Una madre que muere, y le deja como legado a su hijo una caja de zapatillas con una serie de recuerdos y papeles que le permitirán reconstruir la vida de sus padres (militantes montoneros de peso) en el exilio en plena dictadura militar y, por lo tanto, su propia infancia. Esta oración puede servir como breve síntesis de La caja Topper, primera novela de Nicolás Gadano. El libro difiere de otras novelas de la llamada “literatura del yo” o de esas puestas al día por parte de sus hijos acerca de la militancia de sus padres por el hecho de que Gadano hoy se desempeña como gerente general del Banco Central de la República Argentina. Y porque su prosa maneja una simpleza y un estilo depurado que rompe con el prejuicio del economista desentendido de toda cuestión artística. Gadano no sólo escribe ficción: ya había escrito un libro sobre los yacimientos petrolíferos en nuestro país (Historia del petróleo en la Argentina 1907-1955: desde los inicios hasta la caída de Perón). También grabó un disco junto a su mujer Gabriela Portantiero, y así como maneja al dedillo todo el mundo de las finanzas y los números, se muestra interesado y preocupado por estar al día dentro de las novedades literarias, tanto en el campo de la lectura como en el de la escritura (en este último punto fue un asistente regular a los talleres literarios que brinda Santiago Llach, y de una consigna de escritura de ese taller, ‘Que hizo tu padre ese verano’, surgió la semilla de la novela).

“Es mi costado esquizofrénico, pero así es mi vida”, dice Gadano entre risas mientras apura una cervecita en un bar al atardecer, tras un agitado día laboral en el Banco Central. “Me acuerdo de haber ido a tocar a algún lugar y salir del banco con la guitarra. En cuanto a la escritura, nunca tuve rutinas. En el momento en el que estaba con el impulso de escribir, el tiempo no era un problema: escribía y ya. Nunca sentí que me faltara tiempo. Y hay algo en común con el libro del petróleo, que es el tema de los documentos como punto de inicio de la historia. La diferencia es que es una novela, y yo soy el dueño de la subjetividad. Mucha gente lo asocia con los libros sobre los 70 y demás. Y a esa gente les digo que si hubiese querido hacer ese libro, hubiese hecho un libro como el del petróleo, con ese rigor de fuentes y de historia, y no La caja Topper. En este caso no estoy en esa discusión, más allá que se lean ciertas cosas, de las que no me voy a hacer el boludo”.

Justamente ese es uno de los grandes puntos de La caja…: ¿Hasta dónde lo que narra Gadano es verdad y dónde entra a jugar la ficción? “Mi único compromiso de estricta verosimilitud es con los documentos. Todo lo demás es una construcción literaria. Hay una parte que describo una caminata mientras escuchaba en el walkman ‘No soy un extraño’’ de Charly García. Yo no te puedo asegurar que escuchaba esa canción en ese momento. En otra parte yo hablo de un disco que nos regalaron en Cuba de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, algo que es real. Pero la canción que yo digo que estoy escuchando, que es ‘Te doy una canción’, no está en el disco. Lo inventé. ¿Y por qué? Porque quería hablar de esa canción”.

La ciudad protagonista del libro es el Distrito Federal mexicano, y la comparación con la película Roma, de Alfonso Cuarón, es inevitable por una cuestión de contemporaneidad, más allá que el DF del film sea un poco anterior al del exilio de su familia. “Esas familias mexicanas eran nuestro mundo de México: blancas, progres, de clase media acomodada. Todo el tema de los vendedores ambulantes que aparecen en la película, el silbido que se escucha de los que venden camotes, eso es súper común en el DF. Son cosas de los ruidos ambientales de mi infancia, que están muy presentes en Roma. Y si bien Cuarón pone el foco en el personaje de Cleo, creo que Roma también es una ‘película del yo’”.

