¿Hasta qué edad puede uno morirse joven? Más allá de lo retórica que pudiera resultar la pregunta, la respuesta ha ido cambiando con el tiempo. En las antiguas Grecia y Roma la expectativa de vida se ubicaba en torno a los 30 años, y ha aumentado constantemente, en especial a partir del cese de persecuciones y obstáculos al pensamiento científico, de la mano del progreso en cuestiones de higiene y de salud.

Han contribuído a esta evolución, sobre todo, los descubrimientos y avances en el campo de la medicina (no sabemos cuánto hubieran vivido los habitantes del imperio romano de haber conocido la sulfamida, la penicilina o los procedimientos quirúrgicos modernos, por citar algunos ejemplos).

A principios del siglo XIX era normal que las personas vivieran unos 40 años, mientras que a principios del XX ese número había aumentado 15 o 20 años.

Actualmente la cifra varía de continente en continente, y aun de país en país. En la Argentina se ubica alrededor de los 75 años, aunque la inequidad creciente en lo socioeconómico establece diferencias entre los individuos.

Para el neurocientífico Facundo Manes “los niños nacidos hoy en los países nórdicos (Suecia, Noruega,  Finlandia, Dinamarca) pueden llegar a vivir cien años. Esto obedece a la mayor igualdad social y el estado de bienestar general en esas sociedades, en concordancia con las políticas de estado en materia de salud”, según dijo durante una reciente entrevista en Lanata sin Filtro, por Radio Mitre.

Para Manes el desafío es que “el cerebro acompañe al cuerpo durante toda la vida”, requisito difícil de lograr por estos pagos, donde la mayoría de los jubilados gana poco más de un tercio de lo que mínimamente necesita para sobrevivir. Para quienes evitan esos problemas, los 60 años brindan la oportunidad de vivir una segunda adolescencia.

Desde el nacimiento hasta los 20 o 25 años, dice Manes, los individuos, no importa dónde hayan nacido, tienden a ser felices. Luego sobrevienen los eventos que todos, en mayor o menor medida, hemos de enfrentar: la pareja, los hijos, el trabajo, la economía doméstica, etc. Esos factores estresantes conspiran contra una vida plena. A partir de los 60 lo ideal debería ser otra vez la tendencia a la felicidad, pero en nuestro país eso no sucede. En parte por los motivos ya mencionados, y en parte porque las políticas en materia de salud suelen consistir en recortes de presupuesto y ninguneo de los ancianos.

Según la Organización Mundial de la Salud, además de las causas generales de tensión con que se enfrenta todo el mundo, muchos adultos mayores se ven privados de la capacidad de vivir independientemente por dificultades de movilidad, dolor crónico, fragilidad u otros problemas mentales o físicos, de modo que necesitan asistencia a largo plazo. Además, entre los ancianos son más frecuentes experiencias como el dolor por la muerte de un ser querido, un descenso del nivel socioeconómico como consecuencia de la jubilación, o la discapacidad. Todos estos factores pueden ocasionarles aislamiento, pérdida de la independencia, soledad y angustia.

La soledad, especialmente, es uno de los principales inconvenientes que enfrentan, en todo el mundo, los adultos mayores. Tanto es así que en Inglaterra se ha creado un Ministerio de la Soledad para ocuparse del tema.

Algunas de las formas de evitar el deterioro del cerebro y la consiguiente aparición de dificultades son el contacto humano, los lazos afectivos estrechos y significativos, el desafío permanente a la capacidad intelectual y la aprehensión de nuevos conocimientos, así como el poder relacionarlos con la propia experiencia.

Ver a los ancianos como una fuente de sabiduría y no como un estorbo contribuye a formar una sociedad más madura y equilibrada. Tratarlos con el respeto y la dedicación que merecen es una tarea colectiva, aunque las leyes necesarias dependan de la política. Claro que los legisladores no tendrán el problema de las dificultades económicas, o de enfrentarse con la engorrosa (por decir lo mínimo) salud pública, por lo que de no existir la presión social (no, no existe, al menos para estos temas) las cosas no habrán de cambiar.

Sobre el final de la entrevista Manes cita una novela de Adolfo Bioy Casares, Diario de la Guerra del Cerdo, en la cual los jóvenes asesinan a los ancianos. En ella dice Bioy que matar a un viejo equivale a suicidarse.

Y agregamos otra cita, extraída de la misma obra.

A través de esta guerra entendieron de una manera íntima, dolorosa, que todo viejo es el futuro de algún joven.

Aunque pueda parecerlo no se trata de un problema menor. Porque el tiempo vuela, la vida no es tan larga como parece cuando uno es adolescente, y nuestra propia ancianidad está a la vuelta de la esquina.