ese error fatal que tuvo como fin dibujar los números mirando a los organismo de crédito internacional. Hoy, el intento por regresar a esos mercados de divisas a tasas lógicas exigen una depuración de las cuentas. Eso es lo que está haciendo el Gobierno, ahora que los números apremian.
Axel Kicillof, con su típico gesto del dedo apuntando hacia arriba, oficializó esta tarde en 3,7% el aumento de precios durante enero. Es un número preocupante, pero no nuevo. Quiere decir que de mantenerse esa tendencia alcista a lo largo del año, los productos y los servicios registrarían la friolera de 40% en diciembre.
En los nuevos índices de medición trabajarán 290 relevadores dispuestos en todo el país. Hasta ahora, el INDEC medía la infación del GBA y la Ciudad de Buenos Aires, dejando en manos de cada estado provincial la potestad de medir o no lo que sucedía con la fluctuación de precios en su provincia.
Por supuesto, el Gobierno tiene razón en apuntar a algunos aumentos que no tienen justificación alguna, y por lo tanto está en todo su derecho de impulsar el programa Precios Cuidados.
Pero es difícil convencer de esto a un ciudadano de a pie que verá como el poder adquisitivo de su salario se reducirá notablemente. ¿Cuánto puede durar la idea de que la culpa de todo la tiene el otro?.
Muchachos, hay empresarios inescrupulosos en cada rincón del país, pero esa no puede ser la única explicación para todos los males. El capitalismo se basa en la inequidad entre el que vende su fuerza de trabajo y quien tiene la propiedad de los medios de producción: la plusvalía. Eso lo sabe bien Kicillof, de sólida formación marxista. ¿Realmente esperaba un accionar solidario de las empresas? El rol de contralor lo cumple el Estado. Y mal que le pese al kirchnerismo, los principales errores fueron propios.