Un periodista de #BORDER relata cómo fue la experiencia -tan sencilla- de ver un partido de la Premier League. En Inglaterra supieron sufrir la violencia en el fútbol pero la superaron. Postales de lo que debería ser -y no es- la versión local de un juego, acá copado por mafias.

 

Más de 7 millones de pesos y 300 entradas en manos del jefe de una barrabrava en la previa de un partido. Después del último fin de semana, ya nada puede sorprender en el destruido fútbol argentino. A las muertes, al empate truchado en la elección de la AFA, se suman las escenas dantescas de la final frustrada de la Copa Libertadores entre River y Boca. La fiesta que no fue.

La misma barra controlando accesos al estadio y cobrando “pases vip”. Un partido suspendido por la violenta agresión de algunos y la inoperancia de la seguridad. Una mujer envolviendo en petardos a una criatura. Robos, golpes, excesos, desastre. Un panorama repetido con relativa frecuencia en canchas de todo el país.

Muchos de estos hechos también eran habituales en Inglaterra entre las décadas del ’60 y el ’90, en plena hegemonía de los hooligans. Las batallas dejaban heridos y muertos cada fin de semana. Pero tras la decisión política de combatirlos finalmente lograron erradicarlos de las tribunas y hoy los partidos se desarrollan en un marco de extraña tranquilidad, la antítesis de lo que sucede en muchos estadios argentinos.

Así lo vivió #BORDER. Corría el segundo sábado de agosto y la primera fecha de la Premier League (el torneo de primera división del fútbol inglés) empezaba a disputarse. Esa tarde debutaba el Watford, equipo que porta el mismo nombre de la ciudad que se encuentra a 45 minutos del centro de Londres, frente al Brighton. Hasta allí llegamos, en tren y en colectivo -ambos con una puntualidad cronometrada-, como gran parte de los hinchas que asistieron al partido. Ellos viajaron todos juntos: locales y visitantes. En el mismo vagón que una señora comía un combo con su hijo.

A diferencia de lo que sucede en la Argentina, ninguna columna de policías tuvo que ir abriendo paso entre el tránsito para que la caravana de micros escolares pasen repletos de hinchas, poniendo en riesgo su vida y la de los demás. No, viajaron en transporte público y juntos, con distintas camisetas pero sentados uno al lado del otro. Un respeto que rosaba el desinterés mutuo.

Watford tiene todas las características de una típica ciudad inglesa de la periferia. Es sencilla, no tiene edificios y sus casas son muy parecidas entre sí. Las calles son tranquilas, la mayoría de ellas arboladas y muchos de sus comercios cierran, no porque llega una turba de desaforados, sino por ser sábado a la tarde. Distintos carteles guían el camino a la cancha desde la estación central. O, sino, sirve seguir a los hinchas. No hay policías ni trapitos, solo personas caminando hacia la cancha.

Recién a unas 3 o 4 cuadras de distancia empiezan a asomarse las columnas lumínicas del Sir Elton John -cachetada a la homofobia de los cánticos argentinos-, el estadio del Watford que tiene una capacidad para más de 23 mil personas. En esa zona el clima ya es distinto: hay locales abiertos y hay más movimiento de gente. Allí, como pasó en toda la tarde, están las dos parcialidades, compartiendo una hamburguesa o un cono de papas fritas, como si fuera lo normal. Y lo es.

No hay personas tomando alcohol en la calle, porque no hay quién venda. Los que quieren tomar una cerveza tienen que entrar a un pub de la cuadra. Tampoco hay papeles en el suelo, porque los hinchas guardan las servilletas o las tiran en un tacho. Detalles que avergüenzan a uno que pasa con ojos de turista.

Todas las personas entran por las mismas calles, no hay un acceso local y otro visitante que los mantenga separados. Tiene su lógica: no fue el caso, pero en la Premier suelen sentarse al lado, en la misma tribuna. Tampoco hay controles de seguridad con cacheos y policías con escudos, porque todo se desarrolla con total tranquilidad. En cada esquina del estadio hay distintos empleados del club con pecheras que dicen: “estamos aquí para ayudar” (here to help). Ellos orientan y resuelven dudas, casi como al llegar a un teatro.

Luego de consultar, este cronista se dirigió el lugar señalado por las personas con pechera para retirar la entrada que con anterioridad había comprado por internet. En una de las oficinas laterales del estadio una mujer tenía frente a ella cientos de sobres, cada uno con un nombre. Eran las personas que debían retirar su entrada. Buscaron mi nombre, presenté el comprobante de compra y me dieron la entrada.

