La frase inglesa “best seller” está reconocida por el Diccionario de la Real Academia Española, y su significado es “Libro o disco de gran éxito comercial”. En ambos casos se aplica con creces a la figura de Carlos Solari, alias Indio. En el segundo, por su suceso tanto como cantante de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y como solista al frente de su banda Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Y en la primera acepción de la mano de Recuerdos que mienten un poco, sus memorias narradas junto al escritor y periodista Marcelo Figueras. En el momento de escribir esta nota, tanto en el ranking semanal de la cadena de librerías Cúspide (en el número uno) como en el de la librería Eterna Cadencia (en el cuarto lugar), el volumen confirma esta definición. Un dato no menor si consideramos que el libro ya tiene en la calle una segunda tirada, que posee la friolera de 863 páginas y cuesta $ 999, pero tampoco sorprendente, si tenemos en cuenta que en sus conciertos cantidades astronómicas de personas se desplazan hacia distintos puntos del país para verlo, y que (y esto no es spoiler), su malograda presentación en Olavarría, sumada al Mal de Parkinson que lo aqueja desde hace unos años, hacen que no vaya a haber más conciertos, por lo que estas memorias bien pueden funcionar como una despedida.

La vida de Solari está contada de manera cronológica, y el estilo del libro pretende emular al de las famosas conversaciones que el cineasta francés François Truffaut mantuvo con su colega Alfred Hitchcock, aparecido en 1967. Tanto allí como aquí se pretenden develar trucos y secretos ocultos en las obras artísticas, mezclados (más que nada en el caso del Indio) con vivencias personales y ajustes de cuentas. Una apuesta altísima al tratarse de un personaje bastante elusivo a la hora de brindar reportajes o de explicar el significado de sus canciones o, para citar un ejemplo visible, del porque del nombre de su banda.

Tal como ocurre con El hombre ilustrado (2005), la biografía no autorizada de Solari que escribió Gloria Guerrero, la primera parte del libro, desde el nacimiento de Carlitos en Entre Ríos hasta la aparición de Oktubre (el segundo álbum de Los Redonditos) es su cima. Solari cuenta con felicidad detalles hermosos de sus padres y de su infancia, confirma la vocación militar de su hermano (un detalle para muchos desconocido); se describe como un adolescente liero; da cuenta de sus experiencias psicodélicas, de su paso por el servicio militar y del clima social y político de La Plata en la época de la dictadura; brinda detalles de su relación con Silvia, su primera pareja y relata la génesis de cómo los Redonditos pasaron de ser una delirante troupe platense a un grupo profesional liderado por él, el guitarrista Skay Beilinson y la manager Poli con sede en la Capital, mientras trabajaba como secretario en un hogar de niños del barrio de Once y abandonaba La Plata para establecerse en Ramos Mejía junto a Virginia, quien lo acompaña hasta el día de hoy.


A partir de ese momento la narración, para todo aquel que siguió de cerca la trayectoria ricotera, no ofrece
sorpresas y el diálogo se torna un tanto condescendiente por parte de Figueras y Solari, más allá de las muchas veces reveladoras descripciones de casi todas las canciones que brinda el cantante. Así pasan su relación de amor y odio con Enrique Symns (presentador de la banda y editor de la mítica revista Cerdos y Peces, en la que supo escribir el Indio), su negativa inicial a tocar en el Estadio Obras y su posterior desembarco récord en el lugar, y la evolución del combo, que pasó a llenar estadios de manera independiente y de una forma pionera e inédita hasta ese entonces. Y queda de manifiesto algo que Fabián Casas describió de manera insuperable en su ensayo La Solarística: Oktubre, para mí, es la cumbre de la potencia ricotera. Después, por algún motivo, empiezan a ser interpelados por ‘las bandas’, la lírica del Indio pierde potencia y él empieza a ser ‘escrito’ por esas bandas que de la noche a la mañana copan los recitales. En la única conferencia de prensa que dieron después de que un intendente prohibiera un recital, el Indio habla de que ‘esta banda es de los chicos’. Los Redondos se convierten en una especie de peronismo del rock, en una banda asistencialista. Ya no crean público. El público les escribe las letras. Como Solari es inteligente, nota esto y complejiza la música. Y cree que la morfología de la música se complejiza mediante la inclusión de las máquinas (…) La ecuación es simple: interpelo con las letras a las tribus, pero defiendo mi música con la electrónica”.

