Nuestro columnista de actualidad con humor se enfrenta al par que no fue. Apellido mítico del humor con piel de Bolsonaro wannabe. La política argentina que camina al revés en el tiempo. Y por qué la utopía Tuqui puede ser tan estúpida como la de un oportunista.

 

Faltan apenas meses para una reedición del Gran Acontecimiento. Y allá irán nuevamente los Campeones de la Democracia, los Genios del Voto, a elegir, en su mayor parte, entre los que chorean y no te dejan hablar y los que chorean y no te dejan comer.

Felices serán algunos porque perdieron los otros, y la clase política -sin distinción de ideologías, que para eso son casi todos iguales– se enriquecerá otros cuatro años, mientras algunos odian y otros aman, creyendo que esa pavada de meter un papel en una caja es suficiente para cumplir con el deber cívico. Y, mientras el rating acompañe, los medios plantearán sesudos paneles blablableando sobre lo mismo de siempre, sin aportar soluciones o alternativas y mostrando engañosamente que discutir es debatir, que el diagnóstico es la cura y que hemos crecido y evolucionado hablando siempre de las mismas cosas y echándole la culpa al otro. El agregado, esta vez, son las extrañas “nuevas alternativas”.

En el año 2000, cuando se dijo que la psicosis generada -especialmente en el país del norte- por el efecto Y2K era una patraña, la Argentina sufrió un extraño fenómeno: aquí el tercer milenio invirtió la flecha que indica el sentido en que se mueve la Historia. Luego del cimbronazo del 2001 el tiempo político empezó a transcurrir hacia atrás. Primero con los peronistas que, en su habitual desbande mientras buscan la posición que los deje más cerca de la cajita de las monedas, se dividieron. Algunos -ex usureros, abogados que nunca figuraron en un juicio, súbitos defensores de los derechos humanos que ignoraron mientras transaban con la dictadura militar- retrocedieron hasta los ’70. Otros, yendo más a lo seguro, siguieron hasta el 45 para empezar de nuevo.

Gran parte de la masa sufragante, harta de robo y prepotencia, decidió poner en el trono al niño bien pretensioso y engrupido y sus compañeritos de colegio caro, quienes nos transportaron al año ’30 y el esplendor de los conservadores. Aún tienen defensores, a pesar de la lapidaria frase “la inflación es la prueba de que fracasaste en la gestión”. En general, la absoluta inutilidad del Gobierno para cumplir sus promesas de campaña no hace mella en los que temen que vuelva “la otra”. No importa que la factura de electricidad supere el salario, que todo aumente sin piedad y que ahora debamos cientos de millones de dólares que ni siquiera se quedaron en el país ni se usaron para mejorar nada. No importa que los asfixiantes impuestos destinados a brindar salud, educación y seguridad no nos den ninguna de las tres cosas. Cualquier penuria con tal de no volver a tolerar a la otra, piensan.

Es en el hueco entre ambos donde aparece la circense figura del troglodiputado Olmedo, un oportunista que usa como muletilla, de manera permanente e irritante, el lema de la Inquisición y en general de todas las religiones: no tenga dudas. La paradoja de un apellido del humor que no da nada de gracia.

Astutamente decidió convertirse al evangelismo, consciente de que en Brasil la masa ignorante es ayudó mucho al triunfo de Bolsonaro. Estaba en pleno éxtasis en la ceremonia de su conversión cuando el escenario se vino abajo.

Un par de días después se vio envuelto en un accidente donde falleció una persona. Si creyera en dios, pensaría que le está queriendo decir algo.

Ahora bien, el diputroglodita tiene bien clara su propuesta: el que mate a un delincuente será condecorado. No a los homosexuales (¿si gana celebrará su asunción con una quema de putos en la Plaza de Mayo? ¿Y si aparece alguien más papista que el papa y al escuchar sus reiterados falsetes tan poco “de macho” lo lleva a él a la pira?) Basta de asistencialismo y de planes. Que vuelva el servicio militar. Un payaso amarillo que ni califica para el humor negro.

Si creyera en dios, pensaría que a Olmedo le está queriendo decir algo.

O sea, con éste volveríamos al siglo XIX. Entonces me pregunto ¿cuánto más estúpida es mi propia utopía, comparada con la de él?

No es muy complicada, pero sí será muy resistida por los dueños de la sartén, el mango y el aceite.

Cada uno debe ganarse lo que tiene, lo decían nuestros antepasados (por lo menos los que trabajaban) y hasta lo dice el libro loco que desparrama superstición desde hace 1600 años.

La absoluta inutilidad del Gobierno para cumplir sus promesas de campaña no hace mella en los que temen que vuelva “la otra”

Eliminar el derecho de herencia tiende más a eliminar las desigualdades que las propuestas de Olmedo, o de Macri, o de Cristina. Lo mismo ocurre con la propiedad privada. Eliminar las fronteras y organizar una economía mundial basada en los recursos terminaría con el contrabando, con el hambre y, sobre todo, con esas guerras donde mandan a unos bobos a matar a otros porque viven cruzando una línea que la naturaleza nunca dibujó.

Por supuesto, sería fundamental eliminar toda religión que no pueda dar evidencia de lo que afirma. O que brinde una mínima explicación de lo básico. Por ejemplo, si dios está en todas partes y lo ve todo, considerando que su amor es infinito, ¿por qué no interviene mientras algún sacerdote sodomiza a un niño sordomudo?

Sí, la mayoría dirá que mi utopía es estúpida o al menos irrealizable. Como la sulfamida, el transplante de corazón y el viaje a la Luna fueron alguna vez.

En vez de ir 150 años para atrás con el impresentable de la campera amarilla prefiero soñar con un siglo y medio hacia el futuro y un planeta sin injusticias ni inequidades. Ustedes, por su parte, trabajen o difundan la idea que se les dé la gana. Pero, si es una de las que vienen sosteniendo desde hace 70 años, fíjense cómo nos va.

Tuqui