Lo que nos sacaron y lo que nos pusieron. Eso anda desvelando a nuestro nostálgico columnista de varieté. Desde los linyeras a las plazas, del fulbito al sol en las ventanas. Y la anatomía de lo que metieron en su lugar.

 

-¿Nos encontramos a la tarde?

-Mató.

-¿A eso de las cuatro?

Mató mil.

Este diálogo, que para algunos puede parecer disparatado o intraducible, era habitual (más o menos literalmente) entre los jóvenes, durante la última dictadura militar.

Si algo era bueno o conveniente, mató. Y si era muy conveniente, mató mil.

El lenguaje, especialmente el de los jóvenes, que es más creativo para diferenciarse del mundo adulto, cuenta cosas acerca de la época en que se pone de moda.

En la actualidad la muletilla, irritante, insolvente para sostener un contenido, usada por lo general en lugar de la palabra pertinente, es olvidate.

Así como, sin tener conciencia de eso, la juventud se habituaba a la conveniencia de matar el mayor número posible, hoy cunde como una plaga la solicitud o la autoimposición de olvidar.

Y aquí no hay un gobierno responsable para señalar: hace mucho, mucho tiempo que venimos olvidando cosas.

Súbitamente me pregunté qué había sido de los linyeras

En un esfuerzo por encontrar mi primer recuerdo significativo a la hora de escribir lo presente, súbitamente me pregunté qué había sido de los linyeras.

Cada barrio tenía el suyo. Era un personaje de origen en general incierto, que elegía -por un trastorno mental o por sabia decisión, ése no es el tema- vivir en la calle y “entregarse” al cuidado del barrio. A veces pedían permiso para bañarse, a veces hacían algún pequeño trabajo doméstico a cambio de comida. De ellos solía contarse una historia trágica, quizás porque era inadmisible la idea de que alguien decidiese un día mandar todo al carajo. Ése ha de ser mi recuerdo más antiguo de algo que me sacaron. Hoy las calles bullen de gente que vive en esa situación sin desearlo, y en general rechazados por sus vecinos.

Hoy las calles bullen de gente que vive en esa situación sin desearlo, y en general rechazados por sus vecinos.

Ésa es otra cosa que nos sacaron: la amabilidad entre nosotros. La proximidad de un grupo de semejantes provoca miedo o desconfianza, y más aún si son personas que necesitan algo.

Me sacaron el cielo en la ventana ya que, lógicamente, mi casa está enrejada como las de todos los demás. Ahora, como el autor preso de Luna Cautiva, veo el cielo en franjas. Prisionero de mi inseguridad.

¿Y dónde está el fútbol callejero? En la placita triangular de Lafuente y Bilbao, en Flores Sur, había que ser de verdad habilidoso: para convertir el gol la pelota debía pasar por debajo de un banco de plaza. Cada tanto caía un patrullero de la 38 y los que no lograban huir debían ser retirados por su madre de la comisaría, con la correspondiente advertencia acerca del peligro de jugar al fútbol en una plaza, sobre una avenida. Y una semana después volvía a pasar, porque el juego era indetenible.

La mayoría de las plazas de la ciudad, hoy, están enrejadas. Es decir, nos sacaron la libertad de los espacios públicos, la silla en la vereda para tomar mate con el vecino. En resumen, nos quitaron la calle.

Hace no muchos años uno podía conocer a alguien en una noche de diversión, conversar un rato y, si las cosas se daban, en casa de cualquiera de ambos podía pasarse una noche de libertad sin compromisos, y no sólo en el aspecto sexual. Ahora tenemos mucho cuidado al decidir a quien se le franquea la puerta. Pueden engañarnos y desvalijarnos, dormirnos y desvalijarnos o matarnos. Y desvalijarnos.

Asimismo, desapareció para la mayoría la tranquilidad de dormir sin deudas: casi todos le estamos debiendo algo -o más que eso- a alguien.

Pueden engañarnos y desvalijarnos, dormirnos y desvalijarnos o matarnos. Y desvalijarnos

Son muchas las cosas que nos sacaron. Los artesanos sin brazos en la plaza Once, los vendedores puerta a puerta, los fuegos artificiales en la plaza del barrio, las ferias itinerantes que una semana cada tanto acompañaban con su sonido de trabajo, tablas y caños las madrugadas de mi cuadra.

Si se necesitan títulos generales, están los de siempre: salud, seguridad, educación.

Cada uno puede hacer su propia lista, cuya longitud podría resultar sorprendente. Atemoriza un poco pensar en cuántas cosas hemos olvidado que olvidamos.

Hasta lo que tenía de festivo el fútbol nos fue quitado poco a poco, hasta culminar con la más reciente aberración: el partido final de la copa Libertadores 2018, el más importante en la historia del país, se jugó en España. Hasta esa alegría fue eliminada con una impunidad alarmante.

Bueno, no para todos. La gente con dinero suficiente, incluyendo a los barras, pudo darse el pequeño gustito de viajar a Europa y presenciar el partido en territorio de Messi.

Nos sacaron la libertad de los espacios públicos. En resumen, nos quitaron la calle.

Y ya es suficiente de lo que nos sacaron.

En cuanto a lo que nos pusieron, ya todos sabemos lo que es. Pero ignoramos hasta si tiene la uña limpia. No hace falta una descripción más anatómica para describirlo, y basta con imaginar qué está sucediendo en el lugar que no podemos ver (me refiero a más allá de las anteojeras).

Bien, ahora que hemos recurrido a la metáfora podemos informar que si no nos movemos, sino hacemos algo para cambiar la continua desaparición y olvido de lo que nos resultaba propio y colectivo, ese dedo seguirá ahí hasta el fin de los tiempos.

Tuqui