En 2004, yo tenía 30 años. Trabajaba en Punto Doc, conducía con Facundo Pastor un programa en Radio Del Plata y tenía una columna de investigaciones en el programa de la misma radio que conducían Mónica y César. Los primeros días de mayo de ese año me llamó Doris Capurro, que en ese momento trabajaba en la comunicación de empresario.

“Franco Macri te quiere ver… quiere hablar con vos”, me dijo. No les niego que la convocatoria me asustó, me inquietó…

El asunto en cuestión es que en una de mis columnas me había dedicado a explicar cómo se había cajoneado una denuncia por supuestas irregularidades en la concesión del Correo Argentino, que el grupo manejaba.

Concertamos una cita, fui al rulero adonde solía ir a llevar papeles cuando trabajé de cadete a los 16 años para una clínica. Menciono esto porque fue lo primero que pensé cuando subía las escaleras. “Tengo una reunión con Franco Macri”, le dije al de seguridad.

Cuando llegué no esperé nada. Me recibió Doris y luego fuimos a una sala de reuniones adonde entró Macri minutos más tarde. Me preguntó si quería un café, me explicó por qué -según él- yo estaba equivocada con la información que había dado y derivamos en hablar de sus planes: estaba obsesionado con sus viajes a China y había ganado una concesión para construir subtes, si mal no recuerdo, en Irak.

Me llevé la impresión de un hombre muy amable pero, sobretodo, de alguien que respiraba el emprendedorismo. En ese momento, Macri tenía suficientes compañías y millones de dólares para no hacer más. Cuando lo conocí tenía 74 años pero viajaba un día entero en avión para conocer China y sus potenciales negocios con la anticipación de los visionarios. Lo hizo antes que cualquiera en nuestro país lo haya hecho.

En el libro de su autoría que me regaló ese día, El futuro es posible, declara que ya en 2004 había hecho más de 120 joint-ventures de todo el mundo. Destaca su cálculo de inversiones en el Correo Argentino SA con “Inversiones en Exceso” por 539.978.403 millones de pesos y dedica un capítulo entero que se llama “El ingeniero que no fui”.

Hay un párrafo que subrayé : “El perfil industrial en nuestro país lo determinamos nosotros o lo determinan desde afuera. No surgirá espontáneamente por ninguna señal de mercado ni vendrá definido por orientaciones de la política monetaria u otras variables de la macroeconomía. La estabilidad económica es una condición necesaria, pero no suficiente, para resolver este problema”.

Pero lo que más me gustó fue su dedicatoria: “Gracias por haber tenido la atención de modificar un error. Espero le interese conocer toda mi verdad. Cordialmente, Franco Macri.”

Yo no había modificado nada. Sólo lo había escuchado, pero para el Macri que yo conocí su palabra -amable, relatada en voz serena, baja y determinada- tenía el peso de un hecho concluido.