El 2018 dejó cifras deprimentes, para no andar con eufemismos: el 33,6 por ciento de los argentinos vive en la pobreza y el 6,1 en la indigencia. La inflación alcanzó récords históricos con el 47,6 por ciento y la cifra de las personas que viven en situación de calle aumentó. Según la Ciudad alcanza a mil personas, pero relavamientos realizados en períodos más extensos de tiempo llevan el número a cuatro mil.

La mitad de nosotros es pobre. La grieta se impone en todos los ámbitos. Entre los pobres, la mitad son niños y esos niños o no están escolarizados o van a la escuela pública herida casi de muerte tras tanto paro y fotocopias borrosas de textos ilegibles.

Así estamos hoy, desde el lado social, además de la pérdida de puestos de trabajo y el empobrecimiento de la clase media por la enorme presión tributaria y la suba en las tarifas.

Prendés la tele, la radio y siempre hay alguno hablando de la pobreza, aunque en muchos casos, quienes hablan no miraron a los ojos a la pobreza. Hablan por lo que sospechan, por lo que creen, por lo que les dicta su ideología o por efímeras experiencias personales.

Vas por la calle, y zas. La pobreza ahí sin porcentajes. Con shorcito y en patas y con la cara de un nene.

Por eso, en BorderPeriodismo quisimos reproducir una charla que fue viral y que sacudió a todos los que la escucharon.

Pero muchos no lo hicieron. Por eso, te dejamos este video imprescindible con el texto desgrabado para que no te sientas tan lejos de la mitad del país. Para que los entiendas y también les des una mano, siempre que puedas. Esta es la charla de TEDx de Mayra Arena, del año pasado y seguido a eso, su trascripción. No dejes de leerla.

¿Qué tienen los pobres en la cabeza?

Mucha gente se lo pregunta, seguro escucharon alguna vez a alguien preguntárselo. ¿Qué tienen los pobres en la cabeza?

Se lo preguntan cuando nos ven tener muchos hijos, cuando nos ven ser violentos, cuando nos ven usar unas zapatillas que parecen traídas de otro planeta, pero sobre todas las cosas cuando ven que los pobres seguimos siendo pobres.

¿Por qué los pobres no salimos de la pobreza? ¿Por qué repetimos las historias? ¿Nos gusta vivir así?

Mi nombre es Mayra Arena y tengo casi todos los estigmas que se puedan tener de pobre: soy hija de madre adolescente, no tengo padre, somos un montón de hermanos, ninguno tiene padre; dejé la escuela a los trece, fui mamá a los catorce, y podría seguir, pero antes de que se ponga medio deprimente les quiero contar un descubrimiento que hice cuando era chica y que nunca le conté a nadie.

Lo mantuve en secreto todos estos años y se los voy a contar hoy.

Cuando yo era chica (soy de Villa Caracol, una de las villas más pobres de Bahía Blanca) donde yo crecí no había baño. Resolvíamos ese tema como podíamos, pero nadie en la villa tenía baño.

Por supuesto que yo conocía baños. El baño de la escuela, algún baño de algún lugar público, pero nunca había ido al baño de una casa.

Una tarde una amiguita me invita a jugar a su casa y, por supuesto, en la tarde de juego, en un momento pido pasar al baño. Cuando paso, mi sorpresa, digo: “¡tienen dos inodoros!” ¿Por qué, en una casa, tienen dos inodoros? Digo: “¿es uno para los grandes y otro para los chicos? ¿es uno para las mujeres y otro para los varones?” Me pongo a mirarlos bien y descubro que el segundo inodoro no tiene pozo sino esa chapita de desagüe.

 Entonces digo “Ahhh… ése es el inodoro del pis”.

El secreto que les quería contar es que durante años hice pis en el bidet de mi amiga. Y lo que no les voy a contar es hasta qué edad seguí creyendo que ése era el inodoro del pis. Ése es un secreto que morirá conmigo.

Pero volviendo al tema de qué tenemos los pobres en la cabeza, uno se empieza a dar cuenta que es pobre, más que nada, cuando entra en el sistema escolar.

