Los detalles de la educación recibida durante el siglo pasado en el terreno de lo que hoy se llama diversidad sexual e identidad de género resultarán graciosos en un futuro no muy lejano. Todavía no es momento de reír: estas cuestiones irritan y generan más peleas que debates, y ya se sabe que en ese contexto es más importante ganar las discusiones que llegar a un consenso sobre lo que es correcto y lo que es incorrecto.

Antes de decir lo que pensamos, mayormente, evaluamos qué porcentaje de la audiencia nos dará la razón y hasta qué punto expresar con sinceridad la propia opinión no hará que los medios, y por ende la sociedad desde ellos manipulada, nos condenen al ostracismo, a la muerte social.

Aprender , siempre y en cualquier terreno, lleva tiempo.

Toda acción genera una reacción. Y aunque el cambio ha sido radical, o tal vez precisamente por eso, a medida que las mujeres ocupan territorios que les estaban vedados las estadísticas muestran que el promedio de femicidios aumenta sin prisa pero sin pausa.

La disvalorización, la postergación y el sometimiento de la mujer son aberraciones, pero eso no es de ahora. Siempre lo fueron, sólo que hoy podemos reconocerlo, pues otras verdades objetivas se han puesto en el tapete. El varón que defendiera la igualdad de derechos hace un siglo hubiese sido mirado como un bicho raro y, probablemente, sospechado de homosexual (otra categoría a rechazar en aquel entonces).

Lo que se ha dicho y se dice sobre el tema es tan vasto que podría escribirse toda una biblioteca, de modo que sólo abarcaremos aquí un aspecto del asunto: las invenciones.

Todavía hoy, al hablarse de grandes humorístas vernáculos del siglo XX, los primeros nombres que aparecen, siempre, son los de Alberto Olmedo y Tato Bores. Gente de excepción, sin duda. Pero casi nadie cita en primer lugar a la más grande de las humoristas argentinas, creadora de personajes inolvidables, actriz y guionista de sus propias obras: Niní Marshall.

Aun personas mayores bienintencionadas -y educadas en una época en que el mayor mérito de madame Curie era ser la esposa de Pedro Curie– se sorprenden al enterarse del gran aporte hecho por las mujeres al progreso de la humanidad.

Algunos ejemplos: En 1810 -el año de la Revolución de Mayo, hasta que los Reescribidores de la Historia dispongan lo contrario- Tabitha Babbit, una tejedora de Massachusetts, inventó la sierra circular. No un leñador, no un ingeniero, no un erudito, no un hombre: la señora Babbit.

La calefacción de automóviles fue una invención de Margaret Wilcox, una de las primeras ingenieras mecánicas,  en1893 (la bandeja para horno también fue su idea).

El limpiaparabrisas (1903) se debe a Mary Anderson, ranchera y agente inmobiliaria.

Angela Ruiz Robles inventó en 1949 lo que sería el precursor de ebook, es decir el primer libro electrónico.

Sarah Mather ideó el telescopio submarino (antecedente inmediato del periscopio), que permitía examinar desde la superficie el casco de los barcos. La patente es de 1845, año en que los argentinos intercambiaban proyectiles con la escuadra anglo-francesa en la Vuelta de Obligado.

También fueron mujeres las que inventaron cosas asociadas culturalmente a “lo femenino”, claro: el lavavajillas (Josephine Cochrane, 1886), los pañales descartables (Marion Donovan, 1961), el corpiño (Mary Phelps, 1913).

El corrector tipográfico lo inventó en 1956 la mecanógrafa de Dallas Bette Nesmith Graham.

La primera programadora, creadora del algoritmo del “motor analítico” -precursor de la computación- fue Ada Lovelace, hija de lord Byron.

Fue inesperado que una actriz de cine, Hedy Lamarr (nacida en viena en 1914 y bautizada Hedwig Eva Maria Kiesler) fuese la primera en usar la tecnología del salto de frecuencia para crear un sistema de comunicaciones secretas que permitiese controlar torpedos por radio sin ser detectados por el enemigo.

En 1966, cuando buscaba una manera de mejorar el material de los neumáticos, la química polaco-estadounidense Stephanie Kwolex inventó el poliparafenileno tereftalamida, más conocido como kevlar, la fibra liviana y resistente que constituye el corazón de los chalecos antibalas.

El Monopoly, las bolsas de papel, el primer libro electrónico  la cafetera, las bengalas marítimas, la máquina de hacer helados, la jeringa, la escalera de incendios, la heladera, y la lista sigue. Todos inventos de mujeres.

Pero nadie que yo conozca cita alguno de estos nombres cuando se habla de inventores. En general, tenemos “marcados” a Graham Bell, que robó el teléfono del Italiano Antonio Meucci, o a Edison, que tomaba ideas del genial Nikola Tesla. O a Benjamín Franklin, por el parrarrayos, los lentes bifocales, el catéter urinario, etcétera. Los varones, los paterfamilias, los dueños de la vida y la muerte del Imperio Romano.

Sospecho que muchos de mis contemporáneos dudarán de la veracidad de los ejemplos citados, y los animo a investigar al respecto. Agreguen nombres a los libros, que eso también ayuda a entender lo que durante tanto tiempo fue silenciado.