Hay tres puntos oscuros en la carrera artística de Solari. El primero es la muerte de Walter Bulacio, el 19 de abril de 1991, en un show de los Redonditos en Obras. El relato de Figueras, que dice que Bulacio fue agarrado por la policía al intentar trepar una pared de Obras disiente con el de Pablo Perantuono y Mariano del Mazo en Fuimos reyes, otra biografía no autorizada del grupo, en donde se afirma que Bulacio y un amigo lograron ingresar a Obras y fueron detenidos adentro, al intentar cruzar la cancha de hockey camino al estadio de básquet, donde se realizan los recitales. Más allá de esta diferencia de lugar y al cuestionamiento que se le hizo al frontman de no asistir a las marchas para pedir justicia por el joven, mejor es leerlo: “No es algo que se va alegremente de uno. Como mínimo me acuerdo año tras año, cuando se acerca la fecha. Y en la proximidad de un show, porque siempre me ocupo que aparezca la foto de Walter en la pantalla, durante la espera. A mí me quedó una cosita, ahí. Uno piensa que, después de tantos años, podría dejar esa foto atrás. No sé si no sería hasta conveniente en algún sentido. Pero… Mucha gente habla sin saber. En mis conciertos, la foto de Walter aparece cuando cae el sol y está horas ahí, junto a la palabra ‘justicia’. Y aún dicen: No se acordó nunca más… El que no te acordás sos vos, boludo”.

El segundo punto es la separación de los Redonditos. Tanto Skay como Poli son un poco ninguneados a lo largo del libro, más allá de que el Indio se encargue de destacar en muchos pasajes el talento del guitarrista (“El mejor que hay acá”) y ex socio compositivo. Pero hay una frase anticipatoria que define el rencor actual: “De pronto me sorprendió que Poli estuviese ahí, dispuesta a hacerse cargo de la parte administrativa y burocrática de la banda, que tanto a Skay como a mí nos excedía”. Solari insiste con el conocido cuento de los videos de las grabaciones de los shows de Racing en propiedad de Poli y Skay, de los que él quería copias y que sistemáticamente le eran negados, y habla a las claras de “traición”. Luego, para afirmarlo con contundencia, habla de que ambos “Siempre habían renegado por lo bajo de mis parejas (…) Quizás con otras mujeres no me molestó tanto, pero cuando se metió con la Flaca… (por Virginia)” y suma otro detalle fuerte: “El hecho de que me convirtiese en padre también puede haber influido (…) Ellos empezaron a hacer chistes raros: ‘Eh, ¿qué pasa, no te dejan salir? ¿Tenés que quedarte en casa a cuidar del nene? Como si, en esa circunstancia, mi paternidad le robara tiempo al proyecto común. Y no le robaba nada al respecto”. Daría la sensación de que hay algo más fuerte y doloroso en este tema, pero mientras los implicados no lo profundicen, cualquier teoría al respecto es pura elucubración personal y privada.

Por último, el recital del 11 de marzo de 2017 en el Predio Rural La Colmena de Olavarría, con una asistencia aproximada de 300 mil personas para un sitio con capacidad muy inferior y un saldo de dos muertos. Más allá de las suposiciones conspiranoicas (“Nadie me quita de la cabeza que esto fue algo político mediático. Hay muchos detalles que mueven a la sospecha. El apagón de las luces al final, la policía que trababa las calles para que el público enfilase hacia una salida vallada y cerrada, los polis que tenían que estar ayudando pero estaban tomando mate detrás de un terraplén, la desaparición de todas las señalizaciones”), las responsabilidades y la certeza confirmada de que fue su último concierto, hay una frase desafortunada del Indio que no habría que dejar pasar: “Me pregunto además cuanta gente morirá cada día de causas naturales en una ciudad de 100 mil personas como Olavarría. Si en verdad había el triple de personas asistiendo al show, ¿no sería esperable que a alguien le pase algo, por pura ley de probabilidad?”. Una frase que va de la mano de aquella otra que le dijo a Mario Pergolini: “Mi público no conoce el concepto de sold out”, y que destiñe a su personaje de una forma fea.

El libro se completa con un montón de fotografías y dibujos extraídos de su archivo personal y, en su mayoría, inéditos. Al terminar una lectura que, para casi nadie, no será la primera ni la única, queda flotando en el aire quizás, la contradicción principal: ¿por qué Solari, un abanderado de la independencia artística, publicó sus memorias por una editorial como Sudamericana, susbsidiaria de la multinacional Penguin Random House? Una pregunta sin una respuesta a la vista. Por lo demás, para estar de acuerdo o no, para enterarse de cosas, para confirmar otras, para despejar dudas, la lectura de Recuerdos que mienten un poco es casi casi obligatoria, y está bien que así sea: les guste más o menos a cualquiera, las canciones del Indio Solari son parte del ADN de la Argentina de los últimos años. Y este libro las complementa y, a su modo, las engrandece.