La lectura de La caja… puede traer a la memoria una asociación con el best seller El salto de papá de Martín Sivak: ambos volúmenes son memorias de hijos con papás militantes, y ambos a su modo cuestionan esa postura familiar. Cuando se le menciona el detalle a Gadano, él abre el abanico hacia un lugar no abordado en su libro: “Mi viejo era amigo de Jorge Sivak. Cuando volvimos de México Jorge nos ayudó, y los dos tuvieron un programa de radio en Radio Belgrano. Es una historia que conozco y que padecí cuando él murió. Ahí hay algo que pienso, que creo que hablé con Martín. Él dice que la muerte de su papá lo priva de criticarlo. Y yo pensaba que algunas de las cosas que muestro en La caja…, como mis diferencias políticas y mis rencillas con mi papá, son el privilegio de que mi papá esté vivo. Si la represión lo hubiera matado, sería muy difícil. Yo no creo que ciertas ideas sobre los 70 sean mejores o peores que las otras: creo que están condicionadas por las experiencias de vida. Y las de los hijos también. Nunca me animaría a discutirle nada a un hijo de desaparecidos, por más que quizás no crea que todo lo que diga esté bien. Si en mi libro se deja traslucir alguna idea sobre la época, no es en un tono de ‘esto es la posta’. Es lo que me pasó a mí y como me pegó en mis ideas”.

Otro hecho histórico que no se menciona es el derrotero de los Gadano en el Mundial 78. Nicolás lo admite: “Es verdad, no aparece el Mundial. Es muy loco: los dos mundiales que ganó Argentina los pasé ‘cambiados’: en el del 78 estaba en México, y en el del 86 estaba en Argentina. En el 78 estábamos recién llegados al DF, en la casa de la familia que nos albergó hasta que mis padres se establecieron. El techo del living era bajo, y le habían puesto ese revoque puntiagudo, muy de los 70. Y Jorge, el dueño de casa, un argentino que también estaba exiliado, saltó para gritar un gol, le pegó una piña al techo y se hizo pelota la mano (risas). Para el Mundial Montoneros organizó una campaña que era un envío de unos calcos, unas obleas, con un gauchito y unos slogans del tipo ‘El Mundial está OK, pero los desaparecidos no’. Esas obleas se mandaban por correo a direcciones al azar. Un disparate: imaginate si recibías eso… ¡Lo quemabas al instante! También recuerdo el Mundial 82. El colegio donde iba organizó una campaña de alfabetización en el verano mexicano y nos mandó a un pueblo indígena. Vivíamos en una casa bastante precaria y conseguimos una antena de unos cincuenta metros para poder ver los partidos. Empezó la guerra, y aparece algo que tampoco cuento, que es el rencor de los mexicanos para los argentinos al estilo del rencor de un provinciano hacia un porteño. Fuimos súper bien recibidos, pero había chistes contra los argentinos. Y después de que Argentina perdiera con Italia y con Brasil, me gastaron tanto que me hicieron llorar”.

¿Y con la guerra de Malvinas, qué le pasó al adolescente Nicolás? “Yo tenía en ese entonces 16 años. Cuando vino la guerra no me dio un fervor nacionalista anti británico. Hubo un delirio que me pasó por el costado y que en ese momento ni sabía que opinar, que es que hubo montoneros que se ofrecieron para pelear contra los ingleses. Sí me acuerdo, y eso me impactó, que cuando terminó la guerra un pibe que había estado en Malvinas llegó a México y dio una charla. Y hubo una identificación con alguien dos años más grande que yo: no era un viejo que me venía a bajar línea. Al poco tiempo después, mis viejos tomaron la decisión de volver”.

Para el final, Gadano deja la puerta entre abierta para un futuro literario, pero con dudas: “Tengo muchísimas hojas, en un archivo Word, de una especie de diario con anotaciones de cuando fui Subsecretario de Presupuesto en la época de la Alianza, entre el 99 y 2000. Quizás sea un material que algún día retome para hacer algo… o no. Uno nunca sabe”. La cervecita llegó a su fin y ya se hizo de noche: es hora de partir.