Yo me acuerdo cuando empecé el colegio. Todos mis compañeritos tenían los útiles de los dinujitos que les gustaban y yo ahí, con mis útiles del estado. Me acuerdo que yo tenía una cartuchera del Hombre Araña y una carpeta de motos, y mis compañeritas, en su inocencia, venían y me decían “¡Ay, ésas son cosas de varón!”. Y yo, que me moría de ganas por tener algo como las otras nenas pero jamás lo iba a reconocer, les decía “Sí. Me encantan las cosas de varón”.

Y al rato, de la nada (o aparentemente de la nada), a ésa que me decía que mis cosas eran de varón, iba y la agarraba de los pelos. La maestra no entendía nada. Era un arranque violento, aparentemente, de la nada.

La realidad es que la violencia empieza a ser una forma de vengarse de los demás por todo eso que ellos tienen y vos no. Pero, además, incorporamos erróneamente la idea de que cuando somos violentos nos tienen otro respeto.

Porque cuando una empieza a ser violenta dejan de preguntar por qué tenés las zapatillas rotas, por qué tu mochila es tan vieja, por qué nunca traés lo que pide la seño, por qué tus útiles son de varón.

Y como no tengo fotos de mis útiles, y como casi no hay fotos de cuando era chica, tengo para mostrarles mi disfraz de la época colonial, que es un papel celofán cortado en tiritas, y esta foto la pude recuperar gracias a que al día de hoy sigo siendo amiga del caballero del medio.

 Y después mucha gente se pregunta qué tenemos en la cabeza cuando nos ve, en la juventud, en la adolescencia, usar unas zapatillas que cuestan una fortuna, como canta Mati Carrica, que cantaba de trescientos pesos y ahora la actualizó y canta de trescientos euros. Estuviste muy bien ahí, porque ya de trescientos pesos no existe. Y la gente dice “¿por qué usan esas zapatillas? ¿con qué necesidad?”. Fluorescentes, gigantes, tienen que ser terribles llantas.

La realidad es que, después de tantos años con zapatillas encontradas en la basura o rescatadas de algún lado, con útiles del estado,  con ropa heredada del primo, con camperas donadas de la iglesia o de algún vecino, después de tantos años de todo eso, el día que te podés comprar un par de zapatillas no te alcanza con poder comprártelo. Se tiene que notar que te lo compraste. Y sentimos que así van a pensar que no somos tan pobres. Nos sentimos mucho menos pobres con esas zapatillas. Sentimos que así nadie se va a dar cuenta ya todos los años que pasamos con zapatillas encontradas en la basura.

Pero además de que usamos estas zapatillas traídas de otro planeta, y de que somos violentos porque creemos que así nos van a respetar, o que así nos vengamos de todo lo que tienen los otros, además somos vagos. No sé si alguna vez tuvieron un albañil laburando en su casa, pero yo les puedo asegurar que el tipo el lunes no aparece. La gente dice “¿por qué? ¿por qué no trabajan?”.

¿No nos gusta trabajar? ¿vivimos de planes? Como muchos dicen, antes no había planes y éramos igual. La realidad es que esto viene marcado desde la infancia, y hay una diferencia muy grande , con la que yo insisto siempre, y es que no es lo mismo la pobreza estructural que la pobreza esporádica.

La pobreza esporádica la han concido la mayoría de los argentinos, es cuando el jefe o jefa de familia se quedó sin trabajo, se conocieron los fideos blancos, se empezó a caminar en vez de andar en auto, y se sobrevivió. Pero siempre tuvieron a sus padres trabajando todos los días, o saliendo a buscar laburo todos los días, y sobre todas las cosas mandándolos a la escuela todos los días.

Los que crecemos en la pobreza estructural, los que crecemos en los márgenes de la sociedad, vamos a la escuela cuando podemos, cuando se puede. Jamás nadie nos enseña que hay que cumplir algo de lunes a viernes, jamás adquirimos la costumbre de madrugar todos los días. Y como ustedes saben, todo lo que uno no aprende de chico es muy difícil incorporarlo de grande.

