Conocer historias como la de Diego Bustamante (36) inspiran, emocionan y nos alegran, pero también en cierto modo movilizan, interpelan y cuestionan… Saber que existen personas que se atreven a dejarlo todo –una vida en Recoleta, una familia numerosa (es el 4to de siete hermanos), amigos y buen pasar- para instalarse en pleno Chaco Salteño para luchar contra la desnutrición, es definitivamente conmovedor y esperanzador.

Pero también aseguro que su vida nos invita a repensarnos, porque al ver a Diego notamos que se trata de un tipo común. El no es un iluminado, ni un extraterrestre, ni un futuro santo. Es un chico normal que lo único diferente que hizo fue preguntarse qué era lo que realmente lo hacía feliz y cuando lo supo no dudó en hacerlo realidad: “Te puedo asegurar que soy re normal, es más te diría que nunca tuve demasiadas luces, lo que yo hago lo puede hacer cualquiera, tampoco soy un hippie loco. Te aseguro, ¡no soy un hippie loco! Pero lo que sí me diferencia del resto es que inicié un camino de búsqueda y no lo abandoné. Comencé a preguntarme ‘para qué estoy en este mundo, qué quiero hacer, qué quiero transmitir, en qué quiero gastar mi vida’.  Si todos nos hiciéramos esas preguntas estoy seguro que seríamos una sociedad mejor”, nos cuenta Diego sentado en la oficina que Pata Pila, la Asociación Civil Franciscana que fundó hace ya cinco años, tiene en Buenos Aires.

El caso de Diego resalta aún más porque a su misión de instalarse en el Norte Argentino donde hay tantas necesidades le sumó el hacerse cargo de seis hermanos -William (18), Patricio (16), Mario (14), Maxi (13), Juancito (8) y Ariel (7) Gerez- con los que empezó a relacionarse en 2014 y el año pasado se presentaron la justicia para pedir vivir con él. “El juez me nombró su tutor legal y desde diciembre estamos viviendo todos todos juntos en una casa que alquilamos en Gualeguay. Decidí mudarnos ahí porque estamos cerca de Buenos Aires y quería que los chicos también disfrutaran a sus abuelos y tíos”, dice con unas ganas enormes de transmitir todo lo que significa para él este momento. Pero agrega: “Y ojo que no se trata de que todos nos instalemos en el norte, ni que dejemos nuestras profesiones y familias, se trata de preguntarnos diariamente cómo ayudamos al otro, qué hacemos por los demás y de qué manera queremos vivir”.

¿Cuándo sentiste la necesidad de dedicarte de lleno a los demás? Lo mío fue un proceso largo y de mucha búsqueda. Terminé el colegio Champagnat y me puse a estudiar Agronomía, pero dejé porque sentía que mi verdadero deseo era ser actor. A los 22 años me mudé a México y trabajé bastante en comerciales y televisión, pero decidí volver porque tampoco era eso lo que me hacía feliz. De regreso a Buenos Aires comencé una terapia psicológica, retomé el contacto con los Franciscanos y volví a visitar hogares, personas en situación de calle y a viajar al Norte para misionar. Ahí comprendí que ese brindarme a los demás era lo que realmente me hacía feliz.

¿Pero el cambio no fue de un día para el otro? No para nada, fueron varios años de búsqueda y de seguir visitando ¡tres veces por semana al psicólogo! También me recibí de técnico agropecuario y los viajes a misionar comenzaron a hacerse más largos. ¿Por qué? Porque sentía que para ayudar había que estar. No se trataba de llegar y darles los “peces” a la gente, tampoco era “darles la cañas para enseñarles a pescar”. Para mí lo realmente importante era ponerme a pescar con ellos y luego comer juntos, vivir a su lado, conociéndolos y respetándolos.

Ponerse en marcha. Y así lo hizo, en 2014 le anunció a sus padres que se instalaría en Monte Quemado, en Santiago del Estero y les propuso a los Franciscanos crear Pata Pila. “No con dinero de la iglesia ni tampoco de ningún gobierno, lo que hice fue buscar padrinos y gente amiga que colaborara y así empezamos. Muy de a poco y siempre desde el respeto y el amor”.