Todavía faltaba más de una hora para el comienzo del partido cuando llegaron los planteles en sus respectivos micros. Primero arribó al estadio el equipo local, que tiene entre sus filas al argentino Roberto Pereyra. Inmediatamente después lo hizo el conjunto visitante. No hubo cordón policial alguno. Tampoco motos de custodia que le permitieran llegar. Por supuesto, tampoco hubo piedras ni botellazos contra el micro del adversario.

Los hinchas -de ambos equipos- se corrieron para que, marcha atrás, el chofer pueda estacionar a la altura de la entrada al vestuario, que quedaba a metros de donde se retiraban las entradas.

Desde los ojos de alguien acostumbrado a vivir un fútbol que es récord por ser el único que no puede hacer que visitantes vayan a la cancha, la escena era de ciencia ficción. De un futuro lejano, ajeno, de una perfección que no es inalcanzable.

Después de algunos flashes de fotógrafos y preguntas al aire de los periodistas, los dos equipos ya estaban en el estadio. Sólo quedaba ingresar también a la tribuna. Una vez más sin el cacheo que tan acostumbrados nos tienen -y con razones- en la Argentina, los hinchas entraban sin demora a las plateas. Sí, son todas plateas porque no existen las populares. Fue una de las medidas que tomó el gobierno británico para combatir a los hooligans: todos los hinchas tienen que tener su respectivo asiento numerado. Nada separa la cancha de las tribunas. En los estadios no hay rejas, ni fosos, nada más separa el césped de la primera fila, detrás de los carteles.

Tal es la exactitud sobre los espectadores que, minutos antes de empezar el partido y tras saludar a la parcialidad visitante, la voz del estadio agradeció por la concurrencia y avisó que en el estadio había 21.154 personas. Cultura inglesa, sí. Ni más ni menos, esa cantidad exacta. Entre esos miles había unos 3 mil del Brighton, que ocuparon casi la mitad de una cabecera. Allí estaban, cantando y casi sin separación de los locales. El famoso “pulmón” para evitar enfrentamientos casi no existía. No hacía falta porque cada parcialidad cantaba sin insultarse. Otra rareza. No hay violencia ni en lo que se dicen.

La tranquilidad y normalidad se extendía a los puntos de descanso, donde tanto en la previa del partido y durante el entretiempo la gente aprovechaba para comer algo o tomarse una cerveza. El consumo de alcohol está habilitado dentro del estadio. Las personas no se amontonaban para comprar ni tampoco se veía a nadie con signos descontrolados de borrachera. Y, una vez más, tal como había sucedido afuera, tampoco había ni vasos ni papeles en el piso.

El Watford ganó 2-0, justamente con dos goles del argentino Pereyra, y los hinchas locales se fueron contentos y festejando. Salieron del estadio y deshicieron el camino que habían hecho para llegar. Lo hicieron juntos, locales y visitantes. Porque, a diferencia de lo que pasa en Argentina donde primero salen los hinchas de un equipo y a los 20 minutos lo hacen los otros, allí las dos parcialidades salen juntas.

Así, en el camino de regreso a Londres, el tren se llenó de camisetas amarillas y azules, los colores característicos de cada equipo. Viajaron como hinchas de un club distinto al otro, no como enemigos. El partido había terminado, los locales habían empezado el torneo con un triunfo y todos los hinchas sabían que allí había terminado todo. Sólo tenían que volver a sus casas, ante la mirada incrédula de este cronista.

No fue fácil para Gran Bretaña terminar con los violentos en las tribunas y poder organizar un partido como hoy lo hacen. Entre la década del ’60 y ’90 la violencia hooligan se había consolidado. Pero con una diferencia: estos grupos no tenían lazos con la política, el sindicalismo o la dirigencia, algo que sí sucede con las barras en Argentina. El problema era más de índoles sociológico, con raigambre neonazi, y allí apuntaron, aumentado también la fuerza policial.

Luego de una serie de masacres producidas por hooligans el Gobierno adoptó algunas medidas concretas. Endureció las penas contra ellos, aplicó multas para las empresas que los trasladasen, creó grupos de elite e infiltrados para que lo siguieran y modernizó todos los estadios. Además de la obligación de que cada espectador tenga un asiento, todas las canchas instalaron un sistema cerrado de cámaras para detectar a los violentos. Para costear el gasto, el Estado otorgó créditos a los clubes o acercó a empresas privadas.

Tal vez el método británico no debería ser tomado como una solución mágica o un deseo utópico, sino como un modelo a seguir para poder, de una vez por todas, empezar a erradicar a los violentos de las tribunas de los estadios. Por algún lado hay que empezar.

Ese lugar donde tantos hinchas y socios van en familia o con amigos a disfrutar un partido de fútbol. Porque a fin de cuenta de eso se trata, de un partido de fútbol. Se necesita decisión política y convicción de los clubes. Y sigue pareciendo ciencia ficción.