Y después ocurre que los empleadores te dicen “No… contrato un pibe, no viene nunca, siempre le pasa algo, pierde el colectivo…”.

¿Por qué? ¿Por qué no vamos a trabajar? La realidad es que no tenemos incorporado el ritmo laboral.

Pero cuando más se pregunta la gente qué tenemos en la cabeza los pobres es cuando nos ven tener muchos hijos. La gente se desespera cuando ve que los pobres tenemos hijos. Y yo, después de contarles esto de que somos violentos, porque creemos erróneamente que así nos van a respetar, y de que usamos estas zapatillas porque creemos que así nos van a ver menos pobres, y de que somos vagos porque no tenemos incorporado el ritmo laboral, me gustaría tener algo más anecdótico o más entretenido para explicarles por qué tenemos hijos, pero es mucho más simple: los pobres tenemos hijos porque es lo único que podemos tener. Y tenemos muchos porque encontramos en cada hijo una razón para levantarnos todos los días, a pesar de nuestra pobreza.

Y ustedes dirán “¿por qué esta piba que creció así, y que cuenta que vivió así, hoy está parada acá contándoles esto?”. Y es una pregunta legítima.

La realidad es que una familia que te invita a su casa a jugar te enseña mucho más que a usar el baño. Te enseña que la vida puede ser de otra manera, que te la podés ganar de otra manera y que la podés vivir de otra manera.

Pero no solamente yo aprendí de ellos eso, ellos también lo aprendieron de mí y de mi familia. Y yo no sé si ustedes son el amigo que presta el baño o el amigo que se sorprende del baño, el otro amigo.

Pero está bueno juntarse con gente con un baño diferente. Y no sólo por el hecho de que te enseña que hay otras  maneras de ver la vida, sino por lo más importante, y lo que a mí me llevó muchísimos años entender, porque yo estuve muchos años enojada por los útiles, los disfraces, las zapatillas; pero entendí que nadie elige con qué baño nacer.

Yo sé que hemos avanzado mucho los argentinos como sociedad, muchísimo. Sé que antes era un crimen ser homosexual, y hoy, en cambio, nos parece un escándalo que se ataque a alguien por su sexualidad. Antes era un pecado ser mujer y pretender hacer algo más que no fueran las tareas del hogar, y hoy, en cambio, es un escándalo que nos quieran asignar una tarea por el hecho de ser mujeres. Y yo celebro que nos escandalicemos ante esas cosas.

Pero hay algo ante lo que no nos escandalizamos: no nos escandalizamos con la pobreza. Vamos por la calle y vemos un tipo durmiendo a la intemperie y no nos escandaliza. Vamos por la calle y vemos un pibito, pidiendo o vendiendo en vez de estar jugando, y no nos escandaliza.

Yo no vine acá a dar esta charla para pedirles que se escandalicen ahora todo el tiempo, cada vez que ven un pobre, ni que corran a invitarlo a pasar a su baño.

Lo que vine a decirles es esta idea que tengo de que es una injusticia que a los pobres se nos condene por no ser educados, pero nadie se pregunta jamás si recibimos educación. Y a los pobres se nos condena por no ser respetuosos, pero nadie se pregunta si alguna vez recibimos respeto. Y si me pongo un poco más sentimental y abstracta, a los pobres se nos juzga mucho por ser fríos, por no ser amorosos. Pero nadie se pregunta nunca si alguna vez recibimos amor.

A mí me gustaría decirles… yo sé que cuesta mucho entender cómo somos y qué tenemos en la cabeza, y sé que es muy difícil comprender, y ponerse en los zapatos del otro, y sé que muchas veces se enojan cuando nos ven ser como somos.

Pero ahora, cuando salgan de acá, cada vez que se crucen un villero, un pobre, un marginal (porque se van a cruzar, porque somos un montón, porque estamos por todos lados y porque no somos invisibles como muchos dicen) pero cuando se lo crucen, antes de enojarse, antes de preguntarse qué tienen estos tipos en la cabeza, me gustaría que piensen si se hubieran enojado con una nena que les hizo pis en el bidet porque nunca había visto un baño.

Muchas gracias.

Desgrabación: TUQUI