¿Por qué le pusiste el nombre de Pata Pila? Pata pila es un vulgarismo que se usa mucho en el norte y que significa pies descalzos. Y para nosotros es una manera de entrar en contacto con el otro sin preconceptos, sin imponer nada ni colocarme en el salvador de nadie. Soy un convencido de que solo podemos transformar la vida compartiéndola, por eso desde Pata Pila buscamos caminar a la par del otro. Hoy la asociación cuenta con 35 personas que trabajan diariamente y en equipo.

Ni salvador ni imprescindible, ahora que sos el tutor legal de los hermanos Gerez decidiste dejar Salta e instalarte con ellos en Gualeguay, ¿cómo fue ese cambio? Es lo que sentía que debía hacer por los chicos. Fue una decisión difícil. Cuando conocí a los Gerez estaban pasando una situación familiar terrible, y yo supe que me tenía que hacer cargo de ellos. Claro que al principio me decía que no lo iba a lograr, que era demasiada responsabilidad, que no iba a poder mantenerlos económicamente… pero si uno se queda pensando en todas las dificultades que se pueden presentar, no hace nada. Y me animé. En enero del 2018 les pregunté a ellos si querían vivir conmigo, les conté como sería y ellos seis de ellos aceptaron. La que todavía está viviendo en el hogar es Juanita, pero posiblemente cuando termine la primaria venga a estudiar la secundaria con nosotros.

¿Sentís que les falta la figura de una mamá? Ellos tienen a su mamá y los más grandes hablan con ella, pero entienden que no se puede hacer cargo y por eso están conmigo. En cuanto a la figura maternal, creo que la toman de las distintas mujeres que colaboran con nosotros. En casa de lunes a viernes contamos con Lorena que me ayuda con todo lo de la casa y ya es parte de la familia. También, apenas llegamos a Gualeguay, seis maestras jubiladas se ofrecieron a venir a casa para darles apoyo escolar. De todas ellas los chicos también se van nutriendo.

¿Y como papá sos exigente? Si claro, me gusta que estudien, pero también entiendo que pasaron mucho tiempo viviendo en un hogar sin tener nada propio. Entonces sí les compré la play –algo que ya tenían en el hogar- y a los más grandes un celular. Pero saben que lo tienen que cuidar y no les cargo crédito demasiado a menudo.

¿Soñás con llevarlos a Disney? Sería genial, pero no es algo que me saque el sueño. Yo fui de chico, y está bueno, te divertís y comés rico, pero también nos divertimos este verano cuando fuimos todos juntos a Mar del Plata o cuando planeamos viajar pronto a Salta para visitar a la familia que tienen por allá.

Creaste una fundación, formaste una familia, ¿te queda algo pendiente… enamorarte? Yo estuve en pareja varias veces y la verdad que ahora estoy solo, no lo veo como algo pendiente, hoy toda mi atención está puesta en los chicos y en la fundación para la cual sigo trabajando desde Gualeguay.

Y aquí viene lo que expresamos al inicio de nuestra nota: la historia de Diego nos invita a movilizarnos, interpelarnos, cuestionarnos y repensarnos. En palabras de Diego: “Lo que buscamos es contagiar a otros para que también se animen ya sea colaborando con este proyecto que es abierto y necesita de todos o encontrando su propio propósito en la vida, ese que los haga tan felices como yo me siento hoy”.

Diego y un equipo médico haciendo controles de peso en un paraje salteño.

Si bien hoy Diego se instaló en Gauleguay, Pata Pila ya cuenta con 35 personas que trabajan en ella. Hoy cuenta con tres centros en el norte de Salta: Tartagal, Dragones y Victoria Este. Con tres camionetas itinerantes recorren la provincia haciendo 1.200 kilómetros por semana para atender a familias de más de treinta comunidades. En San Rafael, Mendoza, trabajan en el asentamiento Pedro Vargas de Cuadro Benegas. Son casi 600 niños entre las dos provincias. Enterate cómo ayudar en www.patapila.org